sábado, 19 de febrero de 2011

LOS ELEMENTOS HUMANOS


Con un sol radiante, que daba en pleno rostro, lo que obligó a mudar el bien arreglado espacio a uno menos ardiente, se inició la sesión mensual del grupo Visión. El invitado era el poeta, y conocido hombre de radio, televisión, guionista y escritor de la serie Los Imposibles: Leonardo Padrón.
La presentación del libro Los elementos humanos nos llevaron a hacer de la mano de Alexis Romero un recorrido por los inicios de Padrón desde su asistencia al taller de Luis Alberto Crespo, ese gran maestro que lo marcó, pasando por su participación en el grupo Calicanto, y Guaire. Para Romero los poemas de Padrón están asociados a su vida pública, lo que late debajo de su poesía no es adorno, es un drama personal. Él establece una relación de lenguaje con la ciudad a través del goce y el deseo. Esto último fue corroborado por Padrón cuando nos contó de su experiencia al ir por primera vez a Nueva York y encontrarse sumido en la magnificencia de los espacios y las multitudes. Desde que se reconoció como animal humano ha sido importante para Leonardo conectarse con la ciudad y su entorno. Aunque ese sentimiento primigenio se lo dio, no Caracas, a la cual ahora le dedica parte de sus estrofas sino aquella visita a Nueva York. Su impresión ante aquello le recordaba los poemas de García Lorca con sus imágenes surrealistas. Eso le cambió su manera de escribir, comprobó que la ciudad tiene sus respiraderos de belleza.
Alexis Romero nos dijo que Leonardo Padrón se ha ocupado de ser el cronista de la ciudad a través del poema. Su poesía quiere celebrar la vida, tiene un templo a la alegría del lenguaje. Hay que leer no sólo lo que dice el texto, sino lo que el poema oculta. Hay una historia personal allí.
La lectura en la voz de Leonardo Padrón, de los poemas Caracas Family Center, y La Vida lenta de Caracas, nos dejaron testimonio de su intima relación con la ciudad.
Ese solitario oficio de poeta, que hace la soledad gozosa de la escritura, tiene en Leonardo Padrón y su antología poética un espacio propio. Contenida en esa cuidada edición de Los elementos humanos, que además cuenta con el agregado de las reproducciones de la obra pictórica del maestro Alirio Palacios, es un regalo que nos debemos dar, para así quedarnos obligados a ver más allá de lo que está escrito y pensar en si es posible que través de esa fina ironía no nos podríamos reconciliar un poco con la ciudad que nos ha tocado vivir y sufrir y nuestro entorno.

