sábado, 14 de noviembre de 2009

Tejer con los recuerdos


El sábado fue día de limpieza de cachivaches. Esa es una tarea que odio hacer. No solo por lo engorroso, sino porque confieso que me cuesta botar las cosas viejas. Me encuentro de primera en la lista de la que acumula peroles, recuerdos, estampitas, tarjetas de bautizo, de invitación a bodas y cuanto papel creo que sirva para aferrarme a mis recuerdos.
No es tarea fácil desprenderse de la memoria convertida en tan diversos y disímiles surcos. Cada uno me hunde en momentos y al fin de cuentas ¿Qué somos sin nuestro pasado?
No esperaba encontrarme con ella, grande, inútil en este época. Había olvidado incluso que en algún rincón de mi enorme maletero de 25m2, del cual todavía me asombra su tamaño, estaba ella. Su aspecto no es que fuera imponente. Aún con el tiempo transcurrido, en el cual perdemos muchas veces la perspectiva de los tamaños, ella luce menos que otras. La verdad es que nunca fue de las mejores o más alta tecnología, pero a mi me funcionaba. Tampoco era la más eficiente. Tenía algunos defectos que me sacaban de quicio, pero la necesidad era mucha, no había otra opción mejor y la seguía usando.
Mi nieta Victoria con sólo 9 años no había visto nunca una. Explicarle que “eso” que estaba allí hacía las mismas funciones que su teclado, pero que a diferencia de él, no había margen para borrar sin que quedaran enormes huellas, como pisadas de elefante en la hoja de papel, no fue fácil. Ella nació con la tecnología incorporada, digamos que casi en el ADN y su único comentario fue ¡Qué fastidio…¡ pero dicho con otras palabras, ( a pesar de la prohibición del uso de ciertas expresiones). Pero es verdad, era una completa ladilla.
Recuerdo que ésta en especial, ya que tuve varias, montaba las “R” y no había forma de marcar una “Y”, sin que tuviera que repasar dos veces la misma tecla, con lo que eso significaba el tener que retroceder el carro, para hacer la operación. Reconozco que esto activaba mi imaginación. Trataba de no escribir nada que estuviera unido por la conjunción copulativa, evitaba como a una gripe, todas las palabras que la tuvieran. Así que, del verbo haber el “haya” estaba execrado; los mayas, rayas, sayas, atalayas, boyas, vaya, debían ser sustituidos por primitivos habitantes de la región mexicana con cultura y conocimientos avanzados, y de igual manera seguir con líneas, vestidos, miradores, demarcadores marinos, diríjase, y toda esa parafernalia ,aunque su significado no fuera exactamente el mismo que la palabra que estaba vetada o tuviera que escribir de más.
Pero allí estaba ella mirándome desde su estuche verde oliva, rígido como caja mortuoria, todo empolvado, con rastros de varias batallas y mudanzas. Había sobrevivido creo que por más de cuarenta años y al verla mi corazón se encogió, se hizo papilla, y caí en lo que yo temía: la paralización muscular que me impidió alzar mis brazos, tomar mi vieja máquina de escribir y botarla a la basura para siempre, con otros cachivaches. No me sentí capaz. Fui cobarde; total todavía tengo espacio en mi enormeeeeeee maletero para un recuerdo del pasado y para animarme me dije: ¡Quien quita ¡ que a lo mejor tenga un valor como objeto de museo dentro de pocos años.
Hasta luego mi vieja Rémington, hasta la próxima limpieza. Eso si, no te garantizo nada, si es otro(a) quien la hace. No todos son tan débiles como yo, o se aferran a cualquier hilo para no dejar de tejer sus recuerdos.

