miércoles, 28 de enero de 2009

De aqui a la eternidad

Hace pocos días me vi obligada a oír parte de la perorata en cadena nacional del ciudadano “inquilino de Miraflores” como suele y disfruta llamarlo el historiador Manuel Caballero. Confieso que cada incontinencia verbal, (todas ellas llenas del más absoluto desprecio por quienes disienten y piensan diferente) me hacía literalmente y eso que estaba en un ambiente de aire acondicionado, hervir la sangre. Fue cuando pensé espantada ¿cuanto tiempo más durará esto? Van diez años y ya nos parece una eternidad.
Por esa cuestión de la asociación de ideas me vino a la mente una de las películas que se ha mantenido entre las 100 mejores y que goza además de tener una escena que la ha hecho figurar como de las más románticas pero a la vez erótica, en la historia del cine. La película es De aquí a la eternidad.
Fue filmada en 1.953, y protagonizada entre otros por los míticos Deborah Kerr (2007) y Burt Lancaster. Se desarrolla en una base naval americana pocos días antes del ataque a Pearl Harbor y la escena atrevida, incomparable e inimitable es la del beso mojado. Ese que se dan la esposa adúltera y el Comandante de la base, entre el devenir de una y otra ola, que hace que todavía suspiremos por tener aunque sea una copia de la cinta para verla, reverla y soñar en repetirla, (dada la imposibilidad de hacerlo con quien la filmó), con otro coprotagonista. No importa que en la realidad quien nos bese no tenga la figura que allí exhibía Burt Lancaster, ni que la playa no luzca con esa arena y agua limpia, pero el beso, ese maravilloso beso, que ese sea igual.
Mis pensamientos vuelven a la realidad y la palabra eternidad sigue pegada a cada una de mis neuronas. Mientras, sigo oyendo a ratos al inquilino, con aviso de desalojo, pero que se niega a aceptar. Parece que lleva casi seis horas hablando sin parar. Es cuando las preguntas se suceden una a una, se agolpan en mi cabeza, al igual que como las olas iban y venían en la escena del beso.
¿Será que este piensa cambiar el por ahora, por hasta la eternidad?
¿Es qué acaso no hemos sido claros al decir NO?
¿Será necesario un ataque como el de Pearl Harbor, para que los rojos entiendan que ya eso (la enmienda), se discutió, votó y negó?
Dice el refranero popular que no hay mal que dure cien años, o lo que es lo mismo una eternidad, pero vaya usted a ver, que si la película referida aquí ya lleva 46 años y sigue tan campante, lo que nos espera si no le damos un parao con un NO No No No , bien repetido y además aderezado con millones de votos es nada menos que la eternidad. La tenemos cerquitica pues.

lunes, 19 de enero de 2009

Suturas para una ciudad herida

En el grupo que se ha formado alrededor de la figura del poeta y escritor Armando Rojas Guardia, quien nos dicta el Taller Literatura y ciudad, hay talento de sobra. La compañera Thamara Jiménez, escribió esta bellísima y sentida reflexión que me complazco en traer a este blog, con la plena anuencia de su autora. Ella lo tituló: Suturas para una ciudad herida. No había mejor titulo para esa lírica, y tal como dijo nuestro mentor “a medio camino entre el ensayo y la prosa poética”. Un acierto de Thamara que quiero compartir con mis lectores para que, al igual que yo, sientan el gozo en cada frase, esas que nos dan imágenes concretas; que nos amarran y a la vez nos abren al vuelo imaginativo y nos llevan a pensar en nuestra Caracas desde una perspectiva femenina. Como una mujer con una historia que contar y sufrir. Disfruten entonces y al igual que muchos al leerlo, tomemos un tiempo para tomar conciencia de lo que estamos haciendo o mejor dicho dejando de hacer para que Caracas se nos haya vuelto una ciudad herida urgida de que nosotros la cuidemos y le hagamos sus suturas.

