sábado, 25 de abril de 2009

Carta a mi abuelita

20 Febrero 2.009

Mi adorada abuelita.

El mes pasado antes de llevarte al asilo, (o como el tío Nerio le dice para soslayar su culpa: el hogar de reposo), no pude sino observarte cuando ya de salida , con tu cara conmovida, diste una agónica y última mirada, un poco a cada una de las cosas de tu alrededor. Creo que querías llevarte para acompañar a tu soledad sin esperanzas, y antes de que se te desbordara el olvido, todos los recuerdos que allí dejabas. Sé que no te fue posible.
Hoy volví a la que fue tu casa por cuarenta años para archivar en mi memoria, con obstinación de lluvia mañanera, todas las evocaciones que tú no pudiste retener.
Fui a arrancarle tus charlas al sofá de cuero donde recibías a las amigas, para hacer un gran collar y engarzar una a una esas conversaciones en tu ausente memoria; con la esperanza de que a fuerza de revivirlas contigo vuelvan a pintar tu lucidez.
A recoger todos los olores que dejaste esparcidos; los de tus guisos en la cocina; el de las flores que cuidabas en tu jardín; los de las lociones y perfumes que guardabas en tu baño, para regarlos en tu nueva casa, y que ellos oculten los desiguales aromas de botica, antisépticos y alcanfor.
A grabar un CD con todo lo que te era familiar: los trinos de los pájaros cuando al atardecer regresan a sus nidos en los árboles del fondo del patio; el alboroto de tus gallinas en el corral o los maullidos de tu gata Bratislava; el sonido tan particular que tenía el timbre de tu puerta y sobre todo ese ulular del viento cuando mecía los chaguaramos de la entrada, para que los puedas oír como fondo de nuestras conversaciones. Aunque me temo abuelita que al visitarte las palabras serán sólo mías, porqué tú muchas veces no sabrás ni siquiera quien soy yo.
Abuela te cuento que me sorprendí al entrar a tu casa, desconocía que todavía quedaban tantas pertenencias tuyas allí. Creí que después del saqueo que de ellas hicieron mis tíos y primos, sería bien poco lo que quedaba de valor. Pero me equivoqué. Allí estaban en el piso, echadas a un lado como basura “tus queridas cosas”, las que tú amontonabas con celo en la gaveta de tu peinadora, o en aquella enorme caja que casi no cabía en la parte de arriba de tu closet y que muchas veces, con la complicidad que siempre existió entre nosotras, me dejaste ver y hurgar en ellas.
Encontré muchas fotos, la mayoría en blanco y negro. Supongo que ya no te acordarás de las que te tomaron en el barco que te llevó por primera vez a Europa y en el cual conociste al que fue tu misterioso amante. Nunca me quisiste revelar su nombre, pero si me enseñaste sus fotos: era igualito a tu actor preferido Clark Gable. Las vi una y otra vez. Me maravillé con aquella en que lucías feliz con un gran sombrero blanco, sonriéndole al mundo, brillantes tus ojos verdes. ¡Cómo envidié tu figura tan esbelta! Nadie diría que para esa época eras una viuda con cuatro hijos y sólo tenías 35 años. ¡Si parecías una modelo!; con tu Chanel a media pierna o con aquel vestido vaporoso al que el viento levantaba la falda. ¡Que hermosa y distinguida te veías abuela!
Te juro Mamá Carmen, viejita querida, que lo que más pena me dio fue comprobar como tampoco ninguno de los que estuvieron antes que yo en la casa, se quiso llevar tu enorme pintura al óleo donde apareces de cuerpo entero, trajeada de largo, con airoso cuello y serena mirada y aquel peinado en alto de tu melena rubia. Sé que tu belleza hoy haría palidecer a cualquier Miss Venezuela.
Igual de abandonados en el suelo estaban todos tus abanicos, junto a las cientos de cartas y tarjetas recibidas, las que tú guardaste por años con tanto apego.
Estuve largo rato buscando aquellas cartas que recordaba estaban atadas con una cinta verde. Esas que te escribió tu primer novio, el que me contaste que después se convirtió en un famoso escritor y las que estoy segura tú habías respondido con todas las frases bellas que salían de tu corazón enamorado. No las encontré. Espero que fueras tú quien las haya destruido cuando supiste que perdías la batalla y que tu memoria se destejía, se dispersaba hacia el ocaso e iba a quedarse confundida en cualquier rincón de tu casa; sin que pudieras hacer nada para impedirlo. No puedo ni imaginarme siquiera si la chismosa de mi prima Rebecca, las llegó a descubrir. No creo que así fuera, ya que con lo ambiciosa que es, las hubiera subastado en Internet.
Abuela querida te prometo que ahora voy a adentrarme en mis recuerdos, para poder dibujarte con mis palabras todos los que tengo de ti, y así los repasemos al igual que las lecciones de catecismo que tú me dabas. Que te contaré una y mil veces las mismas historias que tú me narrabas; hasta que llegue un momento en que, al igual como yo hacía cuando era niña, seas tú quien continúe con el cuento o adivines su final.
Me las arreglaré para pintar tu nueva habitación con el color rosa que tenías en la tuya y quitarle así ese blanco hospital que siempre te deprimió. Pondré en la ventana la misma cortina de volantes que tú habías hecho, así al correrla en la mañana para que entre el sol, creerás que estás todavía en tu casa de tantos años.
Me aseguraré también de que te puedas arropar con tu colcha de flores y de que no te falte tu viejo mecedor, el mismo donde leías las poesías de José Ángel Buesa y arrullabas a los nietos.
Abuela: No sé por cuánto tiempo más andarás a tientas por tu camino de sombras, sin que las raíces de los recuerdos se desprendan para siempre. Cuántas lagunas irán llenando, hasta dejarla transparente como cristales de hielo, el universo de tu memoria. Quiero que sepas que cuando llegue el día en que ya ni tu nombre puedas recordar; en que tu mirada vague por un infinito que no puedas atrapar; yo estaré cerca para tomarte de la mano y esperar que seas tú quien con suavidad, casi sin rozarme, limpie de mi cara como tantas veces lo hiciste, esas lagrimas que hoy no puedo evitar.
Te quiere tu nieta consentida.
Ileana