sábado, 31 de octubre de 2009

Para no perder el hilo

La tertulia del grupo Visión, programada para el día jueves 29 se nos fue escuchando el tímido canto de un colibrí y el escandaloso y colorido parloteo de una guacamaya, que desde la casa vecina interrumpía la cálida voz del escritor Eduardo Liendo, mientras hacía la presentación de Para no perder el hilo.
Este es el título del último libro de Krina Ber, la políglota narradora que a través de sus páginas nos lleva por ese mundo ficcional en el cual, sin embargo, se nos hace fácil ver parte de su propia historia. Esos orígenes que ella misma se encarga de aclarar en el cuento o historia incluido al final del libro llamado Carta a Clara Ostfeld. (Aqui comparto con Krina, y de testigo Para no perder el hilo.)
La suave brisa de una tarde con un cielo gris, presagiando una lluvia que nunca llegó, nos arropó y llevó a caminar por el mundo mágico de Krina, y sus historias que se cuentan a sí mismas. Con ese recorrer de los espacios donde las acciones y los personajes se mueven llevados por una narrativa fácil, que invita a seguir leyendo. En sus descripciones se nota la mano de la Arquitecta graduada tanto en Lausanne – Suiza, como en la UCV.
Liendo en su presentación nos remontó a los inicios de la escritora como tallerista en un curso que él dictaba en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y como ella se fue formando en las conjugaciones de los tránsitivos, iregulares y las clases de verbos del castellano hasta dominarlos y hacerla su lengua de escritora. Nos habló de su sorpresa al ver que su alumna de raro acento no sólo continuó escribiendo, sino que además comenzó a ser reconocida y famosa. Varios son los galordones que Krina ha obtenido en su incursión en varios certamenes de cuentos, además de que éste es ya su segundo libro junto a otro llamado Cuentos con agujeros.
Al glosar sus cuentos tal como en Amor, ganador del concurso de cuentos El Nacional del 2.007; nos damos cuenta como allí se trata a ese sentimiento universal desde lo cuotidiano, imbuido en la costumbre, pero no por ello menos fuerte y valedero; en Invasión Animal la trama se vuelve compleja y tiene un inesperado final o Los dibujos de Lisboa, esos cuentos de más allá del Atlántico, que incluyen en el texto del libro, algunos dibujos de la propia autora trazados en fina plumilla, nos dejaron momentos gratos que además contaron con la amabilidad de la anfitriona y dueña de casa Morella Mirousky.
Una tarde que como todas en las que invita el grupo Visión nos dejan con la ansiedad de un nuevo y placentero encuentro.


(Aqui Eduardo Liendo y la autora Krina Ber, comparten sonrisas después de la tertulia.)
De inmediato vendría el bridis y el disfrute del delicioso obsequio de tostadas mexicanas , con todo el arsenal de acompañamientos , obra de la mano de nuestra anfitriona.
Desde ya se cursó la invitación para el proximo jueves 27 de noviembre donde de seguro Antonieta Madrid y su libro Feelings, nos haran pasar otra tarde estupenda..

viernes, 23 de octubre de 2009

Buenos días tristeza




Buenos días, tristeza (fragmento)


" Dudo en llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimiento desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada. Es un sentimiento tan completo y egoísta que me llega a dar vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido siempre honrosa. Conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, y que me separa de los demás”.

