viernes, 23 de octubre de 2009

Buenos días tristeza




Buenos días, tristeza (fragmento)


" Dudo en llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimiento desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada. Es un sentimiento tan completo y egoísta que me llega a dar vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido siempre honrosa. Conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, y que me separa de los demás”.

En 1954 una joven que se hacia llamar Francoise Sagan, aunque su verdadero apellido era Quoirez, publicaba Bonjour tristesse, una novela destinada a marcar época, tal como lo fue el movimiento cinematográfico que también recién comenzaba y que dio por llamarse la nouvelle vague (nueva ola).
Este titulo me vino, como un flash, a la memoria y al releer las primeras frases del libro, las cuales copio al inicio, a mí también me invadió un sentimiento que no supe describir, cuando lo asocié a las circunstancias y hechos que están pasando en nuestro país.
La semana pasada fue de despedidas, algunas de ellas definitivas. Un amigo fue asesinado sin motivo a sangre fría. No sólo me asaltó la tristeza por la pérdida de un hombre estimado, valioso y lo que ello significa para una familia que queda destruida. Es la certeza de que el hecho no pasará de ser un número más en el índice de crímenes violentos que quedan sin resolver y por ende sin que se haga justicia. Como tampoco la habrá para el hijo de la señora que me ayuda en mis labores de la casa y que fue muerto por presuntos policías a la puerta de su rancho; ciento cincuenta escaleras arriba del barrio La Charneca. Estaba en el lugar y hora equivocados o como piensan algunos era su destino, para llamar de alguna manera lo que no podemos o nos sentimos incapaces de cambiar.
La misma semana unos amigos con los cuales había compartido años de amistad, decidieron probar suerte afuera y cual Hernán Cortes, pero de manera inversa, quemaros las naves para no regresar y la razón más convincente fue: “Este no es el país que queremos para educar a nuestros hijos y nietos”. De ahora en adelante la comunicación con ellos será, quizás, sólo virtual o también los habré perdido.
La ilusión de tomar unos días de descanso aprovechando el feriado del lunes, se quedó congelada, como en una fotografía, después de que me llegaron las noticias de que los paseantes hacia las playas, estaban atrapados en una cola que parecía no tener fin. Desistí del viaje para poder disfrutar del racionamiento de agua obligado que me ha tocado en estos días.
Esta sucesión de hechos me dieron una visión panorámica de que a mi alrededor mi mundo se desmorona paso a paso y mi cabeza dando vueltas, sintiendo que un sentimiento extraño, mezcla de muchos me ha tomado y hecho su presa.
Es de desolación cuando paso a diario por el liceo cercano a mi casa y el muro que se derrumbó hace más de cuatro meses aún está parte en el suelo y parte recostado de un árbol, a quien tiene prisionero, como pretenden tener a la educación que se imparte cercana a él.
Es de rabia cuando por el tubo roto en la calle, la desidia hace que se pierda el agua potable desde hace dos semanas, mientras una urbanización completa sufre de racionamiento y por otra parte un poco más lejos hay un vecino inconsciente que lava su carro a manguera abierta.
Es de dolor que viene desde muy adentro cuando quien tiene el poder en sus manos sigue mintiendo y todavía hay quien le cree o quien piensa que lo está haciendo bien, y que lo que está mal, es porque no le llega sus manos. El Supremo no lo sabe.
¿Cómo llamar entonces a esta amalgama de sensaciones que me enfrentan a diario con la espantosa realidad?
No se darle un nombre cierto, pero lo termino asociando de igual manera al titulo de la novela de Adriano González León: País portátil.
Estamos perdiendo al país, a nuestra gente, a sus jóvenes talentos que huyen en busca del futuro, de reconocimientos que se basen sólo en sus habilidades y no en el color rojo de una servil camisa, que los transforman en testigos mudos de la destrucción. Estamos jugando al azar, con las cartas a favor, pero con un jugador tramposo, improvisado, disperso, que confisca nuestros ases y nunca nos dejará ganar.
Nos adentramos desde hace diez años en un túnel del que parece no hay escapatoria. Cada día, al igual que en la novela de González León, deseamos refundar al país, que deje de ser una balsa moviéndose al influjo de la corriente. Que se asiente, que eche pa`lante, que llegue al primer mundo. Pero las maletas siempre se extravían, se quedan perdidas en las sombras, en las manos de los truhanes.
No es fácil llegar. Para salir de este estado tenemos que de forma obligada buscar el contraste, mirar hacia la luz. Dejarnos bañar por las pocas cosas buenas que nos animan a no decaer. Volver la mirada hacia esa juventud que si acepta los retos y no teme batallar con las únicas armas del ayuno forzoso y las manos pintadas de blanco. Habrá que construir partiendo de nuestros laberintos y miedos.
Nombrar a este sentimiento o mezcla de ellos, con la palabra tristeza no es suficiente; no abarca siquiera esta impresión de pesimismo, de insatisfacción, de ganas de llorar, de tener la certeza que la ineficiencia e incapacidad para hallar soluciones está muy lejana.
Sin embargo, mientras no encuentre una mejor y mi país deje de ser portátil, tendré que usar todos los días la única que tengo, como frase de bienvenida a cada amanecer: Buenos días, tristeza.
Para romper el maleficio de esas palabras aquí escritas, de alguna manera deberé yo también entrar en la contienda; animar a que otros se sumen. Juntar miles de gotas para hacer un río libertario que se meta por las hendiduras de todos los desastres y desborde como savia renovadora, para que podamos escribir un nuevo destino y las palabras tristes queden holladas o se las lleve el viento.
Sólo así se podrá trocar la tristeza en alegría, la desolación en esperanza y ya podremos prescindir de buscar una nueva palabra.