(Con esta carta concursé para Cartas de amor de Mont Blanc 2.009. No hubo suerte, pero insistiré el próximo año.)

jueves, 23 de abril de 2009

¿Qué es arte?

En mi reciente visita a una serie de exposiciones que se presentaban en un mismo sitio, esta pregunta se me quedó sin una respuesta lógica y racional.
Allí había tantas manifestaciones diferentes que no me encontraba muy segura de si lo que veía era arte, tal como yo lo entendía u otra cosa: a lo sumo una serie de apreciaciones personales de varios expositores que no me atrevo a definir bajo ningún rubro. Es así como un objeto simple tal cual es una puerta, hecha para una función específica: servir de entrada y salida de un espacio a otro, sólo por estar expuesta en una sala destinada a presentar arte, merecía ser considerada como una obra artística.
La puerta en cuestión,( en la foto) estaba cerrada, pintada de verde y adosada a una pared de ladrillos, lucía inmensamente solitaria y desnuda en medio de la sala. Sin nada que nos indicara en su composición cual era realmente la intención del artista; eso nos hizo pensar que no había ninguna intención específica. A lo sumo burlarse un poco del visitante.
En otra sala, fotografías de gran formato, nos presentaban dentro de un entorno urbano, a diferentes personajes callejeros, transeúntes sin ninguna pose, con sus rostros cubiertos con máscaras de animales. Un conejo, una tigresa, (vestía una falda y así lo deduje), un cerdo, un mono. Atrás de cada uno, edificios, calles, algunas vacías y otras con la estampa de un día y horas cualquiera. Ninguna de ellas me hizo pensar en la belleza o en el mensaje artístico.
Más allá una serie de partes del cuerpo humano, huesos, un dedo, una calavera,; todos ellos recubiertos de acrílico y con un color verde, colocados sobre bases blancas como pequeñas mesas de disección, nos dieron la sensación de haber entrado a una fábrica de esqueletos para fines de estudio. Pero ¿arte? Para mi gusto muy lejos de ello.
Si traslado algunas de las acepciones dentro de la definición que nos da el diccionario de lo que es arte como “cualquier actividad creativa del ser humano que consiste en transformar y combinar materiales, imágenes, sonidos, etc., para transmitir o una idea o un sentimiento y producir un efecto estético”, se puede pensar que sí, efectivamente, hasta una lata que se abolle en algún sitio, (se transformó por la intención de un humano) es arte.
En cuanto al arte en la escritura una sucesión de palabras colocadas sin ninguna armonía, orden y significado, serían ¿arte? Algo así sería muy fácil para quien pretende escribir.
Aquí pongo una muestra :
Atención, esperanto, logro, material, increíble, escupido, alemán, estiércol, lechuza, sigue, pantano, álamo, todo ¿para qué?, espero, colores, ciegos. Si sigo así voy directo a la obtención de un reconocimiento, ( el de loca o infame escritora), pero de premios ...nada.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Sin memoria de elefante