En 1954 una joven que se hacia llamar Francoise Sagan, aunque su verdadero apellido era Quoirez, publicaba Bonjour tristesse, una novela destinada a marcar época, tal como lo fue el movimiento cinematográfico que también recién comenzaba y que dio por llamarse la nouvelle vague (nueva ola).
Este titulo me vino, como un flash, a la memoria y al releer las primeras frases del libro, las cuales copio al inicio, a mí también me invadió un sentimiento que no supe describir, cuando lo asocié a las circunstancias y hechos que están pasando en nuestro país.
La semana pasada fue de despedidas, algunas de ellas definitivas. Un amigo fue asesinado sin motivo a sangre fría. No sólo me asaltó la tristeza por la pérdida de un hombre estimado, valioso y lo que ello significa para una familia que queda destruida. Es la certeza de que el hecho no pasará de ser un número más en el índice de crímenes violentos que quedan sin resolver y por ende sin que se haga justicia. Como tampoco la habrá para el hijo de la señora que me ayuda en mis labores de la casa y que fue muerto por presuntos policías a la puerta de su rancho; ciento cincuenta escaleras arriba del barrio La Charneca. Estaba en el lugar y hora equivocados o como piensan algunos era su destino, para llamar de alguna manera lo que no podemos o nos sentimos incapaces de cambiar.
La misma semana unos amigos con los cuales había compartido años de amistad, decidieron probar suerte afuera y cual Hernán Cortes, pero de manera inversa, quemaros las naves para no regresar y la razón más convincente fue: “Este no es el país que queremos para educar a nuestros hijos y nietos”. De ahora en adelante la comunicación con ellos será, quizás, sólo virtual o también los habré perdido.
La ilusión de tomar unos días de descanso aprovechando el feriado del lunes, se quedó congelada, como en una fotografía, después de que me llegaron las noticias de que los paseantes hacia las playas, estaban atrapados en una cola que parecía no tener fin. Desistí del viaje para poder disfrutar del racionamiento de agua obligado que me ha tocado en estos días.
Esta sucesión de hechos me dieron una visión panorámica de que a mi alrededor mi mundo se desmorona paso a paso y mi cabeza dando vueltas, sintiendo que un sentimiento extraño, mezcla de muchos me ha tomado y hecho su presa.
Es de desolación cuando paso a diario por el liceo cercano a mi casa y el muro que se derrumbó hace más de cuatro meses aún está parte en el suelo y parte recostado de un árbol, a quien tiene prisionero, como pretenden tener a la educación que se imparte cercana a él.
Es de rabia cuando por el tubo roto en la calle, la desidia hace que se pierda el agua potable desde hace dos semanas, mientras una urbanización completa sufre de racionamiento y por otra parte un poco más lejos hay un vecino inconsciente que lava su carro a manguera abierta.
Es de dolor que viene desde muy adentro cuando quien tiene el poder en sus manos sigue mintiendo y todavía hay quien le cree o quien piensa que lo está haciendo bien, y que lo que está mal, es porque no le llega sus manos. El Supremo no lo sabe.
¿Cómo llamar entonces a esta amalgama de sensaciones que me enfrentan a diario con la espantosa realidad?
No se darle un nombre cierto, pero lo termino asociando de igual manera al titulo de la novela de Adriano González León: País portátil.
Estamos perdiendo al país, a nuestra gente, a sus jóvenes talentos que huyen en busca del futuro, de reconocimientos que se basen sólo en sus habilidades y no en el color rojo de una servil camisa, que los transforman en testigos mudos de la destrucción. Estamos jugando al azar, con las cartas a favor, pero con un jugador tramposo, improvisado, disperso, que confisca nuestros ases y nunca nos dejará ganar.
Nos adentramos desde hace diez años en un túnel del que parece no hay escapatoria. Cada día, al igual que en la novela de González León, deseamos refundar al país, que deje de ser una balsa moviéndose al influjo de la corriente. Que se asiente, que eche pa`lante, que llegue al primer mundo. Pero las maletas siempre se extravían, se quedan perdidas en las sombras, en las manos de los truhanes.
No es fácil llegar. Para salir de este estado tenemos que de forma obligada buscar el contraste, mirar hacia la luz. Dejarnos bañar por las pocas cosas buenas que nos animan a no decaer. Volver la mirada hacia esa juventud que si acepta los retos y no teme batallar con las únicas armas del ayuno forzoso y las manos pintadas de blanco. Habrá que construir partiendo de nuestros laberintos y miedos.
Nombrar a este sentimiento o mezcla de ellos, con la palabra tristeza no es suficiente; no abarca siquiera esta impresión de pesimismo, de insatisfacción, de ganas de llorar, de tener la certeza que la ineficiencia e incapacidad para hallar soluciones está muy lejana.
Sin embargo, mientras no encuentre una mejor y mi país deje de ser portátil, tendré que usar todos los días la única que tengo, como frase de bienvenida a cada amanecer: Buenos días, tristeza.
Para romper el maleficio de esas palabras aquí escritas, de alguna manera deberé yo también entrar en la contienda; animar a que otros se sumen. Juntar miles de gotas para hacer un río libertario que se meta por las hendiduras de todos los desastres y desborde como savia renovadora, para que podamos escribir un nuevo destino y las palabras tristes queden holladas o se las lleve el viento.
Sólo así se podrá trocar la tristeza en alegría, la desolación en esperanza y ya podremos prescindir de buscar una nueva palabra.

(Foto de desidias.wordpress.com)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Encuentro con el autor de Indio desnudo


Antonieta Madrid, Antonio López Ortega, Ileana Hernández, Iris Verastegui y Krina Ber


El paralelismo...escribir en dos tiempos...