(Foto de desidias.wordpress.com)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Encuentro con el autor de Indio desnudo


Antonieta Madrid, Antonio López Ortega, Ileana Hernández, Iris Verastegui y Krina Ber


El paralelismo...escribir en dos tiempos...


Una tarde para el recuerdo.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Indio desnudo



En otra oportunidad ya había tenido el placer de compartir con los integrantes del grupo Visión una tarde de lectura. El pasado jueves 24 la cita tenía un invitado por mi conocido y por ello admirado: el escritor Antonio López Ortega.
La tarde prometía ser interesante y amena, ya que se hablaría sobre su último libro, con un titulo tan sugestivo como es el de Indio desnudo, que nos acercaba con curiosidad a desvelar su significado.
Con las palabras de inicio de la también escritora Antonieta Madrid nos fuimos adentrando en descubrir la esencia y origen de cada uno de los quince relatos que conforman las 292 páginas, llenas de una narrativa que va desde adentro, desde la memoria, pero impregnarla con una ficción que a veces nos resulta difícil descubrir cuanto de verdad o realidad hay en ella. De la mano del autor, como en un juego de imaginación nos vemos caminando por París en El otro seno o en Verano Asesino ; no dejamos de soñar con Granada y su Alhambra y sorprendernos con el inesperado final de Inmaculada; nos recrearnos en el paisaje de un Choroní que permanece atado a los recuerdos a través de la seducción del cuento Con la copa en los labios y a sufrir con lo que presentimos pasará en Ahogo; a vivir la tragedia de Vargas con los deslaves del año 99 en La pulsera y en la angustiante espera en el camino por el gruero que no llega y la subsecuente lluvia torrencial que nos descubren al árbol que le da título al libro : Indio desnudo.
La extensa obra publicada de López Ortega es el aval que sostiene esta narrativa que se inventa desde la palabra con sentimiento, con una poesía que nos cautiva y nos incita a seguir leyendo cada uno de los relatos. Con ese sabor localista que se va perdiendo, pero que el autor le imprime a sus ficciones para que de esa manera siempre queden testimonios.
Escuchar del propio autor como fue tejiendo Conquista de Marte, desde un paralelismo y por causa de un obligatorio encierro, nos hace pensar que la creación está unida como una sola, entre las historias y las imágenes que guardamos aferradas a la memoria, como bien citó en palabras del poeta Juan Sánchez López:
“A fondo memoria mía, para que no extravíes en la estación final ni un átomo en las cuantas de la angustiosa cosecha.”
Con seguridad, Antonio López Ortega siguió con paso firme cada una de las huellas de su memoria y extrajo de allí una bella cosecha.
La presencia en esa tarde de lectura de Krina Ber y el propio anfitrión Heberto Camero, completó el cuarteto de escritores, junto a la presentadora, para que de verdad fuera una tarde gratificante, de esas que queremos se repitan a menudo. Que así sea.
( En la foto Heberto Camero, Antonieta Madrid, Antonio López Ortega y Krina Ber.)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Súplica oída