Por los últimos años de la década de los 40 y los recién llegados 50, la construcción surgía de una forma acelerada en lo que se llama el eje mismo, la columna vertebral: el centro de la ciudad. Caracas, la ciudad sin memoria estaba siendo herida, mutilada, en aras del progreso. Un enorme hoyo, como si un meteorito hubiese caído, nos anunciaba que allí era el sitio destinado para las Torres gemelas del futuro Centro Simón Bolívar.
Todo un acontecimiento que atraía la atención de paseantes, ver como eran sacadas de las mismas entrañas cientos y miles de toneladas de tierra por una decena de excavadoras, alineadas como ejércitos invasores que quisieran con los golpes de una gran bola de acero, arrancarle a la fuerza su secreto a la ciudad.
Así fueron cayendo manzanas enteras de casas; perdieron su forma las calles por las cuales pasaba el tranvía, las que albergaron alguna vez a los carros de frutas tirados por caballos, o aquellas que fueron testigos de los paseos de las damas, cuando iban a la Iglesia cubiertas con sus velos de encaje. Con metódica determinación fueron desapareciendo las ventanas con sus poyos, las mismas que acogieron alguna vez a las muchachas en la espera del enamorado.
Mientras las construcciones avanzaban, la ciudad seguía con su acelerado ritmo, de prisa, sin tomar en cuenta que la vida que dejaba atrás se hundía entre el concreto y hormigón. Estaba por desaparecer esa dulce y apacible existencia que se hacía dentro de las casas con sus patios internos llenos de fuentes y árboles, donde cada vecino mantenía la puerta abierta al amigo, que por costumbre, lo visitaba para compartir un café al atardecer. El progreso se imponía. Nada podía detenerlo.

En la esquina de Traposos, a mitad de la cuadra que sigue hacia Colón, ubicada en la planta alta de un pequeño edificio, la academia de ballet de la Nena Coronil se llenaba del polvo de la soberbia edificación vecina. Con no poco esfuerzo y las notas del piano como guía, las niñas y los jóvenes bailarines respiraban acompasados al ritmo de los ejercicios. Parecían una estampa ajena al trepidante mundo que se abría fuera del piso de madera; crujiente bajo los pasos o al recibir la caricia de una punta de pie, que fija en el minúsculo espacio ocupado, desafiaba a la gravedad lo suficiente para sostener con armonía una pierna elevada.
Sin embargo, cuando se acercaban las seis y media de la tarde, ese equilibrio controlado que los hacía danzar como mariposas al toque de la luz; parecía encontrar un acelerador impuesto desde afuera de forma involuntaria, que se extendía como ola sísmica por toda la ciudad y que también los alcanzaba a ellos.
Próximo a esa hora, la gente trataba de apurar el paso para estar cerca de su casa; que no los agarrasen fuera del ámbito de las ondas hertzianas o sin la compañía de un radio. Todavía la televisión no se había hecho la reina del hogar y había que darse prisa para poder escuchar la emisión diaria de la novela de moda, que para aquella época se transmitía en su primera versión radial: “El derecho de Nacer”, del escritor, músico y compositor cubano Félix B. Caignet.
Las desventuras de María Elena del Junco, quien para salvar a su hijo de una muerte segura, confió su crianza en la fiel Mamá Dolores. La historia de los orígenes de Albertico Limonta, fruto de una relación prohibida y pecaminosa, (por haber sido concebido fuera del matrimonio), paralizaba durante media hora todos los días a la ciudad herida, al país entero y ponía el bálsamo de la ilusión en cada radio escucha.
Nadie quería perderse ni un solo capítulo de los infortunios del hijo bastardo, criado por una negra y que después terminó cuidando a su verdadero abuelo: el terrible Don Rafael del Junco, quien había quedado mudo y paralítico victima de un derrame cerebral, después de saber la noticia de que su médico de confianza era el nieto que él había ordenado matar años atrás.
Todos los visos de un verdadero culebrón, pero que significaron el mayor evento radiofónico de aquellos tiempos. Un fenómeno comunicacional que con gran sorpresa, alcanzó total audiencia nacional. En todo el país se formaban cadenas solidarias alrededor de cualquier radio; los negocios permitían y entre ellos la Zapatería Colón, (ubicada en la planta baja de la escuela de ballet), incluso que la gente entrase nada más a escuchar la novela, hasta que la transmisión diaria se terminara. Los medios de trasporte colectivo subían aún más el volumen de sus radios, para que nadie desde el primero hasta el último asiento, se quedara sin disfrutar el melodrama.
Hasta el afamado Billo Frometa compuso una canción sobre .el tema del habla o no del abuelo del Junco. Que si Don Rafael habló, que lo hará esta noche. Así, con el interés siempre en su punto más alto, se llevó la historia hasta el feliz desenlace, durante 314 capítulos, cinco veces a la semana.
Ahora todo parece lejano, la memoria de elefante del citadino no existe, está envuelta en la niebla; habita en la selva de concreto tal como un dinosaurio prehistórico lo hace en un museo y nadie menciona esos eventos asociados con nuestra cada día más cambiante y olvidadiza capital.
De todo lo que el progreso se llevó (Colegio Chávez, Hotel Majestic, parte de la fachada lateral de la Iglesia de Santa Capilla, y más recientemente el Edificio Galipan), sólo quedan viejas fotos archivadas en quien sabe qué lugar y que al sacarlas a la luz, sólo sirven para acordarnos que con cada parte que se ha echado por tierra en nuestra ciudad; la memoria colectiva se ha hecho menos sensible, le ha dado menos jerarquía a la historia de la urbe, o a nuestras joyas arquitectónicas. A fin de cuentas las pocas que quedan, ahora son fantasmas pintados con spray y consignas políticas.