“Una ciudad es vientre y útero, en ella la sangre fluye para dar vida, para armar sus ciclos con días. Ovula y menstrua como cualquier fémina. Se excita, tiene tiempos felices; coquetea y conquista. Se aparea, concibe, gesta y pare. Pero se cansa, se enferma; puede tomarse con calma la menopausia, o mutar en la amargura. Ella hace y relata la historia; también podrá ser memoria muda, amnésica, o simplemente confundida. Tendrán sus hijos que hacer algo por ella, de ella han vivido. En ella viven.
Todas las imperfecciones nadarán hacia El Güaire, a él le cuesta, con la pesada carga, y su pestilencia cumplir el viejo destino. Cada vez más difícil el camino, se agudizan las estrecheces y obstáculos. Cielo y tierra, vecinos nublados.
Un sentimiento nómada, de placer, recorre la ciudad. Huye. Le impresiona esa sonrisa de dientes de oro y aluminio, de cárcavas oscuras.
En el vientre palpitante de la tierra, en las fauces de metal transitan enjambres humanos, que dúctil izan sus cuerpos en uno; son tejidos, órganos y membrana. Ágilmente contraídos salvarán el culo, el vientre, las tetas; la guillotina hábil de las compuertas será amenazante, un arma, castigo. Una y otra vez el timbre de emergencia, y la voz enfadada del chófer –Por favor no obstaculicen el cierre de las puertas. Las sonrisas, el sudor, la contracción al unísono, allí la transmutación de cuerpos a membrana. Cojan aire, metan la barriga, cállense. Enmudece la alarma, arranca el tren y arrastra los vagones. En móviles y pulseras activas, el tiempo avanza; igual pasa en las oficinas y las tiendas; el fantasma de la demora se multiplica. Hay una carrera diaria, que no cesa; más bien acelera. La parada indicada, un vaho sudoroso escupe pasajeros, sopla un hilo de aire; una nueva inyección humana. Hay aporreos, pisotones, empujones. Se repite el ritual, todos hacen uno; una membrana silente, compacta y sudorosa; se contrae, poco a poco se expande. Un acordeón humano que produce gemidos, quejas, lamentos.
A cielo abierto, amenaza la lluvia; el cielo plomizo no viene con cuentos. Trae gotas y aguacero. El vendedor de paraguas hace de las suyas, los vende sin descuento
–Son los últimos. En minutos una nueva docena aparece de la nada. Los que corrieron llegan mojados, también sus bolsas de Arturo´s, Mc Donald´s, o algún pote de comida china. Un almuerzo suspendido, en cambote, la entrada del gran edificio se atasca en su hora más concurrida. Unas cuantas mentadas, algunos suspiros. Pocos complacen sus estómagos, la fiera digital los delatará en tarjetas; una autoridad en la materia los juzgará. Una citación y una carta con responso se vislumbran cercanas.
La desesperanza y el desasosiego concebirán un vástago; un bastardo de sus propios cimientes. Romperá el celofán de tanta pena, vertebrará los días. Con lluvia germinarán sus semillas. Suele ocurrir.
Levantarás el vuelo con mi aliento, te soplaré como a una pluma. De canario de tejado, arrendajo, guacamaya, azulejo, cristofué. Tordo. En tu vuelo se anunciará la caída, todas las ciudades y todas las plumas lo han hecho. Vertida en El Güaire, teñida de tarde, reverberada en azul. Armas negras, plateadas y doradas apuntarán en todas las direcciones. Puteada, con unas pocas monedas a tus pies… no servirán de nada. La inflación no te dejará comprar una peineta nueva, ni un guante, ni siquiera carmín.
Te he querido tanto, Caracas, ciudad sin fin. Quisiera vestirte de nuevo, que estrenes con el lujo que acostumbrabas. Con ropa cara, con prendas, perfumes. Chanel. Sandalias doradas, zarcillos de rubí, oro y gemas en el cuello y el pulso. Un diamante en el anular derecho, grande, escandaloso. Que al verte, cualquiera se pregunte si es un sueño o una ilusión.
Basta, quiero hacer limpieza, borrarte la pestilencia, las pesadillas, el rojo que te asfixia, en la sangre de tus hijos y en la pornografía politiquera. Sangre que ha robado el sueño y la quietud; que almidona con costras pegajosas los ojos de esta ciudad insomne; de su gente, de sus diarios. Harta de tanta noticia triste, del mar de llanto que navegamos hace rato, de ese ejercicio salobre de 24 horas. Encenderé una rockola, no me importa quién cante, pero que no se oiga el bullicio, la balacera, los gritos. El dolor.
Estoy cansada, Caracas. ¿Y tú? “