El día para el cabo Celenio Urdaneta había comenzado cuando aún el sol no despuntaba. Para ascender y poder formar parte del nuevo cuerpo élite de la Policía Nacional tenía que cumplir un agotador entrenamiento que duraría seis meses. Apenas estaba en la primera semana y el cuerpo de 37 años del Cabo resentía las largas jornadas a pleno sol con una temperatura que en muchas ocasiones eran superiores a los 40 C. Su esposa Eunice lo había alentado a inscribirse en el programa, ya que era la única forma de que mejoraran su condición económica, pero muy dentro de sí, él ya estaba arrepentido de su decisión.
La marcha seguía, los brazos no podían acoplarse a las piernas tensas, la respiración se le hacía cada vez y con cada paso más agitada. El sudor comenzó a cambiar su cara morena y le daba el aspecto del lodo húmedo, como un aviso de que la excesiva sudoración amenazaba con deshidratarlo.
Oía el redoble del paso firme de los otros compañeros sobre el pavimento y al Cabo le parecía que eran las pisadas de una manada de paquidermos que se hubiesen escapado y vinieran a arrollarlo. Su corazón le latía con tanta fuerza que supuso, por el dolor que experimentaba, que uno de la manada lo había alcanzado y hecho su presa. Trató de tomar una bocanada mayor de aire para compensar la falta que sentía y alzó su mirada al cielo. Un manto de nubes negras se veían a lo lejos, por los lados de Petare. Con el poco aliento que le quedaba hizo una súplica para que se desatara una tormenta y todo terminara.
Mientras el uniforme de Celenio se empapaba de sudor y él miraba al cielo, un temblor frío lo tambaleó por momentos y no vio una piedra que estaba en el camino. El Cabo se desplomó y cayó sobre su cara. Lo último que oyó antes de perder el sentido, fueron las palabras de su Sargento Mayor:
—Levántese flojo marica o dormirá para siempre en el calabozo de castigo.
La tormenta se desató en forma de lágrimas cuando la noticia llegó hasta Eunice.

Caracas y la soledad

Miradas del norte al sur

La cobija verde que ocupa el norte de la ciudad a medida que se aleja de mis ojos pareciera que además de distante, no me perteneciera. Está allí para recordarme al mirarla de frente, como punto cardinal que es, que lo que está detrás de mi es un sur bordado por espacios que parecen islas. Las ha formado el río, que no sólo divide a la ciudad, sino que la hace vulnerable en tiempos de lluvia, como reclamando ese espacio que cada día le quitamos.
Esa falda extendida como un haz que traza caminos hasta el río, al llegar allí no sabe donde ir. Busca un escape en los pocos puentes que logran darle la mano al otro lado. Es la montaña amiga que necesita un paso para recuperar el perfume que alguna vez debió de tener el río, con sus riberas sembradas de juncos y bambuquillos haciendo fiesta con las hojas secas. y que ahora se presenta deslucido y pestilente.
La pared de bosques, fauna y flora que me mira desde su altura, también hace de muralla e impide que la ciudad se desarrolle a lo ancho del valle. Es la excusa para buscar la cercanía a las nubes, en un afán por no perder el dialogo con ese cielo del cual se cree su semejante.
Otras veces ese mismo amparo de la imponente montaña se vuelve furia y lodo. Las laderas dejan caer lágrimas como rocas que lo arrastran todo y reclaman la invasión de sus canales. En esos momentos se rompen las quimeras de que el gran escudo o pulmón verde es vida para la ciudad y el lenguaje que ella habla de desolación .
Caracas de norte a sur patenta con sello propio la incomunicación. Es como si se rompiera el diálogo de la montaña con la parte de la ciudad que está al otro lado del río. Se quedan cortas las palabras para que nuestra capital sea siempre amigable y sus brazos formen cientos de cruces con la serpiente líquida que la parte en dos.

