jueves, 5 de junio de 2008

Tarde literaria con Oscar Marcano







Ayer fue una tarde de charla literaria a cargo del escritor Oscar Marcano. El autor de la exitosa novela Puntos de Sutura, (su último libro) nos dio un paseo, con su prosa cargada de erudición, por parte de la narrativa contemporánea y alguna del siglo pasado.
Fue un deleite oírlo hablar, contarnos sus historias y experiencias como escritor, sin que faltaran los consejos para quienes, como el grupo de amigas y amigos reunidos, queremos también incursionar en la escritura.
Nuestra anfitriona Ivelise Sosa, nos ofreció su apartamento al pie del Ávila para que entre vinos y bocadillos se nos pasaran las horas.
Con el agradecimiento para Oscar y la promesa de que encuentros tan gratos como ese debían y de seguro se repetirán, nos fuimos con el ánimo alegre y el sabor en la boca de las cosas buenas. Las fotos son una muestra de lo bien que lo pasamos.

lunes, 2 de junio de 2008

Los números y las palabras




Nuestro cerebro, ese maravilloso órgano, no vino con un manual para su mejor utilización. Es a nosotros a quienes corresponde darle el mejor uso y explotar al máximo sus capacidades. Esto no es tarea fácil.
Durante mucho tiempo se dio como premisa cierta que el cerebro estaba dividido en dos hemisferios, según las capacidades que manejaba. Así el lado izquierdo se definía como frío y lógico, práctico, realista, responsable del razonamiento, el lenguaje, las matemáticas y por tanto especializado en secuencias.
El hemisferio derecho era el artístico y el creativo, con un desempeño global y paralelo, apropiado para reconocer patrones y visualizar imágenes.
Hoy en día se reconoce que la cosa no es tan sencilla, y que más que una división estricta, se sabe que una función básica, puede poner en ejercicio varias áreas diferentes.
Dentro de este contexto de las funciones de cada uno de nuestros hemisferios, se pudiera hacer un aparte e imaginar que algo tan diferente como los números y las palabras, están sin embargo en conexión.
En lo particular estoy desde tiempos inmemoriales peleada a muerte con los números y todo lo que se relacione con ellos. Me siento incapaz de retener más de seis cifras, hacer simples operaciones matemáticas sin la consabida calculadora e incluso memorizar números de teléfono o cuentas bancarias. Estoy convencida que es producto de la falta de ejercicio mental, pero el reconocerlo no mejora mi rendimiento sino pongo en práctica los ejercicios para ello y aflojo las tuercas que me mantienen atada a ese temor a los números.
Por el contrario, he sentido desde siempre, una fascinación con las palabras desde las más simples hasta las más rebuscadas. Conocer su significado, oír la cadencia de su entonación cuándo se pronuncian. Ellas me sirven tanto para relatar historias intensas, coloridas, dramáticas o raras, como para fijarlas en la memoria sin mucho esfuerzo.
Es así que hasta tengo un cierto ordenamiento a la clase a la cual pertenecen unas palabras. Las hay del tono dulce: amor, amistad; áspero: revolución, guerra; critico: pobreza, enfermedad, traición; las inolvidables: beso, amor.
Las universales, esas que no necesitan ni adorno, ni explicación, porque se bastan a sí mismas: Paz, confianza.
En el libro que recién adquirí de Brian Clegg sobre Poder mental al instante, hay un ejercicio para relacionar y conectar palabras con los números. Así cada número refiere una imagen (palabra), de manera que cada vez que vemos el número vemos a su vez la imagen con su palabra. Como ejemplo el 1 será un poste telegráfico, el 2 un cisne, el 3 pechos y así sigue.
Se trata entonces de hacer historias, dibujar los ítems y reforzarlos con la imagen (palabra). De esa manera y con práctica los números se fijarán en la memoria. Al comienzo se utiliza la historia para recordar, después ésta desaparecerá, pero la cadena de números permanecerá en la memoria.
No lo he practicado, pero pienso que la parte que más me gustará de ese ejercicio será el crear las historias, cada una asociada a un número y tantas como situaciones se me puedan ocurrir.
Y es allí, donde de seguro, quienes volverán a ser las estrellas serán las palabras, sin ellas no puede haber asociación de ideas, ni relatos, ni la fantasía para crear las imágenes. Los números sólo serán el pretexto para hacer lo que más me gusta: contar o relatar historias. Sé que ellas quedarán vivas aunque olvide algunos números.
Los números que estoy segura no puedo, ni se deben de echar al olvido son los de 500 homicidios,durante el mes de mayo, sólo en Caracas y el Estado Vargas; un barril de petróleo a más de 100 dólares y aún tenemos niños en la calle; una cesta alimentaria a Bs. F 1.275 contra un salario mínimo de Bs .F 799,23, el cual por supuesto no alcanza sino para comprar el 62% de lo necesario.
Razones más que suficientes para quedarme con las palabras y si son de las que me entran por el corazón, mucho mejor.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Tu paracaídas