Por Thamara Jiménez
Primer trabajo. Noviembre 2008
Taller Literatura y ciudad

domingo, 11 de enero de 2009

Un 2.009 de CALEIDOSCOPIO

Quisiera que este fuera el año de la mirada a través del CALEIDOSCOPIO. La palabra que nos significa, si la seccionamos etimológicamente de su raíz griega: Kalos que es bello; EIDOS, representa forma y SCOPEO, observar; nos dan la definición de que sería un instrumento para observar formas bellas.
Así quiero estar a la mira de este 2.009: como un compendio de cosas bellas. No sólo para mi familia, amigos y por supuesto para mi, sino para mi país.
Ver a mi ciudad con sus plazas y parques llenas de flores, niños jugando y no rodeadas de basura e indigentes. Que cada uno de los espacios públicos, no me importa si están ubicados en los municipios oficialistas o de la oposición, sean un refugio para el ciudadano de a pie y para el que espera y desea tener un momento de sano esparcimiento con su familia, sin temores ni sobresaltos.
Que sus calles, avenidas y autopistas, estén libres de huecos, defensas rotas, vendedores ambulantes, vallas publicitarias que quitan el espacio a la vista del Ávila, su verdor, su magnifico entorno. Vallas que nos obligan a entrar al mundo del consumismo, o peor al de la propaganda política y nos hacen olvidar la naturaleza pródiga que nos rodea.
Espero con mi tubo de cristales, espejos en ángulos y piedras de colores, no tener que leer en los periódicos de cada mañana que la violencia arrebató la vida a alguno de nuestros jóvenes y que el trabajador responsable no cayó en manos de una banda delictiva para robarle el esfuerzo de su día de trabajo.
Seguir viendo por mi máquina de ilusiones y comprobar que ya en los hospitales hay dotación completa de insumos, médicos abnegados que llevan consuelo y sanación con salarios justos y dignos. Que se terminó “el ruleteo” de pacientes, que siempre acaba con la aceptación en cualquier sitio cuando ya es demasiado tarde.
Sentir regocijo al ver las escuelas en perfecto estado de mantenimiento, con aulas llenas y nuestros niños recibiendo la educación que se merecen con maestros capaces y bien remunerados.
Pudiera seguir con una larga lista de deseos, anhelos y por supuesto sueños, y es que mi CALEIDOSCOPIO, algo mágico lo sé, me da para delirar con tantas utopías que pienso que todos los colores no van a ser suficientes para describir todo lo bello que quiero para todos.
Soñar no cuesta, dicen por allí, pero que triste es despertarse.