En el ojo de la ciudad.

El tráfico está detenido, unas chispas comienzan a mojar mi parabrisas y entre gotas veo a una pareja que ajena a lo que sucede a su alrededor, se besa con pasión. Desde mi refugio, que es en estos momentos mi automóvil, veo que son dos jóvenes sentados en un banco, muy cerca desde donde alguna vez la estatua de Cristóbal Colon señalaba hacia el nacimiento de un nuevo mundo.
Ella no tendrá más de dieciséis años, él unos pocos más; pero lo que me asombra con cierta envidia, es la capacidad de aislarse, de vivir su fantasía como si estuviesen en una isla desierta y no cerca del eje vial más concurrido y traficado de esa confluencia que forman los accesos a la autopista del este y a la Universidad Central de Venezuela.
La realidad es que Caracas nos arropa de una manera diferente a cada uno. Unos la viven sin prisa, ajenos al tumulto, inconscientes de la fragilidad de esa calma. Yo, en contraste, me enfrento desde un encierro voluntario dentro del automóvil, cercana sólo a la música que oigo desde el reproductor de CD. Obligada observadora desde el mínimo visor que me dan los vidrios delanteros, los únicos sin cubierta de papel que me aísla de miradas externas.

Camino al lejano oeste

Voy manejando en un estado de atención máxima, con rumbo al extremo oeste de la ciudad. He salido de mi habitual entorno en el sureste y pretendo llegar a tiempo (a la 9 A.m.) hasta la Universidad Católica Andrés Bello para asistir al acto de graduación de mi hija. No conozco bien esas zonas y temo perderme. La última vez que recorrí ese mismo camino por un compromiso similar fue hace casi 30 años. Las cosas de seguro han cambiado.
Mi viaje comenzó desde temprano, ya que no es fácil viniendo del sureste evadir el tráfico mañanero. Un golpe seco me distrae de mis cavilaciones. Vuelvo la cabeza hacia donde el ruido ha perturbado el incesante corneteo de las siete de la mañana y descubro con ira, que un jinete sobre un motor japonés me ha doblado el espejo retrovisor del lado derecho. No me da ni tiempo de pensar en discutir el daño; un enjambre similar aprovecha el espacio libre y se cuela por donde mismo huyó el agresor, como una bandada de cuervos de distintos colores, que rugen sus máquinas como si tantearan al suicidio. A la fuerza cualquier vestigio de ira se troca en impotencia y resignación.
Me concentro en reconocer el paisaje, con la sinuosa corriente que trae las miserias desde más atrás, siempre a mi izquierda, dividiendo el camino que separa el mismo mundo de edificios altos llenos de ropa tendida en sus balcones, como banderas que pregonaran libertad, a pesar del encierro en esos espacios. Veo que a mi frente en los cerros menos altos que nuestro Ávila, se abrazan el zinc con las paredes sin frisar como amigos en las desdichas . A través de cientos de cables y antenas de TV, distingo entre las lenguas de basura algunas escaleras, como laberintos sin un hilo de Ariadna, dónde en cualquier recodo la sorpresa tendrá la forma de un arma.
Sigo dentro de mi pequeño mundo cerrado, con el aire acondicionado puesto al límite, con la única compañia de mi sombra encerrada junto a los censores puestos en alerta permanente y confirmo que el calor de afuera no es el enemigo, sino el posible provocador que surge de improviso. Que es él la razón por la cual, por temor a bajar el vidrio, prescindo de las ganas de solidarizarme con el malabarista ocasional o con el indigente de la mirada perdida entre el ocio y el hambre. Llego al fin a mi destino y reconozco que el viaje me conectó con una parte de mi ciudad que me era completamente ajena.