ESA DAMA CIEGA QUE LLEVA BALANZA


Donde hay poca justicia es un gran peligro tener razón.
Quevedo


Para entender y calibrar lo que significa la palabra justicia, debemos de saber que ella nos exige una contraprestación inmediata. Quien la demanda lo hace porque siente que se le han vulnerado sus derechos. Quien la imparte se encuentra montado sobre la difícil línea que separa los derechos de unos y otros, hasta encontrar el justo medio de dar a cada quien lo que le corresponde o se merece.
En ambos casos la petición acordada o la sentencia que la deniega, llevan implícito un perdedor y un ganador. La ley da unas pautas de estricto cumplimiento pero que no siempre obedecen al interés ventilado más allá de su aplicación.
Cuando el demandar y el esperar que la justicia sea impartida pasa a formar parte de nuestra cotidianeidad, nos vemos, (queramos o no), con la lanza en las manos dispuestas a defender o a exigir lo que creemos justo o al menos así presentamos el caso. Es aquí cuando observamos que la justicia se nos aparece o se nos vuelve acomodaticia. Se alarga o acorta una vara según se mida lo que se defiende o contra quien se haga. Se hace evidente entonces, que en muchos casos es preferible tener un buen abogado que tener la razón y es que la causa más justa peligra ante la ignorancia crasa de un mal litigante.
La experiencia, esa virtud o mejor dicho ese estado de gracia que se consigue a través de los golpes recibidos, nos ha enseñado en el ejercicio diario de la búsqueda de la justicia, que nunca ha habido dos jueces que con la misma ley juzguen de igual modo la misma cosa. Tampoco habrá dos opiniones exactamente iguales sobre un igual asunto, si las mismas son debatidas ante el amparo de la dama ciega. En la persecución de la justicia muchos han quedado atónitos cuando el fin alcanzado está bien lejos de lo solicitado, ya que intervinieron favores ajenos en beneficio de otros, aún sin ser los justos merecedores. De nuevo se observa que la justicia está directamente unida a la interpretación muchas veces caprichosa e interesada de quien la imparte.
Hay carestía de honestos en las funciones de administradores de justicia. Se atesora más riqueza dando a otros la razón injusta, que el mérito a quien en verdad la tiene. La razón así obtenida es floja e imperfecta, pero ello en un país donde campean y triunfan atributos muy cercanos al poder, las leyes se tornan acomodaticias al interés de los negocios con él relacionados.
Cualquiera que sea pues, el fruto que ya tengamos de las experiencias vividas, debo decir que en ese largo camino a recorrer en la búsqueda muchas veces frustrada de la justicia, hay que estar entrenados físicamente y dispuestos a subir cientos de escalones, (en nuestros Tribunales los ascensores son un lujo). Así como preparados no sólo con un par de buenos zapatos, sino con suficiente paciencia e histrionismo para no morir en el papel de mendigantes justicieros. Hay que tener oídos bien afinados, y lentes muy limpios para no dejarse sorprender por lo que se oye y ve en los estrados.
Yo, que de la única cosa de la cual he hecho profesión, ha sido de la esperanza de acertar con la razón para quienes confiaron en mí, no reconozco otro fruto sacado de esa experiencia, como no sea el aprendizaje de hacerme sentir, que me faltó mucho por aprender. He sentido en carne propia una verdad adulterada, o prostituida en beneficio de un rector de entendimiento escaso o nulo. Nada digo con esta afirmación que no sea ya harto sabido, pero no está de más recalcarlo.
Debo confesar, sin embargo, que a estas alturas del camino, me he curado de la obsesiva enfermedad de querer arreglar los entuertos ajenos, acudiendo a un Tribunal para someter al juicio de un tercero los errores humanos; los mismos que con voluntad y entendimiento pueden transarse fuera de Corte, sin tener que sufrir un traicionero penalti. La justicia cambia tan a menudo de opinión con jueces ineptos, como un pulcro de camisa.
Mi manera de vivir, después de casi medio siglo de batallar con leyes, sigue siendo la misma; solo que ahora la moderación es el néctar que más aprecio. La impaciencia ha cedido espacio para la mesura. Fue necesario que aprendiera a sobrellevar con estoicismo, lo que no se podía evitar o cambiar.
La justicia, más que un norte que hay que alcanzar cortando cabezas o luchando contra molinos de viento, es hoy en día un sentido que se ha envejecido de forma natural. Ahora ya la he pasado y cernido por una tela de cedazo muy fina. Lo que de verdad ha quedado en el fondo, no alcanzaría ni para un epígrafe.
La primera lección que debería de darse a los estudiantes de leyes debe ser: si vas a dedicarte a ello, resiste, no sufras por la injusticia. Tampoco calles cuando la veas cercana, porque si bien el hombre superior debe tenerla como su modelo, le es muy difícil salvaguardar su promesa, cuando de él no depende. Ya lo dice la filosofía popular “más vale dedo de juez que palma de abogado”
. ¿Cómo confiar en plenitud en alguien que se nos presenta con los ojos vendados? En el velo que cubre la Justicia, se interpreta la venda como significando que el juez no necesita, ni debe saber, ni verlo todo del justiciable, sino que ha de limitar su juicio al hecho y sólo al hecho concreto.
Así que, honremos a la justicia pero no esperemos encontrar en ella nuestra única esperanza o tabla de salvación. Podría ser que el ojo de la Ley fuese uno tuerto o que estuviera leyendo un texto equivocado. Y ante eso, una justicia enferma: sálvense quien pueda.