lunes, 5 de enero de 2009

Sonrisa de bienvenida


Al llegar al puerto de Cartagena, nos recibe la sonrisa amplia y amistosa de Berenice Benítez, BB. como le gusta que la llamen.
Había vivido toda su vida en las cercanías de la ciudad amurallada y ahora nos cuenta que lo hace “un poco más lejos”, allá por los lados de La Boquilla. No conoce del país nada más lo que le ha permitido su condición de madre de seis y abuela de cuatro, a los que ha ayudado a levantar con su oficio de vendedora ambulante y al decirlo sus ojos muy negros se llenan de sueños rotos.
Allí junto al gran barco de cruceros, del cual acabamos de descender, ella sueña, que podría irse en uno de ellos, aunque fuera de camarista. En su interior sabe que eso no pasa de ser una fantasía alimentada por los aires salobres y el calor de esta tierra, antiguo destino de piratas y del comercio de esclavos.
Está presta a indicarnos los mejores sitios turísticos e incluso a servirnos de guía, ella o alguno de sus hijos. Hay uno que tiene una Van y nos asegura que por mucho menos de lo que cobran las tours organizadas desde el barco, y en muy pocas horas nos dará un recorrido para conocer el castillo de San Felipe, el monumento a los zapatos viejos, el Convento de la Popa, incluido el paseo dentro de la ciudad vieja: la Cartagena de Indias que fue centro del mayor comercio en los años de la Colonia y que ahora viste una cara remozada por la industria del turismo.
Al son de sus palabras ya nos vemos montados en la moderna camioneta, recorriendo las calles empedradas, pasando por el Convento de Santa Clara, ahora convertido en uno de los más lujosos hoteles. Proseguir la visita, con una sucesión de asombro para ver los edificios de la Alcaldía, la Casa de la antigua Aduana y los balcones de San Juan Bautista, muy pegados una de los otros al gran muro de piedra que defendía a la ciudad de los ataques de los piratas.
Adentrarnos en el barrio judío o el Getsemaní, y formar parte de ese conglomerado de tiendas de todo tipo, regateando hasta el último peso cualquier precio que nos den.
Observar la enorme casa que ocupa más de una esquina que nos dicen es del “Gabo”, y a la que el escritor suele visitar muy a menudo y eso lo saben porque cuando él está allí, sus faroles exteriores se iluminan en las noches con un derroche de luz, y se llenan de mariposas amarillas.
Berenice, sueña con salir más allá de Boca Grande, ya se conoce cada centímetro de sus playas, adónde va cuando no hay barcos en el muelle turístico y extranjeros a quienes venderle sus frutas. Les ofrece a los veraneantes los collares que hace su nieta mayor, llamada Amaranta, en honor al colombiano Nobel.
Su piel morena, bruñida por años de sol, tiene el mismo brillo que la enorme figura de la autoría de Botero, que junto a otras están en la Plaza de San Pedro Claver, frente a la Iglesia del mismo nombre y rodeadas de pequeños restaurantes; que hacen de las tardes y noches cartageneras un bullicio de lenguas diversas, animadas con los sones de los músicos callejeros.
No nos cansamos de admirar como en cada esquina, en cada calle de balcones, uno más vistoso que el otro, se han recuperado las fachadas conservando su estilo original; restauradas sus enormes puertas de madera labrada y las entradas a los patios coloniales, la mayoría de ellos convertidos en lujosos restaurantes. Una labor que lleva años y que hoy da sus frutos, al ser esta ciudad una de la más visitadas por los turistas tanto nacionales como extranjeros y haber sido declarada patrimonio de la humanidad.
Por último visitar el moderno Centro de Convenciones, con su gran plaza al frente y dar una larga caminata hasta el restaurante Carbón de Palo, para degustar un buen pescado o lanzarnos a pedir la langosta, sin ver siquiera el lado derecho de la carta, con precios en dólares, rogando que nuestra tarjeta y su cupo todavía puedan aguantar.
Cartagena es como su gente. Todos abiertos y soñadores al igual que Berenice; serviciales con el turista y generosos en sonrisas y cordialidad. Todo lo demás tiene un precio. La Van resultó un éxito económico para su conductor: 11 pasajeros y un solo recorrido en menos de dos horas. Los dólares al multiplicarse a pesos, de manera convincente dieron para que la extensa familia de BB, nos despidiera con un “Vuelvan pronto”, salido desde el corazón.
Seguro que volveremos Berenice, Cartagena embruja, y desborda nuestra imaginación. Aquí está la prueba.