Lucas, un compañero del taller de narrativa, escribió en un relato que analizamos “el hablar de lugares desconocidos inquieta al más exigentes de los tertulios”. Yo completaría la frase con la idea de que cuando nos cuentan de algunas experiencias ajenas (las cuales sabemos nunca vamos a tener), nuestro interés no sólo permanece atento sino que nos llena de asombro. Por ejemplo el que algunas personas disfruten eso que llamamos la cercanía del peligro o el riesgo, nos deja sin entender que la adrenalina pueda ser el único incentivo para arriesgar hasta la vida.
Nunca imaginé que la hija de un cliente, una muchacha como de 22 años, con una figura que bien podría estar paseando por cualquier pasarela de moda, fuera una asidua practicante de saltos de paracaidismo con el muy respetado record de 30 saltos. Claudia que así se llama, me contaba el otro día en un encuentro casual que tuve con ella y su papá, lleva cerca de ocho meses lanzándose al vacío y disfrutando con ello. Por cerca de media hora permanecí interesada y literalmente con la boca abierta, con cada nuevo cuento de sus increíbles y fascinantes saltos.
Lo más asombroso para mi era la seguridad que mostraba en el convencimiento de que no era nada aventurado, porque todo estaba calculado al mínimo detalle. Su pasión al hablar de que saltar era cumplir con un rito, cada vuelo era una ceremonia en la que se integran avión, tierra, cielo y amigos. En fin de cuentas era más peligroso tomar un volante y salir a la calle, que ponerse el paracaídas para dar el gran salto. Según ella las estadísticas así lo probaban. En esa parte no quise contradecirla, ya que a diario los accidentes de tránsito se encargarían por sí solos, con sus cifras alarmantes, de callarme la boca.
Este episodio me recordó un correo recibido tiempo atrás en el cual contaba como un veterano de guerra se encontró una vez con alguien que lo reconoció de cuando ambos estaban prestando servicio en Vietnam y éste le dijo: Yo fui quien empacó su paracaídas el día de la misión en la cual tenían que saltar sobre un sitio tomado por la guerrilla y dependía para su éxito de un buen salto en el sitio preciso. La vida, del creo que Teniente para ese momento, estuvo en las manos de quien empacó su paracaídas. Cualquier fallo hubiese significado la muerte segura.
La moraleja de aquel cuento (si tiene alguna) es que a diario alguien está empacando nuestro paracaídas, es decir haciendo algo por nosotros, (la mayoría de las veces sin que nosotros nos percatemos de ello) para que tengamos en muchos casos el punto a favor o el que nos puede llevar a la otra orilla sin mojarnos.
¿Sabes quien empacó hoy tu paracaídas?
Te lo pregunto porque si bien yo no sé quien lo hizo con el mío, yo si sé que hoy empaqué el paracaídas de una sobrina, cuando con dos líneas que le agregué y algunas que le corregí en el escrito de contestación a una demanda, de seguro la ayudé a que no diera un salto al vacío.