domingo, 6 de febrero de 2011

BESITOS DE COCO EN CHORONI DESPUÉS DE 45 AÑOS

Todos los pueblos de mar tienen un encanto que los hace parecerse, y Choroni- Puerto Colombia no son la excepción. Pero a un lado del embarcadero de este último, muy cerca desde donde parten las lanchas hacia las playas de Chuao, Cepe, Puerto Maya y Puerto Cruz, hay algo que le da una distinción y sello especial: un rincón reservado para la dulzura. A esa que viene dentro de una ponchera de plástico verde y que trae sobre su cabeza Carmen Saturnina Cobos, la dulcera del pueblo.
Ella se sienta en ese espacio guardado con celo, todos los días desde la 1 de la tarde, a esperar en actitud paciente, a los a veces ausentes compradores.
La acompañan los escasos 100 metros de piedra que forman el malecón construido desde la época de Pérez Jiménez y cuatro cañones oxidados, que en solitaria vigilia , se dejan bañar por las olas que rompen con olvidada memoria una y otra vez. Más allá los borrachos del bar cercano, y los niños que juegan con completa distracción le dan el marco preciso a la figura de Carmen con sus casi 68 años, el pelo corto enrulado con círculos de ceniza, unas uñas largas y cuidadas, que no dejan adivinar que tras la estampa robusta de piel morena, está la enérgica madre de diez hijos habidos con tres parejas, una treintena de nietos y diez bisnietos.
Conversar con Carmen es radiografiar la historia de muchas otras valientes luchadoras, sólo que ésta no se conformó con parir desde antes de cumplir los 15 años, sino que ingenuamente afirma que de no ser porque cuando tenía 32, descubrió a través de una amiga que existían las anticonceptivas, quien sabe si hubiera completado la docena o más. Una mamá gallina que aún hoy cuida a los polluelos y trabaja sin reparo para ayudar a que un nieto pueda terminar sus estudios universitarios.
— ¿Cuantos años llevas haciendo dulces?
—Desde que tenía 40 años estoy en esto de la dulcería. Empecé probando y ya ve aquí sigo..
La maternidad precoz le impidió terminar el sexto grado, y le ha tocado desempeñar muchos trabajos: vendedora de empanadas, camarera o cocinera en restaurantes, servir en casas de familia, como jornalera con el cacao. Aunque ahora está jubilada del Concejo Municipal de Girardot y además tiene su pensión de vejez. No descansa, necesita el ingreso que le proporciona la venta de sus dulces. De allí que a diario recorra las calles donde a veces falta el asfalto, y que sin embargo recorren los turistas ávidos del descanso de fin de semana. Aunque estos cada vez vienen menos.
Una paisana se acerca. Sus ojos y piel clara hacen presumir la ascendencia mezclada con algún extranjero, que quizás llegó hace años, al igual que otros aventureros a esta tierra prodiga en el cultivo del cacao y se quedó. O quizás se fue pero dejó el fruto de su aventura. Ella le pregunta a Carmen si la podría ayudar para comprar en Maracay unas medicinas naturistas. La dulcera franca, no se niega. Le dice que se las puede comprar la semana entrante, que le dé el nombre exacto y ella se las trae. En lo alto, a la derecha, la cruz blanca sobre la pequeña colina flanqueada por cactus y arbustos pequeños, parece bendecir la escena y disimula tras la fachada de posadas de lujo, que hay mucha miseria. Un ejemplo es la basura acumulada y exhibida sin vergüenza, en muchos espacios.
Al rato se acerca a la dulcera una muchacha que le pregunta con candidez sobre su arroz con leche.
— ¿Está sabroso?
Ella se ríe con mucha picardía y de forma honesta dice— No se mijita porque yo no lo he probado, pero fíjate ya se vendieron todos los de la parte de la arriba. Se refiere a que en su ponchera coloca dos capas de dulces y en esas primeras horas, con un sol cómplice, las ventas se le dieron fácil.
Carmen confiesa que son tantos años haciendo la dulce mezcla, que ya ni la prueba. Sabe en qué momento ponerle el melado, cuando la masa está lo suficientemente suave para formar los besitos o envasar el arroz con leche. La experiencia es su receta aprendida, pero no da muchas pistas. Eso sí sólo usa leche de coco, de los que le traen de Chuao, porque ya por aquí ni palmeras quedan, dice con pesar y por supuesto el legítimo papelón. Nada de ese que viene en frasco líquido, que es puro azúcar.
El camión acondicionado como autobús, lleno de lugareños y turistas, que hace el recorrido interno entre Puerto Colombia y Choroni, no deja de tocar la corneta al pasar cerca del puesto de Carmen. La dulcera nacida, criada y sufrida en estas tierras es bien conocida y más de uno la saluda, o le grita algo que la mayoría de las veces no se alcanza a entender, pero que en los oídos de Carmen sí suena claro, ya que siempre les contesta agitando su mano o con una amplia sonrisa.