domingo, 15 de marzo de 2009

De mi diario de viajes



Bogotá.

26 de febrero 2.009: Cumpleaños de Gustavo.

Por recomendación de una amiga lo celebramos en el restaurante Gaira. Sus dueños son los Hermanos Carlos y Guillermo Vives. La reservación (imprescindible) estaba pautada para las 8 pm. y además con la advertencia de que sólo la guardarían por 15 minutos después de la hora. Tanta exigencia estuvo completamente justificada, porque la cola para entrar al sitio, aunada a la vigilancia y revisión que se hizo de todos los que puntualmente esperamos que se cumpliera con el chequeo, tal cual como si fuéramos a entrar a un aeropuerto del Norte o a la bóveda de un Banco, nos dio la idea de que adentro debía de estar lleno.
Gaira está ubicado (Calle 96 13-16), dentro de una casa quinta de dos plantas, perfectamente acondicionada para cumplir como restaurante y como sitio de shows. Teníamos la secreta esperanza de que Carlos Vives, el estupendo canta autor y dueño no sólo de la simpatía del costeño, sino de una de las voces más representativas de la música autóctona colombiana estuviera ese día allí y cantara. No era fácil que eso sucediera, ya que cuando no está de gira, vive en Santa Marta. Pero para beneplácito nuestro y en especial del cumpleañero, que festejaría sus recién adquiridos 63 oyendo la música de su tierra, el hombre de la sonrisa abierta, estaba en Bogotá y cantó (para nuestro deleite) por más de 40 minutos, acompañado de toda la banda, acordeones e instrumentos respectivos que hacen que el ritmo se contagie hasta para los paralíticos.
Así que nos dieron las 3 de la madrugada acompañados de los sones de las cumbias y vallenatos, del resto del show, (del cual también forma parte su hermano Guille) y por supuesto todo esto escanciado con un buen vino y excelente comida.
A nuestra salida del sitio una pertinaz lluvia y la temperatura que había descendido hasta límites para nosotros extraños, nos recordó que Bogotá está tan distante de Caracas, como lo está la amabilidad de sus citadinos, que por aquellas tierras no parecen olvidarla cuando se trata de atender al visitante.


1 de marzo de 2.009
Santa Marta: Quinta San Pedro Alejandrino.