martes, 27 de mayo de 2008

Venezuela musical


Hace ya varios años, lamento no recordar con exactitud cuantos, pero si estoy segura que al menos fueron más de cinco y eso para poner un límite a la memoria, estaba de acostumbrado paseo por la zona de Río Chico. El pueblo como tal desde hace más de treinta que lo visito, no tiene grandes cambios. Una casa que levanta un segundo piso, un pequeñísimo centro comercial, alguna panadería remodelada o algunas otras mejoras debidas únicamente a la iniciativa privada.
En lo que respecta a la obras que competen a la Alcaldía o a la Gobernación respectiva, da pena comprobar que las calles siguen teniendo los mismos huecos, (sólo a veces sometidos a parches) ; corren las aguas putrefactas por sus lados y un sin fin de males que no parecen encontrar un ente público capaz de resolverlo.
Es dentro de este marco invadido por la desidia que un día tuve una grata sorpresa. Un grupo de niños y jóvenes se acercaron a la heladería cercana a donde yo estaba, (la cual por cierto no la he vuelto a ver) y con la algarabía propia de la edad, creo que arrasaron con todos los mantecados y chocolates habidos, sin descuidar el instrumento musical, que muchos de ellos tenían en la mano.
En aquel momento lo que me llamó la atención fue preguntarme ¿De dónde salían? No tenía idea que en aquel pueblo olvidado en muchos aspectos, hubiera un grupo que se dedicara a hacer música. Que alguien tuviese una academia o escuela de música, como que no pegaba con el ambiente pueblerino dejado de la mano de Dios, que en otros aspectos se observaba.
Reconozco que, cual preguntona curiosa, me acerqué al grupo y los sometí a un interrogatorio que hubiese sido la envidia de la CIA o de la KGB. Fue así como descubrí que hasta allí había llegado el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles, que con tanto acierto, una profunda voluntad de trabajo y por supuesto una mística admirable había fundado junto a otros destacados músicos el hoy multi laureado Maestro José Antonio Abreu.
Una de las victimas de mis preguntas fue una niña de cerca de 10 años, con un pelo largo trenzado atrás, que llevaba agarrado en sus manos el estuche de un violín , con tanta pasión como la que ponía en devorarse su helado. Sus ojos color guarapo brillaban como estrellitas cuando me contó que ya eran dos años que tomaba clases de música y que no quería estudiar otras cosas como no fuera lo que tenía que ver con ella. La mamá, un poco recelosa, estaba cerca y se unió a mí para confirmarme lo que me estaba diciendo Yudis (no podía faltar un nombre así) y agregarme además que la música le había cambiado la vida a su hija. Ella había nacido con un defecto en una pierna (no supe cual porque vestía pantalones largos), por lo que siempre estaba aislada hasta que entró en contacto con el violín, sus clases, el grupo de amigos con iguales inclinaciones.
A la distancia de tantos años, con el recién otorgado prestigioso premio Príncipe de Asturias al fundador de tan exitosa iniciativa, hoy me pregunto y ahora sin nadie a quien interrogar para confirmar:
¿Que será de la vida de Yudis?
Es mi deseo que haya podido continuar con su música y que al igual que a ella le cambió la vida, el maravilloso proyecto del Sistema de Orquestas, que hoy es una realidad, se quede y consolide por muchos años más, de manera que lo que en principio sonaba a eslogan publicitario: Venezuela sembrada de Orquestas, pueda extenderse por otros países y así se nos conozca no sólo por la riqueza petrolera, sino por nuestras juventudes musicales.
¡Bravo, Maestro¡ A tocar y luchar.