Una tarde para el recuerdo.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Indio desnudo



En otra oportunidad ya había tenido el placer de compartir con los integrantes del grupo Visión una tarde de lectura. El pasado jueves 24 la cita tenía un invitado por mi conocido y por ello admirado: el escritor Antonio López Ortega.
La tarde prometía ser interesante y amena, ya que se hablaría sobre su último libro, con un titulo tan sugestivo como es el de Indio desnudo, que nos acercaba con curiosidad a desvelar su significado.
Con las palabras de inicio de la también escritora Antonieta Madrid nos fuimos adentrando en descubrir la esencia y origen de cada uno de los quince relatos que conforman las 292 páginas, llenas de una narrativa que va desde adentro, desde la memoria, pero impregnarla con una ficción que a veces nos resulta difícil descubrir cuanto de verdad o realidad hay en ella. De la mano del autor, como en un juego de imaginación nos vemos caminando por París en El otro seno o en Verano Asesino ; no dejamos de soñar con Granada y su Alhambra y sorprendernos con el inesperado final de Inmaculada; nos recrearnos en el paisaje de un Choroní que permanece atado a los recuerdos a través de la seducción del cuento Con la copa en los labios y a sufrir con lo que presentimos pasará en Ahogo; a vivir la tragedia de Vargas con los deslaves del año 99 en La pulsera y en la angustiante espera en el camino por el gruero que no llega y la subsecuente lluvia torrencial que nos descubren al árbol que le da título al libro : Indio desnudo.
La extensa obra publicada de López Ortega es el aval que sostiene esta narrativa que se inventa desde la palabra con sentimiento, con una poesía que nos cautiva y nos incita a seguir leyendo cada uno de los relatos. Con ese sabor localista que se va perdiendo, pero que el autor le imprime a sus ficciones para que de esa manera siempre queden testimonios.
Escuchar del propio autor como fue tejiendo Conquista de Marte, desde un paralelismo y por causa de un obligatorio encierro, nos hace pensar que la creación está unida como una sola, entre las historias y las imágenes que guardamos aferradas a la memoria, como bien citó en palabras del poeta Juan Sánchez López:
“A fondo memoria mía, para que no extravíes en la estación final ni un átomo en las cuantas de la angustiosa cosecha.”
Con seguridad, Antonio López Ortega siguió con paso firme cada una de las huellas de su memoria y extrajo de allí una bella cosecha.
La presencia en esa tarde de lectura de Krina Ber y el propio anfitrión Heberto Camero, completó el cuarteto de escritores, junto a la presentadora, para que de verdad fuera una tarde gratificante, de esas que queremos se repitan a menudo. Que así sea.
( En la foto Heberto Camero, Antonieta Madrid, Antonio López Ortega y Krina Ber.)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Súplica oída


El día para el cabo Celenio Urdaneta había comenzado cuando aún el sol no despuntaba. Para ascender y poder formar parte del nuevo cuerpo élite de la Policía Nacional tenía que cumplir un agotador entrenamiento que duraría seis meses. Apenas estaba en la primera semana y el cuerpo de 37 años del Cabo resentía las largas jornadas a pleno sol con una temperatura que en muchas ocasiones eran superiores a los 40 C. Su esposa Eunice lo había alentado a inscribirse en el programa, ya que era la única forma de que mejoraran su condición económica, pero muy dentro de sí, él ya estaba arrepentido de su decisión.
La marcha seguía, los brazos no podían acoplarse a las piernas tensas, la respiración se le hacía cada vez y con cada paso más agitada. El sudor comenzó a cambiar su cara morena y le daba el aspecto del lodo húmedo, como un aviso de que la excesiva sudoración amenazaba con deshidratarlo.
Oía el redoble del paso firme de los otros compañeros sobre el pavimento y al Cabo le parecía que eran las pisadas de una manada de paquidermos que se hubiesen escapado y vinieran a arrollarlo. Su corazón le latía con tanta fuerza que supuso, por el dolor que experimentaba, que uno de la manada lo había alcanzado y hecho su presa. Trató de tomar una bocanada mayor de aire para compensar la falta que sentía y alzó su mirada al cielo. Un manto de nubes negras se veían a lo lejos, por los lados de Petare. Con el poco aliento que le quedaba hizo una súplica para que se desatara una tormenta y todo terminara.
Mientras el uniforme de Celenio se empapaba de sudor y él miraba al cielo, un temblor frío lo tambaleó por momentos y no vio una piedra que estaba en el camino. El Cabo se desplomó y cayó sobre su cara. Lo último que oyó antes de perder el sentido, fueron las palabras de su Sargento Mayor:
—Levántese flojo marica o dormirá para siempre en el calabozo de castigo.
La tormenta se desató en forma de lágrimas cuando la noticia llegó hasta Eunice.