Un inesperado chaparrón nos obliga a recoger la ponchera verde, taparla con un paño y correr hacia un lugar techado a guarecernos.
El bar la Playa es el sitio elegido, con su estridente música, sus mesas llenas en su mayoría de hombres que beben cerveza y juegan dominó. Acercamos unas sillas y vigilantes con la ponchera enfrente tratamos de seguir la charla. Misión imposible. Sin embargo, esos momentos reunidos allí esperando que la lluvia cese, sirven para afirmar que Carmen conoce a casi todos los presentes. Su padrino está allí y ella se acerca a saludarlo y nos aclara que tiene más de 80 años y era el mejor amigo de su padre. No se tarda mucho porque la impaciencia del viejo por colocar su piedra de dominó parece presagiar que en un descuido hasta “la cochina” le puede quedar ahorcada.
En una mesa cercana una dupla de alemanes permanece callada, observando todo con curiosidad. La gente a su alrededor, semidesnuda, gritando para dejarse oír, en competencia con el ruido de las piezas blanquinegras sobre la mesa, no parecen asombrarlos. Nada que invite al relax o la paz. Ellos parecen disfrutar del ambiente poco higiénico y de la compañía del perro callejero cercano a su mesa y Carmen hace notar que en este pueblo no hay fuentes de trabajo y que cuando el turista no viene no hay pa´ nadie. Es la maldición de nuestra geografía, bellos lugares desaprovechados, cubiertos por la costra de la desidia.
La lluvia se disipa después de quince minutos a lo máximo. Las calles quedan con las aguas empozadas, con las botellas de plástico como botecitos atracados junto a papeles y restos de comida.
El sitio que usa Carmen para la venta está mojado y aún no ha vendido toda la mercancía. Le quedan 18, de los 30 vasitos de arroz con leche de coco y de los paquetes de besitos (con 5 cada uno), aun tiene 3, de los 12 que trajo. El sólo pensar que se tendrá que regresar sin la venta hecha, le pone más sombras a su piel curtida. Y es que además de la pérdida en los materiales invertidos, (½ caja de papelón le cuesta 100.000 bs) se desequilibrará su presupuesto. En estos momentos está afrontando además de los gastos de su casa, el cuido de su madre de 98 años, y el peso del costo de las medicinas para una hija enferma.
Con el paño que enrollado le sirvió de base para llevar la carga de la ponchera sobre su cabeza, limpia su escalón y vuelve a acomodar su carga en el malecón.
De nuevo la espera. Los clientes pareciera que han huido. Así como lo hicieron en un tiempo los barcos que atracaban allí a llevarse las cosechas y traer mercancías. La economía de producción ha cambiado por la que trae el turismo. Aunque aclara que la llegada de gente mala de otras partes, ha aumentado la delincuencia y por supuesto alejado a los visitantes. Nada bueno para el pueblo.
En la próxima media hora nadie se acerca a comprar y en ese mismo tiempo las manos de Carmen han estrujado un pañuelo lo suficiente para que se torne de blanco a un gris desolado. La mujer que parió diez hijos de forma natural, a puro pulmón, ayudada por la comadrona del pueblo, ahora resopla con resignación.
Son las 5 pm, las lanchas comienzan a regresar con los venidos de otras playas y de nuevo se inicia, con más fuerza esta vez, la lluvia. Le propongo a Carmen marcharnos a la posada .Su mirada se vuelve interrogante hacia su ponchera casi llena. La tranquilizo.
—No te preocupes que esta noche en la cena con mi grupo, todos ellos probarán de postre tu arroz con leche y tus besitos de coco.
La sonrisa que no quedó plasmada en los afiches en que ella aparecía, para promover el Festival de afro descendientes y que adornaron todos los postes de Maracay y sus alrededores, esta vez sí salió a relucir. Esa que es como el sol que nos hizo falta durante toda la tarde.
De vuelta las paredes remozadas de las casas, ahora convertidas en hospedajes de fin de semana, nos asoman un futuro que no acaba de ser próspero para este pueblo que aún se levanta temprano y va a la misa de 8 am en la Iglesia pintada de azul y que sigue vendiendo la idea de que con solo pasar las montañas que la llevan a él tendrán la felicidad que da el sol y el mar azul magenta.
Habían pasado 45 años desde mi última visita a Choroni y de verdad en el pueblo vi casi todo igual, solo que esta vez probé los besitos de coco y el arroz con leche y me prometí no dejar pasar tanto tiempo para la próxima visita, porque de seguro ya no estaré para contarlo.