La esperanza en el contraste

Caracas ha dejado de ser la madre protectora bajo cuyas faldas floreadas con campin melao, mirábamos bajar desde El Ávila la neblina al atardecer y la temperatura comenzaba a hacerse más fresca, como caricias de enamorados.
Ahora estamos ante una insalvable lejanía de todas las cosas gratas que ya no volverán y que hacen de este valle un calvario con más estaciones que la línea uno del metro. Dónde en las caídas será difícil que te encuentres al Cirineo salvador.
Como contrapeso a ese calvario existe la ciudad que se ríe de sí misma, que habla por celular a toda hora y en cualquier lugar; que irrespeta la puntualidad porque se dice informal, sin que por ello parezca antipática. Que abraza, apenas conoce alguien, con ademán de un beso en la mejilla; la que habla en las colas con el desconocido que está adelante sin el ánimo alterado por la espera y hasta se atreve, aunque cada día menos, a darles su nombre y demás señas.
Existe la ciudad que hace de todo un chiste para ignorar que al menor descuido te pueden devorar; la que se abandona a la frivolidad y juega a lo sociable para ocultar la derrota de su propio encierro. La que camina en manada en el metro y tropieza sin dar una disculpa, aunque nadie parece pedirla.
La ciudad nos atrapa en su aire y gentilicio formado al calor de muchas etnias y culturas y hace impensable resistirnos a su trucada magia. Vivimos en el gran sombrero de copa y ya pocas cosas nos dejan sorprendidos.

De vuelta a casa.

Se ha hecho de noche y ha vuelto a llover. Emprendo el regreso y esta vez no veo a parejas de amantes cerca; sólo las luces agresivas de unos pocos automóviles iluminan la autopista que se extiende negra y húmeda como una lengua que quisiera devorarme. Se dispersan con prisa como soldados de un ejército vencido, con la esperanza de que la noche les traiga el armisticio de las sombras y el descanso reparador que los aliente para la nueva jornada.
El día ha sido largo y sin embargo yo siento que en Caracas la soledad no tiene más historia que la personal que cada quien lleva. Me rebelo al pensar que pasemos de abiertos y francos , a ser obligados solitarios.
Caracas está aquí cercana a todos, llena de luz para que a cada quien se le revele o la descubra a su manera y así marque con su propio paso como quiere vivir el día a día.
Miro al frente, la cobija verde se ha vuelto negra y como velo de viuda esconde la tristeza al comprobar que aún a la ciudad dormida la domina el miedo.
La foto : El Ávila oleo por Raul Moleiro ( 1.982)

sábado, 15 de agosto de 2009

Carta a Valentina


Querida Valentina.