sábado, 3 de enero de 2009

DÍAS DE ABANDONO


Las vacaciones son días de abandono, de dejar la rutina atrás, los compromisos laborales a un lado y dedicarnos al ocio. A hacer ese “non far niente” que tanto nos gusta: levantarnos tarde, cobijarnos hasta que el cuerpo nos pida darnos un baño reconfortante con muchas sales. Estar en pijama sin importar que hora es y no sentirnos mal por ello.
Junto a este panorama, está la otra opción: salir de viaje y adentrarnos en una espiral de cosas por hacer, de no querer perder el tiempo y tratar de aprovechar al máximo los días en divertirnos, pasear, curiosear por las tiendas, buscar lugares nuevos.
Yo, en forma planificada, egoísta y sin ningún espíritu aventurero, escogí irme de vacaciones con mi cónyuge y hacer del descanso una renovación, no sólo por mis 18 años de vida matrimonial, sino porque la fechas navideñas coinciden con mi cumpleaños y desde hace ya muchos años he decidido celebrarlos, ( o más bien pasarlos por alto) de ser posible, fuera del país. Nada de ceremonias familiares con torta, velitas y el cántico de Ay,.. que noche…tan preciosa…, con la versión cambiada de la luna oxidada, la noche haciendo pipi y los pañales, etc., etc.
Esta vez el destino elegido fue un crucero por el Caribe, que partía desde el puerto de Colón en Panamá y que nos llevaría en un viaje de siete días por Cartagena, Santa Martha y las archiconocidas islas de Aruba, Curazao y Bonaire.
El trayecto tenía una ventaja que para nuestros deseos de hacer de esta última semana del año, unos DIAS DE ABANDONO, estaba mandado a hacer. Esa ventaja era que ya habíamos visitado con anterioridad, todos los puertos de destino, así que al llegar a ellos no tendríamos la presión de ir a buscar lo que no se nos había perdido, sino que de forma relajada, podíamos optar por quedarnos en el barco o bajar a tierra. Había muchas alternativas que aprovechar.
Disfrutar de los buenos precios en los mall de Cartagena, o sentarnos en tierra en un café a conversar con los nativos mal del gobierno, cuando así nos preguntaban por “el innombrable” o por el contrario irnos de playa, a llevar sol cual lagartijas, pero con protector No. 60, para cuidarnos de los rayos cancerosos o comer mariscos a la orilla de las limpias aguas de las playas del Rodadero en Santa Martha, oyendo el acento costeño al que los colombianos ya nos tienen acostumbrados de tanto convivir con ellos y de paso darnos un masaje con cualquiera de las muchas masajistas que por allí pululan, dispuestas a “abrirnos los chacras”, con sus expertas manos.
En Aruba podíamos seguir asombrándonos del azul turquesa de su mar y de cómo los turistas siguen buscando ese paraíso y en cambio no vienen en ese mismo número a nuestras playas, tan bellas o más que aquellas. Contemplar un atardecer de ensueño en Bonaire con la silueta de cientos de velas que se perdían en el horizonte por la fuerza del viento; mientras en la orilla, casi al alcance de nuestros pies, miles de peces nos brindaba su fiesta de colores. Todo ello aderezado con una piña colada o un roncito bien preparado y la seguridad de que no seríamos importunados por venderos ambulantes.
Por otra parte la vida a bordo está llena de detalles para hacerte feliz: tu camarote siempre arreglado, con toallas limpias a discreción; el chocolate en la almohada junto a un animal hecho con arte y gracia con las mismas toallas. La cena servida a la hora, en un ambiente de restaurante caro, pero sin la preocupación de la propina y la oportunidad de comer, si así lo quisieras, casi durante todo el día, que hace que EL ABANDONO de cualquier dieta, fuera imperativo.
Las amistades hechas en el barco, a pesar de que sabemos pueden resultar efímeras, contribuyen para que tu tiempo transcurra oyendo a gente hasta ahora desconocida, contarte sus experiencias y hacerte parte de su vida, aunque sea de forma momentánea. Te llenas la cabeza con historias ajenas y piensas que podían ser materia para tus cuentos . Hay tanto que aprender de los demás, que al contarlo siempre nos quedaremos cortos, ya que sabemos la realidad siempre superará a la ficción.
La diversión al alcance de unas pocas cubiertas y variada como para satisfacer todos tus deseos: las piscinas, discotecas, boulevard con sus tiendas libres de impuestos y precios en dólares; el teatro, al cual por sus grandes dimensiones nos dimos por llamar el Teresita Carreño, con diferentes shows todas las noches y muy cerca la gran tentación: el casino con su mesa de ruleta, que les juro ya me llamaba por mi nombre, cuando pasaba cerca y a la cual siempre atendí con amoroso y prudente cuidado. No podía olvidarme que mi cupo de Cadivi estaba en las postrimerías y que su muerte súbita podía ocurrir en cualquier momento.
El 24 de diciembre merece párrafo aparte al comentar la bellisima misa de gallo, oficiada con el teatro lleno y los cantos de villancicos entonados en español, y acompañados por toda una orquesta. Un regalo que para nosotros fue inesperado: ver el fervor de casi todo el pasaje , en su más amplia mayoría latina, que se daba el abrazo de la paz y comulgaba, con el deseo sincero de que nuestros paises (México, Colombia Venezuela y Centroamérica) logren su bienestar.
Mis días de abandono ya terminaron, (al menos fuera del país). Ahora veo que la realidad está muy cerca: los propósitos malignos del gobierno se multiplican, el NO se nos viene encima y es urgente ponerse a trabajar. Sin embargo el recuerdo de estas vacaciones sólo hace que se me incentiven las ganas de seguir acumulando días de abandono… Por lo pronto ya me preparo para los venideros días de Carnaval.
A pesar de la rebaja a 2.500 $, te digo que NO te saldrás con la tuya y ésta que escribe se va… se va… a viajar.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La gran tranca.