viernes, 23 de mayo de 2008

Sala de espera



Afuera y a través del cristal de la sala de espera general de los consultorios del IPP, se veía la calle con su tráfico infernal, culpable de que me tomara una hora y media para llegar desde mi casa en La Tahona hasta la sede en Los Chaguaramos. Adentro del local, ya sentada frente a un televisor que permanecía encendido pero sin ningún volumen, casi para que tomaramos un curso express de lectura de labios, y con un libro en la mano me dispuse a leer a la espera de mi turno. Me distrajo la conversación de un par de señoras con cara de profesoras jubiladas, que por lo que oí tenían tiempo sin verse y la casualidad de ese encuentro les había avivado las ganas de hablar y de ponerse al día con los chismes de hace varios años. Me enteré así que una tal Rosita, (la pobre está tan mal), era la cantaleta repetitiva de una de ellas. Y así seguía enumerando los males de la fulana: que si el marido se le murió, que no le dejó nada, que si los hijos viven afuera toditos y la pobre (otra vez la compadecieron) está desolada y además cuenta sólo con su pensión. En vista que entre las penas ajenas y el tono algo chillón de una de las voces mi concentración para el libro “El último encuentro” de Sándor Márais , estaba a cada momento en franca caída, y todavía faltaba por lo menos media hora para que me atendieran, me fui a buscar agua y al regreso me cambié de sitio. Mi nuevo vecino de silla era un joven con aspecto de intelectual (si es que acaso los gruesos lentes, una barbita tipo candado y un maletín bastante usado puede dar ese aspecto). Sin mucho preámbulo me saludó (no lo conocía), pero igual respondí. Costumbre vieja de no quedarme con un saludo sin contestarlo y sin que nadie le preguntara nada me informa que está a la espera de su hija (¿) a quien la están evaluando para hacerle un tratamiento de endodoncia y por allí se extiende. Que él trabaja en la UCV, da clases en Humanidades (era correcta mi primera impresión) y que está divorciado; la mamá de la niña trabaja en una agencia de Publicidad y como ahora no estaba en Caracas, es que él se está ocupando de….. Y sigue…y .sigue. Menos mal que la niña salió en ese momento y la conversación o monologo que ya llevaba más de cinco minutos, se interrumpió con un hasta luego, mucho gusto en conocerla. Pero no fue por mucho tiempo que pude retomar mi libro. Un nuevo paciente toma asiento a mi lado. Dejo aquí constancia que había otros sitios desocupados, así que la elección seguramente fue porque (pienso yo) y esto si es especulación pura, que mi cara de atención a todas las conversaciones anteriores podía haber estimulado a que el nuevo compañero de silla se trasladara desde la última fila hasta donde yo me encontraba, quizás para que también alguien le prestara atención. Aquí viene otra sorpresa, el “nuevo vecino”, no lo era tanto, me confesó que tenía 78 años. Que estaba viviendo estos últimos cuatro años, como ha debido de vivir los 74 anteriores: sin preocupaciones, ni agites, leyendo, viajando y con la compañía de tres perros y un gato. Que no entiende eso que se llama soledad. Me dijo que nunca, ni siquiera cuando era el único que apagaba la luz de su casa para acostarse se sentía solo. Que hizo de toda su vida una carrera, (me dijo largo maratón) para conseguir cosas, bienes, luchar por los hijos, (ambos muertos ahora) y que era en este momento cuando se daba cuenta que todo eso no tenía ningún significado. Lo material no importaba, y los afectos lo habían abandonado. Si muriera en este instante estaría en paz, pero eso no era lo que quería. No se sentía ni viejo ni cansado de vivir. Pensaba que todavía había muchas cosas por hacer, pero cosas que le dieran sobre todo satisfacciones espirituales. Además tenía con él a Dios y su inmensa fe. Eso le bastaba. Despedía una serenidad que no era conformidad, ni resignación, sino sabiduría. Su lección de vida, con voz pausada, pero sin cansancio, se prolongó por varios minutos. Había tanto de verdad en esas cosas simples que decía, las mismas que quisiéramos aprender antes de que sea muy tarde.
Después de escucharlo me quedé muda y pensativa. No tuve más tiempo para contestarle, oí mi nombre, la enfermera de mi odontóloga me llamaba, era mi turno. Me levanté y en un gesto que me salió del alma, lo abracé y les juro que al posar mi boca en su mejilla para darle un beso, su cara se puso colorada y vi chispitas de alegría en sus ojos.