Caracas y la soledad

Miradas del norte al sur

La cobija verde que ocupa el norte de la ciudad a medida que se aleja de mis ojos pareciera que además de distante, no me perteneciera. Está allí para recordarme al mirarla de frente, como punto cardinal que es, que lo que está detrás de mi es un sur bordado por espacios que parecen islas. Las ha formado el río, que no sólo divide a la ciudad, sino que la hace vulnerable en tiempos de lluvia, como reclamando ese espacio que cada día le quitamos.
Esa falda extendida como un haz que traza caminos hasta el río, al llegar allí no sabe donde ir. Busca un escape en los pocos puentes que logran darle la mano al otro lado. Es la montaña amiga que necesita un paso para recuperar el perfume que alguna vez debió de tener el río, con sus riberas sembradas de juncos y bambuquillos haciendo fiesta con las hojas secas. y que ahora se presenta deslucido y pestilente.
La pared de bosques, fauna y flora que me mira desde su altura, también hace de muralla e impide que la ciudad se desarrolle a lo ancho del valle. Es la excusa para buscar la cercanía a las nubes, en un afán por no perder el dialogo con ese cielo del cual se cree su semejante.
Otras veces ese mismo amparo de la imponente montaña se vuelve furia y lodo. Las laderas dejan caer lágrimas como rocas que lo arrastran todo y reclaman la invasión de sus canales. En esos momentos se rompen las quimeras de que el gran escudo o pulmón verde es vida para la ciudad y el lenguaje que ella habla de desolación .
Caracas de norte a sur patenta con sello propio la incomunicación. Es como si se rompiera el diálogo de la montaña con la parte de la ciudad que está al otro lado del río. Se quedan cortas las palabras para que nuestra capital sea siempre amigable y sus brazos formen cientos de cruces con la serpiente líquida que la parte en dos.

En el ojo de la ciudad.

El tráfico está detenido, unas chispas comienzan a mojar mi parabrisas y entre gotas veo a una pareja que ajena a lo que sucede a su alrededor, se besa con pasión. Desde mi refugio, que es en estos momentos mi automóvil, veo que son dos jóvenes sentados en un banco, muy cerca desde donde alguna vez la estatua de Cristóbal Colon señalaba hacia el nacimiento de un nuevo mundo.
Ella no tendrá más de dieciséis años, él unos pocos más; pero lo que me asombra con cierta envidia, es la capacidad de aislarse, de vivir su fantasía como si estuviesen en una isla desierta y no cerca del eje vial más concurrido y traficado de esa confluencia que forman los accesos a la autopista del este y a la Universidad Central de Venezuela.
La realidad es que Caracas nos arropa de una manera diferente a cada uno. Unos la viven sin prisa, ajenos al tumulto, inconscientes de la fragilidad de esa calma. Yo, en contraste, me enfrento desde un encierro voluntario dentro del automóvil, cercana sólo a la música que oigo desde el reproductor de CD. Obligada observadora desde el mínimo visor que me dan los vidrios delanteros, los únicos sin cubierta de papel que me aísla de miradas externas.

