lunes, 9 de agosto de 2010

Botero y yo


El tema de la belleza no se agota, cualquier consideración acerca de ella sólo abre los caminos al debate. Por otra parte la subjetividad de la belleza no necesita comprobación. Es una verdad que debemos aceptar, así como admitimos que la tierra gira sobre sí misma y alrededor del sol, sin que con esa conformidad debamos de explicar enseguida las razones de tal postulado.
Es así como el creador de un objeto artístico, sea pintura, escultura o cualquiera otra manifestación del arte ejerce su plena soberanía al crearla, sin esperar el cuestionamiento de los posibles admiradores o detractores de ella. El artista no espera convencer a nadie con su creación, le basta con la satisfacción de verla terminada, de saberse un creador, y sólo apuesta a que la misma sea al menos perdurable o trascendente.
El ser humano como destinatario de la obra creativa, está siempre sujeto a su condición subjetiva de considerar, según su criterio y apreciación, si algo es o no hermoso. Con ello busca confrontar la creación artística con lo qué ella expresa y cómo lo expresa. Un antagonismo sin razón, ya que el acto mismo de la creación enciende de por sí las luces para la comprensión del objeto creado, más allá de lo que los ojos del observador capten en la obra. Hay detrás de ella una esencia que es dada por el autor, su soplo creador.
Todas estas reflexiones y consideraciones formaban un torbellino un mi cabeza, pero al entrar al Museo Fernando Botero, ubicado en la ciudad de Bogotá, ellas tomaron un rumbo de placidez ante unas obras que rompían con lo que hasta no hace mucho parecía regir los cánones de lo que las formas de la figura humana podrían ser consideradas clásicas de la belleza.
Si bien es cierto que ya en la pintura renacentista las estilizadas vírgenes de Boticcelli, contrastaban con las figuras rellenas de Rubens, las alargadas formas de Modigliani, o las deformes y casi esqueléticas de El Greco; para la época moderna no se había presentado una obra tan extensa y variada que siguiera el patrón de la redondez como forma estética, en cualquiera que fuera el objeto pintado, dibujado o esculpido.
A la entrada del Museo nos recibe una enorme mano que ya deja claro que estamos ante un concepto de belleza que no admite comparación. En las sucesivas salas aparecen dibujados o esculpidos mujeres, hombres, caballos, gatos, otros animales, objetos. Todos ellos bajo el reino de la redondez, la exageración en la búsqueda de las curvas, una sinfonía cantada desde lo profundo con la severidad de un réquiem para todo lo que se asemeje a lo estilizado.
Al entrar a una de las salas mi complacencia se volvió gozo rayando en locura. Allí estaba ella, la versión particular y genial de Botero de la Maja desnuda, con su enorme vientre que exhibe sin pudor la grasa acumulada, sus senos que forman dos paréntesis, divididos por una línea, como si se hubiere trazado una enorme B acostada. La cadera sinuosa como una montaña que se negara a dejar emerger el sexo apenas insinuado, como una mancha al descuido. Las naranjas, muy redondas al lado de la maja. Ella recostada a lo ancho de la cama que luce un copete capitoneado, y con la media sonrisa que parece pensar en si las come o no.
La vista y apreciación de la genial obra rompió todos los paradigmas negativos que podía albergar contra la no belleza de la obesidad y la gordura. Mirar esas curvas desparramadas sin que se perdiera el sentido estético, me llevó a pensar que había una total independencia entre lo que para unos es bello y la obra creada. Nadie en su sano juicio podría negar que la panorámica de aquellas carnes expuestas en toda su inmensidad, no conformaran un regalo para el buen gusto, sin perjuicio de lo antípoda que puede significar cambiar el modelo de belleza ideal.
A la sensibilidad creadora de Botero se le concede además un valor agregado, por lo que significó trastocar unos valores que se creían universales, y darles un giro, para crear esto que luce revolucionario por lo nuevo, original y con sello propio.
En lo personal me hinché de orgullo. Ya no había que apelar a la frase manida y trillada de belleza interior para sentirme satisfecha con la figura propia, ahora tenía el aval visible y confiable de toda la obra admirada, respetada y trascendente de Fernando Botero.
Atrás quedaron las discípulas de Osmel, en su loca carrera por una corona comiendo sólo atún y lechuga. En menos de una hora, este colombiano universal me dio el pasaporte a la felicidad. Ya no es cuestión de resignarse a una situación, que si bien se puede cambiar, necesita del sacrificio y la constancia, que la temporalidad de la vida nos lleva a pensar a veces, que carece del mérito para emprender el nuevo rumbo.
Al salir de allí como quien abandona el templo en el cual ha expiado los pecados, una puerta de cristal me devolvió el reflejo de mi imagen y un solo pensamiento cruzó por mi mente: Gracias Botero.