Caracas nos tiene acostumbrados al tráfico diario. Es casi imposible que en un día normal de trabajo, en el cual tengamos que desplazarnos por la ciudad, no encontremos congestión en alguna de sus vías. Si no la hay en la autopista es para creer en los milagros. Pareciera que los vehículos se multiplicaran en determinadas horas y que todos, pero todos, tuvieran que ir al mismo sitio que nosotros.
El jueves 20, no fue la excepción, pero si tuvo un componente adicional que hizo que Caracas materialmente colapsara en todas sus arterias viales: ese día comenzó a llover desde muy temprano en la tarde.
Nunca imaginé que ese torrencial aguacero, parecido a muchos otros fuera a tener tan lamentables consecuencias, en especial para los habitantes del sureste, entre los que me cuento.
El hecho es que salí de mi oficina, muy cercana a la Plaza Venezuela, a las 6 y 30 p.m. y una hora después sólo había logrado avanzar dos cuadras hasta donde se encuentra el edificio Polar. Me encontraba literalmente atrapada y sin salida; rodeada de miles de conductores tan desesperados como yo y con el agua que no dejaba de caer con la misma fuerza de una catarata.
Como complemento del desastre se había formado una laguna en los alrededores de la fuente (ahora en interminable remodelación), que amenazaba con entrar dentro de mi carro.
La radio no me daba noticias de lo que estaba pasando debido a la consabida cadena presidencial, tan inoportuna como innecesaria. Así que el único contacto era a través del celular, desde el cual me llegó la casi orden de parte de una de mis hijas: devuélvete para tu oficina y quédate allí, que en la autopista Prados del Este hubo un derrumbe y no hay paso.
Tomar la decisión fue de inmediato, pero dar la vuelta subiendo por la Ave. Principal de Maripérez, junto a la Sinagoga; llegar al cruce con la Ave. Libertador, transitar tres cuadras y volver a entrar al estacionamiento de la oficina, ¡me tomó dos horas y media i.
Mi esposo, que venía desde La Guayra y ya llevaba tres horas de cola, atiende mi llamado y como estaba cercano a Plaza Venezuela, decide ir también hasta mi oficina. El plan estaba ya en camino: nos quedaríamos allí hasta que la ciudad retornara a la calma. Pero eso no sucedió (al menos esa noche).
Era hora de poner en marcha el plan B. Así que tras muchas llamadas telefónicas buscando posada, nos fuimos a un hotel cercano, en plena Avenida Libertador, de esos que llaman de paso, pero que a nosotros nos pareció el paraíso.
Una cama limpia, aire acondicionado y sin colas que sufrir, nos permitieron dormir hasta las 9 a.m. del día siguiente.
La gran tranca propicia e incentiva al reencuentro e intimidad y al descanso posterior. No caben dudas….

Dos bautizos y un nuevo reto.


En las últimas tres semanas he asistido a dos bautizos: Al del libro Indio desnudo de Antonio López Ortega y al de El Pasajero de Truman de Francisco Suniaga, ambos publicados por Random House Mondadori y como complemento además he emprendido un nuevo reto: Conectar a Caracas con la escritura literaria, a través de las enseñanzas del taller dictado por Armando Rojas Guardia.
Al bautizo del libro de relatos de López Ortega, efectuado en los predios del Centro Cultural Chacao el día 27 de octubre pasado, fui invitada por el propio autor; pero confieso sin ninguna pena que al del libro de Suniaga, celebrado el día 11 de noviembre, me coleé simple y llanamente en el patio del edificio Mene Grande, en los espacios de Econoinvest y para tal osadía ofrezco como única disculpa para ello, que venía de asistir a la segunda sesión de mi nuevo reto personal y como la presentación se estaba llevando a cabo con las palabras de Alberto Barrera Tyszka, no pude resistirme y me quedé asi a oírla, observar y brindar.
La introducción de la obra de Antonio López O. estuvo a cargo del mismo Barrera T, Milagros Socorro y de Inés Quintero. Un trío de altura que desde diferentes ángulos, además de ensalzar la obra bautizada y darnos su visión particular de ella desde una perspectiva de crítica literaria, anecdótica e histórica, nos invitaron a seguir siendo, como hasta ahora, unos asiduos lectores de lo que publica López Ortega, quien goza de virtudes suficientes para ser uno de los narradores más vendidos dentro de la narrativa venezolana.
Así que aquí están en mi biblioteca, ya formando parte de una fila en espera, dos excelentes libros que junto a los papeles de trabajo que nos ha facilitado Armando Rojas Guardia, llenarán mis momentos robados al trabajo y de seguro me darán el inmenso placer tanto de la lectura, como de transitar de nuevo por la aventura de la escritura.
Quede la foto que acompaña esta reseña como la muestra de que la alternabilidad profesional si se puede acompañar con amplias sonrisas. Allí el autor y mi hija, me hacen un marco de sabiduría y afecto que me enorgullece. Desde este espacio les deseo mucho éxito para los dos autores, y que sus obras les den muchas y merecidas satisfacciones