A sólo un día de que partas para ese viaje que te alejará de nosotros por varios meses, pero que significará un paso muy importante en tu desarrollo profesional, me encuentro pensando ¿Cuál será el sabor de tu ausencia?
Mientras en esta semana, se vieron en el cielo la lluvia de luces de Las Persíades, mañana una de mis cinco estrellas dejará de estar al alcance de mis ojos, cercana para un abrazo, vecina inmediata para que escuche su voz. Para disfrutar de la forma especial de contar sus cosas, con ese toque de humor y de profunda madurez. Para oír su risa y ver iluminarse sus ojos, tan pequeños como grande es la ternura de su mirada. Para deleitarme con su sonrisa, tan parecida a un día de sol o a una noche de estreno con los aplausos de una sala llena.
Es así que me entra el sobresalto de no saber si podré acostumbrarme; que me lleno de temor porque siento que los días convertidos en muchos meses, se harán más demorados y que tu devoción ya no estará a la vuelta de la esquina, a pesar del Internet, del Facebook y de todos los adelantos tecnológicos, los cuales como sabes bien sólo domino a medias.
Vuelvo mi pensamiento al día en que llegaste, adelantándote casi dos meses a tu hora de nacer, para llenar un diminuto espacio en tu cuna y cubrir con tu cariño, como inmensas nubes que varían de formas en el cielo, todos mis deseos de abuela. Desde ese momento y durante todo tu crecimiento, has pintado mi universo con tus propios colores demostrándome tu amor. Me has dado motivos para sentir el orgullo de que también seas parte de mi carne, y que formes mi particular constelación de estrellas junto a Vanessa, Walewska, Verushka y Victoria.
Con serenidad y criterio has pasado de ser de la niña con su pollina y lentes a la adolescente con acné y después a la esplendida joven que eres ahora, con un futuro que se le abre en mil direcciones, pero que sabe que sólo la constancia y estudio la llevarán al éxito.
Sin embargo no dejo de asombrarme de que tan joven emprendas tu propio vuelo, de que a pesar de tus 21 años ya tengas el timón de tus ilusiones y esperanzas hecho no de vagas e imprecisas decisiones, sino de planchas de acero imbatibles y fuertes. Ante eso sé con certeza que allá en Finlandia, a pesar del frío que puedas sentir, te acompañaran tus sólidos principios forjados en el calor familiar, para seguir el camino correcto y no los atajos de luces vanidosas que te aparten del horizonte de tu estudio y superación.
Mi nieta querida aunque la distancia física sea mucha y traspase fronteras, siempre habrá un grueso hilo que nos unirá tejido con miles de recuerdos y momentos vividos y que te darán las fuerzas necesarias cuando la soledad se instale en tu corazón; cuando el silencio no pueda ser compartido o no tengas la calidez de un abrazo o mano unida a la tuya mientras escuchas la música que te traen las nostalgias.
Quiero que sepas que en esos, que espero sean cortos instantes, yo estaré allí en pensamiento; cubriéndote con abrazos como olas, velando para que tus sueños se cumplan y siguiendo la costumbre de la liturgia infantil, rezando contigo la oración que juntas decíamos antes de irte a dormir: Ángel de mi guarda dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola porque me perdería.
Sólo así, sabiendo que estoy en perfecta sintonía contigo, el sabor de tu ausencia será menos amargo, y hará más llevaderos los meses que te apartan de mí, ya que tendrá la dulzura de la esperanza del reencuentro, cuando hayas cumplido tus metas.
Que Dios te bendiga y traiga de vuelta con más luces para tu intelecto, que tus “Litos” que te adoran aquí estarán esperando por ti con los brazos abiertos y un canasto lleno de besos.

sábado, 25 de abril de 2009

Carta a mi abuelita

20 Febrero 2.009

Mi adorada abuelita.