lunes, 2 de agosto de 2010

Reflexiones en insomnio


Hacerme preguntas no resuelve mis problemas. Hay que encontrar respuestas.

Implorar benevolencia o compasión para las propias faltas, conlleva admitir las propias debilidades, sin que con ello obtengamos nuestro perdón interno.

La reflexión me impone que encontrar la culpa asentada únicamente en mis acciones, sólo me conducirá a proferirle latigazos a mi propia estima. Ello sería el camino seguro para abrazar la depresión.

No hay que dar más rodeos, el único hilo válido que hay que tejer es el que nos lleva a la superación interna.

El pleno conocimiento de nuestras flaquezas y fortalezas nos conducirá a entender con justicia y equilibrio para nosotros mismos, nuestras caídas y tropiezos.

Sentir que el pasado nos ata a la añoranza de los mejores tiempos, es no apostar por el presente que está en nuestra manos y al cual sí podemos cambiar.

Sin entrar en discusiones acerca de la débil línea que separa la temporalidad del pasado, presente y futuro; él ahora debe imponerse al momento de elaborar cualquier plan correctivo para trastocar situaciones adversas.

La fe y confianza en nosotros mismos, no es señal de presunción, sino de haber alcanzado la superación.

Oye tu yo interno con precaución cuando presientas está siendo complaciente con tus errores.