domingo, 9 de enero de 2011

Mercados desarropados

 
Posted by PicasaLa visita a un mercado a cielo abierto, caluroso o propenso a que la lluvia te moje, ubicado en plena calle, sin mucho sitio para que si vas en vehículo propio tengas dónde dejarlo, significa todo un reto que hay que aceptar.
Una veintena de toldos alineados sin muchas pretensiones, ofrecen con la modestia de monjes budistas productos del campo, granos, quesos, galletas, tortas caseras, flores para el espíritu, y hasta cachapas y hallacas, junto a la promesa (no siempre cumplida), de tener precios fraternos con la crisis. Los días sábados y domingos funcionan en La Bonita y en la calle Amana de Sorocaima estos mercados bajo el amparo y vigilancia de la Alcaldía de Baruta.
Allí las verduras, hortalizas y frutas se exhiben sin pudor desnudas, para así regalarnos sus aromas y texturas. Fuera la bandeja de anime y el envoplast, que las viste con aires higiénicos y las aísla del erótico manoseo de los futuros compradores. Las papas no ocultan la tierra en sus ojos, ni los plátanos apilados al descuido, tienen vergüenza en mostrar en su tránsito de las matas a los mesones, rajaduras de harakiri. Un dependiente uniformado con su delantal azul, nos informa que muchos son traídos desde los cultivos de la Colonia Tovar. Otros son comprados al mayorista de Coche o Qta. Crespo y revendidos allí, pero con los precios que les sugiere y supervisa, la Alcaldía de Baruta.
Sergio Cuellar Contreras un nativo del Perú con más de 40 años en estas lides de verdulero y proveedor registrado, confiesa que si bien la ganancia no es mucha, es lo suficiente para que le alcance. Asegura que las mejores ventas las hace en el mercado que se abre los martes en Prados del Este y los viernes en Cumbres de Curumo en las ferias de precio único. Otra variante de los mercados, que están bajo la tutoría de la Gobernación de Miranda. Así lo dejan claro las chemises amarillas que lucen los dependientes.
Una clase media que lucha para equilibrar su maltratado presupuesto obliga a Vanessa Miguel a madrugar los días martes y cuadrar su horario de profesora universitaria, para que no coincida con la gran feria de precio único que abre desde las 6 am cerca de su casa en La Bonita. Allí junto a los residentes de los más de 12 edificios vecinos espera la llegada del camión que si viene directo desde los cultivos en La Grita, en Trujillo. Ella entabla, con la energía de un maratonista, la disputa para obtener las mejores frutas, hortalizas o verduras al unificado monto de 6,00 Bs el Kg. Claro que con algunas excepciones como el ajo, tomate, cebolla y ocumo que siguen fieles a los precios inflados del mercado habitual. Un ahorro valioso si se compara que en el mercado por 3 manzanas o un Kg de piña pagarás Bs. 20.
En la feria de precio único que se ubica los viernes en la plaza de Cumbres de Curumo, cercana a la Iglesia y vecina de la entrada a Fuerte Tiuna, la gran afluencia de gente obligó a establecer la entrega desde las 6 am de 300 números diarios, para así impedir qué, según nos cuenta Jesús Alberto Domínguez, desde su puesto de venta de hallacas y tamales, señoras de alto copete, (sic) se empujaran y pelearan para vergüenza de los vecinos y amigos. Él me dio un dato a tomar en cuenta y es que si lo llamo a su celular, junto al pedido de hallacas me garantiza tener un número (bien bajito), para que me desocupe temprano de las compras y pueda hasta desayunarme con algunas de las 30 hallacas o 170 tamales, que La fiera de su mujer prepara para la venta cada día de mercado.
Si bien en la mayoría de los mercados que había visitado como los de Sao Paulo, Oaxaca, Puebla o Santiago de Chile y en nuestro país el de Mérida, el cual se lleva el laurel por su variedad, estaban bajo techo; estos a cielo abierto dan una nueva perspectiva. Aunque es posible que no den un placer visual por sus instalaciones, les aseguro que sí lo dan gastronómico. Allí están las hallacas, el queso guayanés que se derrite y unas genuinas cachapas de budare, rivalizando con la espontaneidad de los tenderos. Vale la pena repetir la experiencia.