Desde pequeños escuchamos o leemos sobre nuestra historia patria y se nos enseña que Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, en la quinta de San Pedro Alejandrino. Mi última visita a ese sitio fue casi hace 30 años y quise con esta nueva hacer un balance y comprobar que tanto mi memoria había guardado en todo este tiempo. Confieso que sólo eran como flash.
La Quinta, antigua hacienda de caña para el tiempo en que el Libertador pasó sus últimos días allí, estaba bastante alejada de la ciudad. Hoy en día el progreso llega hasta sus mismas puertas cerradas con rejas de hierro pintadas de verde y colindante sus muros con otras edificaciones y vías pavimentadas, incluyendo uno de los centros comerciales más grandes (Buena Vista).
A la entrada se nos asigna un guía. Éstos son jóvenes estudiantes que deben de cumplir con cierto número de horas (350) de trabajo voluntario para completar su tesis y poder optar al titulo de Bachiller. Nuestro guía Juan Carlos Jaraba, con una autoridad digna de un miliciano arrepentido, llevaba acumuladas 150 horas y se sabía bien la lección, o al menos el caletre lo tenía bajo control.
Bajo la conducción de Juan Carlos y sin dejar de prestarle atención a sus recomendaciones: no toquen, por allá no se pasa, no se dispersen, hicimos el recorrido por los cuidados jardines con el centenario árbol donde se dice le colgaban la hamaca al ya moribundo héroe; la casa en sí, con la habitación que conserva la cama donde murió Bolívar, la tina que le servía de bañera, el comedor con parte de la vajilla de la hacienda; la alcoba del fiel mayordomo Palacios que lo acompañó hasta el final. Todo luce arreglado y los objetos allí expuestos se les guarda con respeto y admiración.
Se respira paz en todos los ambientes; en el largo camino sembrado de árboles hacía al mausoleo que se erigió en homenaje al centenario de la repatriación de los restos hacia Venezuela; dentro del monumento con una enorme escultura que nos representa la cara de Bolívar que vista desde diferentes puntos, nos muestran al ambicioso de libertades, al pensador y al hombre vencido en sus últimos días.
Una visita que me puso en contacto con mi venezolanidad y me dio esperanzas para no desmayar en la lucha por mantener la libertad en nuestro país; sobre todo cuando leí la placa en mármol que está a la entrada y que tiene grabadas las palabras de la última proclama del Libertador y su aleccionadora frase final:
Colombianos, si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión: yo bajaré tranquilo al sepulcro.
De verdad que al leerlas sentí como si un bloque de hielo se deslizara por mi espalda.

sábado, 14 de marzo de 2009

Por favor, sea breve que no tengo mucho tiempo para leer

El sombrero

Sir John Pigeon caminó cerca de cinco cuadras con la rara sensación de que la gente lo miraba con asombro. Si bien su atuendo no era el normal de un día de trabajo, tampoco es que estuviera mal vestido o fuera de moda. La asistencia a una boda de la realeza ameritaba que vistiera con esa elegancia que ahora lucía.
Al doblar en la esquina cercana a la Catedral Mayor, se vio reflejado en la vitrina de una tienda y con toda parsimonia se quitó su sombrero de alta copa, lo sacudió y un pichón recién nacido cayó al suelo. Siguió su camino con el mismo paso aprendido en el ejército inglés.
Varias cuadras atrás una mamá buscaba con dolor a su polluelo.

La muerte de la suegra

Ella llegó puntualmente a las 5p.m. Nadie la esperaba, ni había sido invitada, sin embargo mi madre la dejó pasar; creo que sin sentirse sorprendida, y tal vez con algo de alivio también.
Entre lágrimas y condolencias sólo yo pude ver la media sonrisa que esbozó mamá cuando cerraron la tapa del ataúd de la abuela. La puntualidad con que la muerte vino a nuestra casa sólo fue explicada como “infarto al miocardio”, pero yo se que fue mamá quien le abrió la puerta.


El monstruo del río.

Melecia iba todos los días a lavar la ropa en las tranquilas aguas del río. Llevaba con ella a su pequeña Clara de cinco años; la sentaba lejos de la orilla sobre un montículo de ramas secas, y le cubría su cabeza con un sombrero muy grande, que casi llegaba a taparle los ojos color guarapo y se iba a trabajar.
La niña pasaba las horas callada mientras jugaba con las piedras blancas que encontraba e iba poniendo en pequeños montones a su lado, hasta hacer una gran cruz.
Cuando horas más tarde encontraron a Clara sola al lado de Melecia que yacía muerta, ella les dijo que del río había salido un monstruo vestido de negro, que tenía en la espalda una caja plateada de la cual salían muchos tubos, con una máscara de ojos transparentes y que con sus pies grandes y sin dedos ensuciaba la ropa que ya estaba lavada.
Nunca se supo quien mató a Melecia, ni tampoco porqué después del hecho Clara se quedó callada para siempre.