El mes pasado antes de llevarte al asilo, (o como el tío Nerio le dice para soslayar su culpa: el hogar de reposo), no pude sino observarte cuando ya de salida , con tu cara conmovida, diste una agónica y última mirada, un poco a cada una de las cosas de tu alrededor. Creo que querías llevarte para acompañar a tu soledad sin esperanzas, y antes de que se te desbordara el olvido, todos los recuerdos que allí dejabas. Sé que no te fue posible.
Hoy volví a la que fue tu casa por cuarenta años para archivar en mi memoria, con obstinación de lluvia mañanera, todas las evocaciones que tú no pudiste retener.
Fui a arrancarle tus charlas al sofá de cuero donde recibías a las amigas, para hacer un gran collar y engarzar una a una esas conversaciones en tu ausente memoria; con la esperanza de que a fuerza de revivirlas contigo vuelvan a pintar tu lucidez.
A recoger todos los olores que dejaste esparcidos; los de tus guisos en la cocina; el de las flores que cuidabas en tu jardín; los de las lociones y perfumes que guardabas en tu baño, para regarlos en tu nueva casa, y que ellos oculten los desiguales aromas de botica, antisépticos y alcanfor.
A grabar un CD con todo lo que te era familiar: los trinos de los pájaros cuando al atardecer regresan a sus nidos en los árboles del fondo del patio; el alboroto de tus gallinas en el corral o los maullidos de tu gata Bratislava; el sonido tan particular que tenía el timbre de tu puerta y sobre todo ese ulular del viento cuando mecía los chaguaramos de la entrada, para que los puedas oír como fondo de nuestras conversaciones. Aunque me temo abuelita que al visitarte las palabras serán sólo mías, porqué tú muchas veces no sabrás ni siquiera quien soy yo.
Abuela te cuento que me sorprendí al entrar a tu casa, desconocía que todavía quedaban tantas pertenencias tuyas allí. Creí que después del saqueo que de ellas hicieron mis tíos y primos, sería bien poco lo que quedaba de valor. Pero me equivoqué. Allí estaban en el piso, echadas a un lado como basura “tus queridas cosas”, las que tú amontonabas con celo en la gaveta de tu peinadora, o en aquella enorme caja que casi no cabía en la parte de arriba de tu closet y que muchas veces, con la complicidad que siempre existió entre nosotras, me dejaste ver y hurgar en ellas.
Encontré muchas fotos, la mayoría en blanco y negro. Supongo que ya no te acordarás de las que te tomaron en el barco que te llevó por primera vez a Europa y en el cual conociste al que fue tu misterioso amante. Nunca me quisiste revelar su nombre, pero si me enseñaste sus fotos: era igualito a tu actor preferido Clark Gable. Las vi una y otra vez. Me maravillé con aquella en que lucías feliz con un gran sombrero blanco, sonriéndole al mundo, brillantes tus ojos verdes. ¡Cómo envidié tu figura tan esbelta! Nadie diría que para esa época eras una viuda con cuatro hijos y sólo tenías 35 años. ¡Si parecías una modelo!; con tu Chanel a media pierna o con aquel vestido vaporoso al que el viento levantaba la falda. ¡Que hermosa y distinguida te veías abuela!
Te juro Mamá Carmen, viejita querida, que lo que más pena me dio fue comprobar como tampoco ninguno de los que estuvieron antes que yo en la casa, se quiso llevar tu enorme pintura al óleo donde apareces de cuerpo entero, trajeada de largo, con airoso cuello y serena mirada y aquel peinado en alto de tu melena rubia. Sé que tu belleza hoy haría palidecer a cualquier Miss Venezuela.
Igual de abandonados en el suelo estaban todos tus abanicos, junto a las cientos de cartas y tarjetas recibidas, las que tú guardaste por años con tanto apego.
Estuve largo rato buscando aquellas cartas que recordaba estaban atadas con una cinta verde. Esas que te escribió tu primer novio, el que me contaste que después se convirtió en un famoso escritor y las que estoy segura tú habías respondido con todas las frases bellas que salían de tu corazón enamorado. No las encontré. Espero que fueras tú quien las haya destruido cuando supiste que perdías la batalla y que tu memoria se destejía, se dispersaba hacia el ocaso e iba a quedarse confundida en cualquier rincón de tu casa; sin que pudieras hacer nada para impedirlo. No puedo ni imaginarme siquiera si la chismosa de mi prima Rebecca, las llegó a descubrir. No creo que así fuera, ya que con lo ambiciosa que es, las hubiera subastado en Internet.
Abuela querida te prometo que ahora voy a adentrarme en mis recuerdos, para poder dibujarte con mis palabras todos los que tengo de ti, y así los repasemos al igual que las lecciones de catecismo que tú me dabas. Que te contaré una y mil veces las mismas historias que tú me narrabas; hasta que llegue un momento en que, al igual como yo hacía cuando era niña, seas tú quien continúe con el cuento o adivines su final.
Me las arreglaré para pintar tu nueva habitación con el color rosa que tenías en la tuya y quitarle así ese blanco hospital que siempre te deprimió. Pondré en la ventana la misma cortina de volantes que tú habías hecho, así al correrla en la mañana para que entre el sol, creerás que estás todavía en tu casa de tantos años.
Me aseguraré también de que te puedas arropar con tu colcha de flores y de que no te falte tu viejo mecedor, el mismo donde leías las poesías de José Ángel Buesa y arrullabas a los nietos.
Abuela: No sé por cuánto tiempo más andarás a tientas por tu camino de sombras, sin que las raíces de los recuerdos se desprendan para siempre. Cuántas lagunas irán llenando, hasta dejarla transparente como cristales de hielo, el universo de tu memoria. Quiero que sepas que cuando llegue el día en que ya ni tu nombre puedas recordar; en que tu mirada vague por un infinito que no puedas atrapar; yo estaré cerca para tomarte de la mano y esperar que seas tú quien con suavidad, casi sin rozarme, limpie de mi cara como tantas veces lo hiciste, esas lagrimas que hoy no puedo evitar.
Te quiere tu nieta consentida.
Ileana



(Con esta carta concursé para Cartas de amor de Mont Blanc 2.009. No hubo suerte, pero insistiré el próximo año.)