viernes, 16 de mayo de 2008

Mea culpa. Sin culpa


A la distancia de transcurrida casi una semana desde el domingo pasado y su celebración del Día de la madre, y con muchos más días por delante para completar el resto del año, en los cuales no se elogiará a esa figura, nos vamos a deslindar un poco de lo comercial, y aceptar que al menos ese día pasado, las madres nos sentimos libres de culpa. Aceptamos el homenaje (cuando lo hubo) y además creímos merecerlo.
Por el contrario, nuestros sentimientos pueden quedar envueltos en un mea máxima culpa, cuando se trata de la crianza de los hijos y ese desconsuelo que a muchas les entra sobre si lo está o no haciendo bien, o cuando ya resuelto el problema de la educación y los hijos están independientes, pensar que lo que se hizo fue creyendo que era lo mejor que se sabía hacer, pero se podía haber hecho todavía más eficientemente.
De las reuniones entre madres e hijos, así como de la publicidad, o las entrevistas tanto a hijos como a sus progenitoras que salen en las revistas o periódicos y las conversaciones escuchadas por aquí y por allá saco la conclusión de que la madre como tal es homenajeada, celebrada, recordada y un sin fin de…adas, sin que ello signifique sin embargo que en el fondo y detrás de todos esos agasajos no quedaron paréntesis sin cerrar. Es difícil que no haya un pero…, algo así como un reproche una veces velado, pero latente de por tu culpa.
Me refiero aquí a esos pensamientos inéditos en la mente de nuestros hijos que de una u otra forma nos hacen sentir al paso de los años culpables por omisión o por comisión.
Surgen así las ocasiones que no estuvimos a su lado en alguna de sus fechas importantes, motivado al trabajo o por ausencia física; o bien las veces que no se complacieron sus deseos, o se les negó, (sin razones aparentes), lo que creímos eran sus caprichos. Esos pequeños detalles que hemos olvidado, pero por alguna razón ellos (los hijos) no lo han hecho y por ello se han sentido frustrados y hasta castrados en sus ambiciones.
Sabemos que hay madres de madres. Existen las sacrificadas al extremo, las que no tienen vida propia sino la de los hijos; o las que incluso anteponen su relación de pareja para tener como único fin de su existencia a los hijos. Sin embargo aún a ellas, de alguna manera egoísta, algún hijo les ha pasado una factura pendiente o un pequeño inventario.
¿Qué podemos hacer con el pasado? Nada. Esa fotografía vieja que ya no acepta retoque, ni fotoshop, hay que dejarla dónde y como está: Guardada en un baúl, con las cosas que sabemos tuvieron algún significado, pero que ahora son inútiles. No importa que incluso haya alguno que apele a ella, una y otra vez, pensando que puede encontrar una manera de cambiarla. Eso no pasará.
Todos hemos sido hijos, y es posible que sin razón también hayamos juzgado, así que ahora quienes son padres deben de dejar sentir ese mea culpa y pensar en vivir el tiempo que les falta sin culpas.
Por cierto y a propósito, ayer estando en una Clínica conversé con una pareja mayor. Él de 82 y ella de 76. Padres de 6 hijos y abuelos de 14 nietos. Muy orgullosos me contaron de uno de sus hijos un médico de prestigio y otro un consagrado músico. La historia viene porque a pesar de esa extensa familia, y tal como me confesaron los trabajos que pasaron para levantarlos a todos, allí estaban los dos solos, ayudándose el uno al otro, mientras a ambos les hacían su evaluación cardiológica.
¿Quienes de su familia estaban sintiendo culpa por no estar con ellos?

lunes, 12 de mayo de 2008

Carta a una amiga II


Querida y estupefacta Margot:
No me imaginé que la noticia de la preferencia sexual de “nuestro amigo”, te fuera a poner no sólo tan asombrada sino tan furiosa contigo misma. A fin de cuentas tú no tienes la culpa de haber sido una joven ingenua, que no supo leer entre líneas, como bien dices, la causa del rechazo manifiesto que tenía contigo el fulano. Además vamos a analizarlo desde el lado positivo.
¿Tu te imaginas si por casualidad, él sí te hubiera hecho caso y después descubrieras lo de homosexualidad?- Así, sí te habrías frustrado y echado la culpa completa. Hubieras concluido en forma apresurada por demás de que no estabas a su altura, o no supiste satisfacerlo y por tanto el tipo decidió cambiarse de bando. ¡Que papelón¡ Nada amiga que yo pienso muy al contrario de lo que tú especulas, que Gabriel Alcázar si fue un gay honesto y que a pesar de que en aquella época no había salido del closet, él ya sabía de su condición y no te quería hacer daño.
Si, no te asombres, no es que esté como su defensora sino tratando de entenderlo, esto último acorde con mi actual filosofía de open mind.
Fíjate: te rechazaba porque sabía que a una mujerona como eras tú, (todavía te queda mucho de eso) él no podía cumplirle. Además el día de nuestro encuentro, en el cual si bien él me reconoció, (quien se le acercó fui yo), en forma muy segura me hizo la presentación de su pareja, de manera muy natural y yo te diría que hasta con estilo y clase. Eso denota, no me cabe la menor duda, honestidad. Ya asumió su estado y espera que los demás así se lo acepten.
Creo amiga que debes dar por terminado el caso, no vale la pena que pierdas el sueño por ello, y mucho menos que trates de indagar más acerca de quien es la persona que lo acompaña. Te aseguro que las cualidades que el novio o marido tienen, nunca podrán ser igualadas por alguna de las que tenemos las del género femenino. Hay ciertas especialidades que nos están vedadas, no estamos hechas para ello. ¡Y con orgullo decimos bien por ello¡

Un abrazo bien femenino y siempre presente la amistad