viernes, 23 de julio de 2010

Viaje al sur


Emprender un viaje el último día en que se disputaba la final del mundial de futbol y para complemento a la misma hora que eso estaba ocurriendo a miles de kilómetros del aeropuerto de Maiquetía, nos condenó a que el vuelo 5000 de Conviasa saliera con casi una hora de retraso. Al menos eso fue lo que pensamos los 170 pasajeros que esperábamos la hora de embarcar con destino a Buenos Aires el día 11 de julio de 2.010, viendo como se consumía parte del primer tiempo en el duelo entre España y Alemania.
Nuestra llegada a las 1 y 30 de la madrugada (hora argentina) del siguiente día al de nuestra salida, no nos había privado de conocer el resultado del esperado juego. El Capitán de la nave mediante mensajes periódicos nos fue enterando de cada gol y de cual había sido el resultado final.
Desde el año 2007 no me había reencontrado con el famoso Obelisco en plena Avenida 19 de julio, ahora con un clima promedio de 5 º C, lleno por una parte de manifestantes en contra de la Ley que en esos momentos se debatía en el Congreso y que prometía el matrimonio homosexual, y por la otra de quienes solicitaban las firmas de apoyo al mismo proyecto. En definitiva y después de un largo debate por tres días, que estuvo acompañado de la vigilia frente al Congreso Nacional de gays, lesbianas, transexuales y demás afines, lo que le daba a esos espacios un colorido inusitado, se aprobó la Ley 26618, consagrando la posibilidad de unión entre personas del mismo sexo.
En este viaje comprobamos que a pesar de las crisis económicas, la vida nocturna de Buenos Aires sigue llena de diferentes alternativas. Aprovechamos para disfrutar del teatro asistiendo a dos obras: Brujas, reestreno en Buenas Aires, después de haber cumplido con más de 20 temporadas en la ciudad de Mar de Plata, y con la particularidad de tener aún su elenco original, a excepción de la fallecida actriz Susana Campos y Agosto., con la magistral Norma Aleandro, en su caracterización de la matriarca y abuela de la familia disfuncional, quien por tres horas casi continuas, se luce con su potente actuación.
La amplia oferta gastronómica nos llevó entre otros sitios de yantar hasta Puerto Madero, dónde por recomendación del escritor Federico Vegas nos deleitamos con un bien preparado bifé en La Cabaña de las lilas, con un ambiente bien cuidado e inmejorable servicio conforme con la astronómica cuenta. Un deleite para el paladar y un latigazo para el bolsillo sin dólares oficiales. La Cabrera, con sus interminables listas de espera, compensadas después con la excelencia en sus carnes; Mafia, de ambiente y comida italiana con un exquisito vino Gran reserva de la finca La Linda; El Museo del Jamón, en plena 19 de julio, con ambiente español al igual que Plaza Mayor. En cada uno de ellos comprobamos que las raciones suelen ser enormes y que en ninguno cobran el obligatorio 10% agregado a la cuenta, como suele suceder en nuestro país. Una alternativa de darlo o no que queda en las manos del cliente satisfecho.
Los recorridos por Corrientes, la zona comercial de Córdoba, los centros comerciales de Galerías Pacífico, Paseo Alcorta, Solar de la Abadía, Alto Palermo, Abastos y Patio Bulbrich, no podían faltar en la visita, para regocijo de los ojos y mortificación en las billeteras. ¡Qué tristeza comprobar lo devaluada que está nuestra moneda¡
La ciudad no luce con grandes cambios. Se ven pocas construcciones nuevas o en proceso, pero luce aceptablemente bien mantenida. A pesar de la cantidad de paseantes con mascotas, el tráfico en las vías principales y la contaminación vehicular, o lo poco amable y jactancioso que en general se manifiesta el porteño, la ciudad se luce como un lugar para pasear, o deambular por las calles congestionadas. Es casi una obligación entrar a conversar en sus variadas confiterías o cafeterías, donde decenas de personas hacen suyas por horas las mesas de esos lugares, con el solo consumo de un café y el diario abierto a su lado.
Buenos Aires con su aire europeo, sus fachadas y edificaciones que reflejan las glorias pasadas de una economía alguna vez pujante y progresiva nos deja el ánimo abierto para explorar con confianza sus calles llenas de comercios sin la angustia de la posible amenaza en cada esquina. Hasta tarde en la noche la ciudad tiene vida propia y la casi certeza de encontrar un taxi en cualquier sitio nos impulsa a disfrutar la generosa oferta de espectáculos, shows, salones de baile, teatros. Múltiples librerías, salas de exposiciones, museos y galerías. Todo para el placer sibarita del cuerpo y el alma.
Una capital que no se agota en el recuerdo del máximo exponente del tango: Carlos Gardel; ni del café Tortoni con sus asiduos asistentes García Lorca o Alfonsina Storni; que va más allá de sus cinco líneas de subte, como le llaman al metro, con sus Barrios como el de Recoleta, una vez llenos de la genuina aristocracia y que hoy día se han democratizado al punto de que sus lujosos apartamentos hoy se alquilan a turistas por días o semanas con todo incluido. Con su feria los domingos en la Plaza san Telmo que atrae a curiosos, coleccionistas o fanáticos de las antigüedades u objetos raros.
Sin embargo como gran metrópoli con cerca de 3.058.000 habitantes, no escapa a la indigencia, al descuido en algunas zonas que presentan las aceras rotas o la basura que tarda en ser recolectada. Son males menores en una ciudad que se extiende más allá de lo que es la propia Buenos Aires, que llega hasta el Tigre, a 30 Km en el delta del Paraná o hasta San Isidro, al norte de la ciudad a 16 Km, a la orilla del río de la Plata.
Una ciudad que ofrece todo lo que nos encanta y por ello nos hace pensar en querer regresar. De seguro volveremos.