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sábado, 6 de noviembre de 2010

MIERCOLES SANTO O EN BÚSQUEDA DE LA PERTENENCIA


El limonero del Señor

Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.
Andrés Eloy Blanco

MIERCOLES SANTO
O
EN BÚSQUEDA DE LA PERTENENCIA

Nacer y vivir en una ciudad no determina que pertenezcamos a ella. Se necesita mucho más, hay que experimentarla, recorrerla con el afán de hacerla nuestra. Conocer sus historias, sus creencias, tradiciones, formar parte de ellas.
Quien pretenda que su ciudad sea parte de él, y le pertenezca por completo, también debe saber acomodarse y circunscribirse de tal manera a ella, que pueda padecer sus carencias con el ánimo suficiente para hasta permitirse gozar con ellas. Hacer de sus enfermedades, motivo y razón para desear su perfección. Amarla aún con sus vicios soterrados envueltos en desidia o progreso.
La religión está íntimamente ligada a cada ciudad a través de sus monumentos, Iglesias, conmemoraciones, fiestas patronales e incluso sus ritos con tradición pagana. De igual manera las celebraciones de los días patrios dan un sello personal a cada ciudad y la distinguen aún dentro de un mismo país.
Para encontrar dentro del ámbito de nuestra Caracas un giro espiritual que nos lleve a experimentar una reflexión que nos marque y nos ate a ella íntimamente, hay que hacer ejercicios de misticismo, vestirse con la piel de un monje tibetano y apartar del entorno de nuestros ojos las miserias y violencias de cada día. No es fácil.
Prefiero recurrir a las catacumbas de mi memoria y rescatar de allí la experiencia vivida en los años de mi infancia en la Basílica de Santa Teresa, ubicada a escasas tres cuadras de lo que fue mi casa hogar durante los primeros once años de mi vida. No se trata de volver en busca del paraíso perdido, sino de conectarse con las huellas de ese algo que nos permita apartarnos del sonambulismo cotidiano.
La Basílica, con su doble fachada, una dedicada a Santa Ana y la otra a quien le da su nombre, alberga en su interior desde la época de la Caracas provinciana a la venerada imagen del Nazareno de San Pablo. El santuario representa una tradición unida a Caracas que aún hoy se repite con fervor.
En la última Semana Santa volví sobre los olvidados pasos y el Miércoles Santo fui partícipe, tal como me era obligatorio en aquellos años, a la renovación de fe que allí se celebra.
Un Nazareno que estrenaba ropaje de pana bordado en hilos de oro, lucía festivo por el brillo y color que le daban más de 5000 orquídeas colocadas en forma de arco a sus espaldas y como lecho amoroso a su figura de pino moreno.Su rostro, transido por el dolor de una corona de espinas y la pesada cruz que reposa en su hombro izquierdo, me renovó en su contemplación, esa fuerza espiritual pérdida durante los años que preferí remontar olas o viajar a otras ciudades que me ofrecieran el descanso del caos citadino.
Las luces del altar mayor, anfitrión que distinguía a su huésped de la capilla lateral durante el resto del año, no empañaban a las cientos de velas capaces de derretir la indiferencia de los devotos durante los 364 días restantes. Días en los cuales cada quien se vuelca en su mundo exterior de lucha y trabajo sin dejar espacio para oír la voz de la reflexión entrañable. Ese lugar dónde aun anida la fe y la creencia de que podemos y debemos ser mejores seres.
Pese a que es sólo una imagen, madera tallada por un artista que recibió el soplo divino en el momento de su creación,( debido a la perfección con la que está ejecutada); para los creyentes presentes simboliza la promesa de redención y expiación de los pecados. Su veneración conlleva el camino cierto para obtener favores y alcanzar perdón. Parece no importar qué hiciste antes o qué hagas después de estar allí. En ese momento la misericordia te baña y no te dejará caer. No hace falta sino el Cirineo de tu fe.
Ese rito litúrgico le da carácter propio a nuestra ciudad; marca un paréntesis que lleva al éxtasis al piadoso y lo aísla del dolor. Miles se visten con ropajes morados, caminan en procesión o llegan de rodillas con tal de vivir, aunque sea de lejos, la experiencia de ver la milagrosa talla y recibir el gozo de la renovación espiritual. Ello nos da licencia para perdonar el fanatismo ciego que confunde el rito, o el festejo con la carga de truco comercial en ese día especial.
La presencia de buhoneros con sus pacas de velas, inciensos foráneos, estampitas con oraciones entre las que se cuelan las dedicadas a María Lionza y al negro Miguel, no le restan la carga emotiva y simbólica que la procesión lleva tatuada durante más de 200 años.
Di una vuelta de tuerca a mi memoria y me vi con 7 años, vestida por única vez con el hábito morado, (un poco sin saber por qué), pagando la promesa hecha por mi madre al yo superar una doble pulmonía. Los milagros ocurren.
Hoy estoy aquí y con fe les doy mi testimonio y compromiso de que con esa vuelta a escarbar dentro de una tradición arraigada y (de la cual he formado parte), puedo concluir que Caracas sí me pertenece. Y yo pertenezco a ella. Ya no tengo por qué dudarlo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Botero y yo