Camino al lejano oeste

Voy manejando en un estado de atención máxima, con rumbo al extremo oeste de la ciudad. He salido de mi habitual entorno en el sureste y pretendo llegar a tiempo (a la 9 A.m.) hasta la Universidad Católica Andrés Bello para asistir al acto de graduación de mi hija. No conozco bien esas zonas y temo perderme. La última vez que recorrí ese mismo camino por un compromiso similar fue hace casi 30 años. Las cosas de seguro han cambiado.
Mi viaje comenzó desde temprano, ya que no es fácil viniendo del sureste evadir el tráfico mañanero. Un golpe seco me distrae de mis cavilaciones. Vuelvo la cabeza hacia donde el ruido ha perturbado el incesante corneteo de las siete de la mañana y descubro con ira, que un jinete sobre un motor japonés me ha doblado el espejo retrovisor del lado derecho. No me da ni tiempo de pensar en discutir el daño; un enjambre similar aprovecha el espacio libre y se cuela por donde mismo huyó el agresor, como una bandada de cuervos de distintos colores, que rugen sus máquinas como si tantearan al suicidio. A la fuerza cualquier vestigio de ira se troca en impotencia y resignación.
Me concentro en reconocer el paisaje, con la sinuosa corriente que trae las miserias desde más atrás, siempre a mi izquierda, dividiendo el camino que separa el mismo mundo de edificios altos llenos de ropa tendida en sus balcones, como banderas que pregonaran libertad, a pesar del encierro en esos espacios. Veo que a mi frente en los cerros menos altos que nuestro Ávila, se abrazan el zinc con las paredes sin frisar como amigos en las desdichas . A través de cientos de cables y antenas de TV, distingo entre las lenguas de basura algunas escaleras, como laberintos sin un hilo de Ariadna, dónde en cualquier recodo la sorpresa tendrá la forma de un arma.
Sigo dentro de mi pequeño mundo cerrado, con el aire acondicionado puesto al límite, con la única compañia de mi sombra encerrada junto a los censores puestos en alerta permanente y confirmo que el calor de afuera no es el enemigo, sino el posible provocador que surge de improviso. Que es él la razón por la cual, por temor a bajar el vidrio, prescindo de las ganas de solidarizarme con el malabarista ocasional o con el indigente de la mirada perdida entre el ocio y el hambre. Llego al fin a mi destino y reconozco que el viaje me conectó con una parte de mi ciudad que me era completamente ajena.

La esperanza en el contraste

Caracas ha dejado de ser la madre protectora bajo cuyas faldas floreadas con campin melao, mirábamos bajar desde El Ávila la neblina al atardecer y la temperatura comenzaba a hacerse más fresca, como caricias de enamorados.
Ahora estamos ante una insalvable lejanía de todas las cosas gratas que ya no volverán y que hacen de este valle un calvario con más estaciones que la línea uno del metro. Dónde en las caídas será difícil que te encuentres al Cirineo salvador.
Como contrapeso a ese calvario existe la ciudad que se ríe de sí misma, que habla por celular a toda hora y en cualquier lugar; que irrespeta la puntualidad porque se dice informal, sin que por ello parezca antipática. Que abraza, apenas conoce alguien, con ademán de un beso en la mejilla; la que habla en las colas con el desconocido que está adelante sin el ánimo alterado por la espera y hasta se atreve, aunque cada día menos, a darles su nombre y demás señas.
Existe la ciudad que hace de todo un chiste para ignorar que al menor descuido te pueden devorar; la que se abandona a la frivolidad y juega a lo sociable para ocultar la derrota de su propio encierro. La que camina en manada en el metro y tropieza sin dar una disculpa, aunque nadie parece pedirla.
La ciudad nos atrapa en su aire y gentilicio formado al calor de muchas etnias y culturas y hace impensable resistirnos a su trucada magia. Vivimos en el gran sombrero de copa y ya pocas cosas nos dejan sorprendidos.

De vuelta a casa.

Se ha hecho de noche y ha vuelto a llover. Emprendo el regreso y esta vez no veo a parejas de amantes cerca; sólo las luces agresivas de unos pocos automóviles iluminan la autopista que se extiende negra y húmeda como una lengua que quisiera devorarme. Se dispersan con prisa como soldados de un ejército vencido, con la esperanza de que la noche les traiga el armisticio de las sombras y el descanso reparador que los aliente para la nueva jornada.
El día ha sido largo y sin embargo yo siento que en Caracas la soledad no tiene más historia que la personal que cada quien lleva. Me rebelo al pensar que pasemos de abiertos y francos , a ser obligados solitarios.
Caracas está aquí cercana a todos, llena de luz para que a cada quien se le revele o la descubra a su manera y así marque con su propio paso como quiere vivir el día a día.
Miro al frente, la cobija verde se ha vuelto negra y como velo de viuda esconde la tristeza al comprobar que aún a la ciudad dormida la domina el miedo.
La foto : El Ávila oleo por Raul Moleiro ( 1.982)