Otra

Morell rezaba junto a la lápida de la esposa muerta hacía tres años. Allí había escrito: Te amaré por siempre.
Observaba como cada domingo una joven ponía flores en una tumba ubicada a escasos metros y luego se iba en dirección contraria a dónde estaba él.
Hoy fue diferente. La joven terminó su labor, dio media vuelta y se dirigió hacia él con pequeños saltos, cuidando de no pisar los túmulos de grama que demarcaban las sepulturas. Cuando lo tuvo al frente le miró directo a la cara y le dijo:
— Ya es hora de que busques a otra.
Luego le tomó de la mano y con un suspiro volvió su cara hacía dónde había venido y exclamó:
—Adiós mi rey. Viva el rey.
Morell la siguió complacido.


El único deseo

—¿ Qué es lo quieres? preguntó el arrogante marido.
— No se lo que quiero- dijo ella- pero enseguida continuó —Lo único que si sé es lo que no quiero y triunfalmente agregó— que es estar casada contigo.
Y la guerra comenzó.


Amor y odio
Como amo aquella caja de chocolates, cada uno con un relleno distinto.
Como odio cada uno de los kilos que aumenté cada uno en un sitio diferente.



viernes, 13 de marzo de 2009

Mentiras y verdades...



El castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad.
Aristóteles


Hay mentiras que son más generosas que las verdades. Así cuando nos encontramos con una amiga que parece salida desde el fondo de un depósito de cadáveres y le decimos un piropo con el ánimo de levantarle la moral, o si al pasar por una esquina vemos en una vitrina exhibido un traje que cuesta lo que no podemos pagar y nos decimos a nosotras mismas: es horrible, jamás me pondría algo como eso, o si nos han invitado a cenar y la comida ha estado francamente mala y por no ofender a nuestro anfitrión hasta se la alabamos. En todas ellas está presente una grandiosidad que nos impresiona.
A veces es necesario mentir para salir adelante sin buscarnos enemigos gratuitos. Total son mentiras que no hacen daño y muy por el contrario nos facilitan la vida, nos dejan espacio para que la amargura no nos salpique y tome otro camino.
Por otra parte mentir es delicioso cuando al hacerlo avivamos nuestra imaginación, adornamos las cosas feas y les damos con ello una pincelada o una veta de dulzura, que si bien no le da una belleza plena, al menos le disimula la crueldad.
Un buen escritor es siempre un gran mentiroso. Se atribuye como propias experiencias ajenas, narrativas diversas, situaciones inverosímiles que las hace creíbles; y a través de los personajes que crea y ficciona vive con intensidad esa fantasía, esa gran mentira que es y son los cuentos, las novelas y hasta las simples anécdotas.
Parte de la habilidad para conservar las buenas amistades está en saber mentir o en disfrazar la verdad en el momento oportuno. En ser tolerantes con las ideas ajenas y ¿por qué no? en mentir un poco en el hecho de que creemos en lo mismo que nuestro interlocutor, siempre que tal creencia no vaya en contra de nuestros principios más arraigados: esos por los cuales damos hasta la sangre.
Ayer fue un día especial al poder asistir al ensayo general de la pieza teatral ART, basada en la obra de la francesa Yasmina Reza y montada por el Grupo actoral 8O. (Vale aquí la confesión de que hasta me coleé haciendo valer la condición de tercera edad).
La obra teatral próxima a ponerse en escena en los espacios de Corp Group trata un poco de esto: de saber mentir o disimular la gran verdad y de ser tolerantes en bien de la amistad.
En casi una hora y cuarenta y cinco minutos vemos como una amistad de más de veinte años se ve seriamente amenazada cuando Marco, uno de los protagonistas, personificado por el actor Iván Tamayo decide expresarle a su amigo Sergio, (Héctor Rodríguez Manrique), que el cuadro por el cual ha pagado 50 mil dólares es estrictamente hablando, sin censura previa: una mierda. Hay que aclarar que la tal “obra de arte”, es un cuadro absolutamente blanco, sobre un fondo ídem y que por lo tanto se ve totalmente blanco.
Tal afirmación, (es una mierda) hecha sin lugar a dudas, desencadena una serie de equívocos, males entendidos y reconcomios que hacen peligrar la amistad de los dos amigos. La situación se empeora además, cuando cada uno de ellos busca el apoyo en un tercer amigo común: Iván, (Basilio Álvarez), de carácter pusilánime y quien jamás ha tenido una opinión propia o tomado una decisión digna de ser aplaudida.
Esta tragicomedia nos lleva en muchos momentos a la reflexión sobre temas delicados como si la sinceridad y la honestidad al decir nuestras opiniones no están en razón inversa a mantener la paz y la cordura en las relaciones humanas.
Con un montaje muy limpio bajo la dirección del propio Héctor Manrique, y una magnifica actuación de los tres protagonistas, es altamente recomendable y como corolario final para ir por la vida sin mayores tropiezos: mientan, siempre que puedan, eso sí, sin qué con ello se dañen las estructuras, ni se pierdan los valores. No vayan por eso a llegar a los extremos de algunos políticos, que han hecho del verbo mentir un plan diario que hace que cada una de las mentiras tenga que socorrerse en otra más, hasta tiempo indefinidos…
( En la foto de Williams Marrero: Basilio Álvarez, Héctor Manrique e Iván Tamayo)