El tema de la belleza no se agota, cualquier consideración acerca de ella sólo abre los caminos al debate. Por otra parte la subjetividad de la belleza no necesita comprobación. Es una verdad que debemos aceptar, así como admitimos que la tierra gira sobre sí misma y alrededor del sol, sin que con esa conformidad debamos de explicar enseguida las razones de tal postulado.
Es así como el creador de un objeto artístico, sea pintura, escultura o cualquiera otra manifestación del arte ejerce su plena soberanía al crearla, sin esperar el cuestionamiento de los posibles admiradores o detractores de ella. El artista no espera convencer a nadie con su creación, le basta con la satisfacción de verla terminada, de saberse un creador, y sólo apuesta a que la misma sea al menos perdurable o trascendente.
El ser humano como destinatario de la obra creativa, está siempre sujeto a su condición subjetiva de considerar, según su criterio y apreciación, si algo es o no hermoso. Con ello busca confrontar la creación artística con lo qué ella expresa y cómo lo expresa. Un antagonismo sin razón, ya que el acto mismo de la creación enciende de por sí las luces para la comprensión del objeto creado, más allá de lo que los ojos del observador capten en la obra. Hay detrás de ella una esencia que es dada por el autor, su soplo creador.
Todas estas reflexiones y consideraciones formaban un torbellino un mi cabeza, pero al entrar al Museo Fernando Botero, ubicado en la ciudad de Bogotá, ellas tomaron un rumbo de placidez ante unas obras que rompían con lo que hasta no hace mucho parecía regir los cánones de lo que las formas de la figura humana podrían ser consideradas clásicas de la belleza.
Si bien es cierto que ya en la pintura renacentista las estilizadas vírgenes de Boticcelli, contrastaban con las figuras rellenas de Rubens, las alargadas formas de Modigliani, o las deformes y casi esqueléticas de El Greco; para la época moderna no se había presentado una obra tan extensa y variada que siguiera el patrón de la redondez como forma estética, en cualquiera que fuera el objeto pintado, dibujado o esculpido.
A la entrada del Museo nos recibe una enorme mano que ya deja claro que estamos ante un concepto de belleza que no admite comparación. En las sucesivas salas aparecen dibujados o esculpidos mujeres, hombres, caballos, gatos, otros animales, objetos. Todos ellos bajo el reino de la redondez, la exageración en la búsqueda de las curvas, una sinfonía cantada desde lo profundo con la severidad de un réquiem para todo lo que se asemeje a lo estilizado.
Al entrar a una de las salas mi complacencia se volvió gozo rayando en locura. Allí estaba ella, la versión particular y genial de Botero de la Maja desnuda, con su enorme vientre que exhibe sin pudor la grasa acumulada, sus senos que forman dos paréntesis, divididos por una línea, como si se hubiere trazado una enorme B acostada. La cadera sinuosa como una montaña que se negara a dejar emerger el sexo apenas insinuado, como una mancha al descuido. Las naranjas, muy redondas al lado de la maja. Ella recostada a lo ancho de la cama que luce un copete capitoneado, y con la media sonrisa que parece pensar en si las come o no.
La vista y apreciación de la genial obra rompió todos los paradigmas negativos que podía albergar contra la no belleza de la obesidad y la gordura. Mirar esas curvas desparramadas sin que se perdiera el sentido estético, me llevó a pensar que había una total independencia entre lo que para unos es bello y la obra creada. Nadie en su sano juicio podría negar que la panorámica de aquellas carnes expuestas en toda su inmensidad, no conformaran un regalo para el buen gusto, sin perjuicio de lo antípoda que puede significar cambiar el modelo de belleza ideal.
A la sensibilidad creadora de Botero se le concede además un valor agregado, por lo que significó trastocar unos valores que se creían universales, y darles un giro, para crear esto que luce revolucionario por lo nuevo, original y con sello propio.
En lo personal me hinché de orgullo. Ya no había que apelar a la frase manida y trillada de belleza interior para sentirme satisfecha con la figura propia, ahora tenía el aval visible y confiable de toda la obra admirada, respetada y trascendente de Fernando Botero.
Atrás quedaron las discípulas de Osmel, en su loca carrera por una corona comiendo sólo atún y lechuga. En menos de una hora, este colombiano universal me dio el pasaporte a la felicidad. Ya no es cuestión de resignarse a una situación, que si bien se puede cambiar, necesita del sacrificio y la constancia, que la temporalidad de la vida nos lleva a pensar a veces, que carece del mérito para emprender el nuevo rumbo.
Al salir de allí como quien abandona el templo en el cual ha expiado los pecados, una puerta de cristal me devolvió el reflejo de mi imagen y un solo pensamiento cruzó por mi mente: Gracias Botero.

lunes, 2 de agosto de 2010

Reflexiones en insomnio


Hacerme preguntas no resuelve mis problemas. Hay que encontrar respuestas.

Implorar benevolencia o compasión para las propias faltas, conlleva admitir las propias debilidades, sin que con ello obtengamos nuestro perdón interno.

La reflexión me impone que encontrar la culpa asentada únicamente en mis acciones, sólo me conducirá a proferirle latigazos a mi propia estima. Ello sería el camino seguro para abrazar la depresión.

No hay que dar más rodeos, el único hilo válido que hay que tejer es el que nos lleva a la superación interna.

El pleno conocimiento de nuestras flaquezas y fortalezas nos conducirá a entender con justicia y equilibrio para nosotros mismos, nuestras caídas y tropiezos.

Sentir que el pasado nos ata a la añoranza de los mejores tiempos, es no apostar por el presente que está en nuestra manos y al cual sí podemos cambiar.

Sin entrar en discusiones acerca de la débil línea que separa la temporalidad del pasado, presente y futuro; él ahora debe imponerse al momento de elaborar cualquier plan correctivo para trastocar situaciones adversas.

La fe y confianza en nosotros mismos, no es señal de presunción, sino de haber alcanzado la superación.

Oye tu yo interno con precaución cuando presientas está siendo complaciente con tus errores.