lunes, 9 de marzo de 2009

Encuentro en Barranquilla

Desde hace casi tres meses Gustavo se propuso utilizar esa herramienta de unión de gente a través de Internet y se dedicó a buscar a su media hermana Ligia, cuyo paradero desconocía y más aún ignoraba si todavía estaba viva.
Varios fueron los intentos para ello: buscó la guía telefónica de la ciudad del último domicilio conocido, llamó a operadoras telefónicas desde Caracas, pero todas resultaron fallidas. Gustavo estaba por rendirse cuando se le ocurrió escribir al Presidente del Colegio de Arquitectos de la zona del Atlántico. Sabía que uno de los hijos de Ligia, de nombre Rafael era Arquitecto. Para su sorpresa recibió inmediata respuesta, que le indicaba una dirección de correo electrónico.
El contacto estaba hecho. El hijo respondió, se cruzaron correos, noticias, fotos, números telefónicos y fue como tejer de nuevo un hilo que en algún momento, porque las migas de pan fueron comidas por los caprichos de la vida, se había perdido.
La alegría se turbó al saber que Ligia estaba enferma, pero la esperanza de que pronto la podría ver después de 25 años, ya que estaba proyectado un inmediato viaje a Colombia, hizo que Gustavo reuniera a su vez fotos y movilizara a la familia que permanece en Venezuela, tal como si fuera una estrella Polar que guiara al navegante, para llegar a puerto seguro.
El viaje a Colombia empezaría el día 22 de febrero por Bogotá, de allí a Santa Marta y la cita programada para el reencuentro sería en Barranquilla el día 1 de marzo. Un buen comienzo de mes.
Con todo listo para el viaje: pasajes de aviones comprados, hoteles reservados y dólares de Cadivi en el bolsillo, la fatalidad jugó una mala carta. El día 18 se recibió la noticia del fallecimiento de Ligia. No se pudo completar el arco iris hasta llegar al reencuentro con la hermana.
Sin embargo, la cita en Barranquilla se hizo con el resto de la familia. Gustavo se vio con las dos hijas, el viudo y el otro hijo, su colega Arquitecto.
Fue muy hermoso y emotivo reconocerse. Se compartió en un almuerzo, en la visita a la casa de Ligia; allí donde vivía, donde dejó sus recuerdos y donde todavía se sentía su presencia. Gustavo espera que éste marque la continuación para otros muchos ratos juntos.
La familia es lo más preciado y eso se demostró una vez más, cuando después de tantos años, sin siquiera tener noticias los unos de los otros; los abrazos, besos, buenos recuerdos, anécdotas pasadas y la confianza, se desbordaron, como si sólo fuera ayer cuando se habían visto y no hace tantos años atrás.
Agradecido por el afecto que te da el saberse de la misma sangre, ese cariño que a pesar de la distancia se regó con los valores inculcados por los padres y que no necesitó del trato diario para permanecer como llama votiva.
¡Bravo por Gustavo que dio el primer paso ¡ ¡Que bueno que Internet de veras une a la gente¡