jueves, 8 de julio de 2010

La marea del olvido


La memoria se me antoja floja e imperfecta. Basta con que no recordemos unos detalles para que adornemos con banalidades o fantasía lo que hemos olvidado. Otras veces ponemos en nuestra memoria virtudes de las que carecen nuestros recuerdos y con ellos creamos irrealidades que se acercan más a un sueño de lo que quisiéramos hubiera sido lo vivido. La carencia de un recuerdo nos lleva a imaginarnos, con la dulzura de la compasión para nosotros mismos, que lo olvidado existió pero de una manera idealizada.
Desde hace cerca de siete años no había regresado a lo que fue mi sitio de trabajo durante una década. Para mí era habitual llegar desde de las nueve de la mañana y permanecer hasta bien entrada la tarde en los predios de Parque Central. Disponía de una ofician amplia en el edificio Mohedano con vista al patio interno que separan parte de las inmensas torres y todo lo que pudiera necesitar estaba a mi alcance. Para aquella época tenían allí su sede cerca de 10 bancos, oficina de correos, suficientes restaurantes como para disfrutar una oferta gastronómica que ya envidiaría cualquier boulevard o centro comercial. Servicios de farmacia, tiendas, peluquerías, panaderías, mercados, lavado de alfombras, tipografías, cines, librerías, tiendas de arte y el maravilloso Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber. Sentía que todo estaba cerca, sin el temor a la lluvia o a necesitar tomar algún medio de transporte para encontrar lo que buscaba.
El impacto que sufrí en este obligado paseo al caminar por sus pasillos no podía estar traicionando mi memoria. De todo lo que yo recordaba como grato, sólo quedaba la conciencia de que no podían ser ilusiones o producto de un olvido. Fue un reencuentro sombrío que me provocó nauseas. La desidia me golpeó con un sonoro latigazo, tal como lo haría un jinete en una final de carrera.
Volví la mirada para hacer un examen en mis recuerdos, me vestí con el traje de la incredulidad para encontrar en algún resquicio algo que se pareciera a lo que para mi todavía tenía el aura de un sitio placentero, dónde trabajé, disfruté, hice amigos y hasta encontré el amor. ¿Dónde estaba todo aquello que me daba ánimos para el trabajo diario? ¿Qué se hicieron los personajes habituales que le daban colorido y calor humano a los pasillos? La vendedora de helados siempre sonriente; el de loterías asegurándonos que la suerte estaba para quien la buscara. Ahora todos ausentes.
Un escenario vacío después de una función no se compara a la impresión que me dieron los locales cerrados, la falta de vida que se observa en esos espacios, antes pletóricos de gente, de negocios, de prosperidad. El monstruo arquitectónico por lo descomunal de sus torres, por la población que allí aun vive, por la que trabaja en las olvidadas oficinas públicas sin aire acondicionado, que convive con los restos de una torre que permanece erguida pero deshecha en sus entrañas, está herido de muerte. El coloso que sentía por todos sus poros vive ahora en una perpetua vigilia. No es mi memoria, que aunque cada día se dobla como un junco, la que ha idealizado un sitio y ahora vuelve y lo desdobla para hallar que la tela está corroída.
¿Cómo nos enfrentamos de nuevo a lo que alguna vez fue lo acostumbradamente grato?
¿Cómo evitar el dolor por lo que parece irremisiblemente perdido?
Muchas cosas regresan a nuestras vidas, experiencias, emociones, vivencias. Lo que nunca sabremos con exactitud es cómo volverán. La certeza de esa ignorancia no deja espacio sino para la melancolía.
Mis recuerdos cotidianos de Parque Central ya no me pertenecen, franquearon el terreno de lo inverosímil y ya forman parte de un pasado que me parece ajeno. Ahora hay en su lugar un interior vacio revestido de horror. Un viaje al desaliento en un tren sin paradas, donde lo inmediato fue huir y pasar página.
La razón me dicta que lo que para mí alguna vez fue lo habitual quedó condenado y enmudecido para siempre.

viernes, 2 de julio de 2010

Sala de espera


La contestadora deja oír su mensaje con un tono de voz con acento indefinible entre argentino y uruguayo: Nuestro horario de trabajo es de 9 a 12m y de 2 a 6 p.m.....No damos cita. Acérquense hasta el edificio...La voz continuó con las señas de la dirección y finalizó con un amable: Estamos para servirle.
Al llegar al sitio sobre la puerta colgaba un letrero que desafiaba cualquier temor a la inseguridad o delincuencia: Toque el timbre que será atendido.
La orden fue cumplida y la puerta se abrió dejando ver a una mujer treintona, de buen ver, quien vestía unos pantalones por debajo del ombligo que pedían a gritos auxilio para no sufrir el riesgo de caerse.
La sala de espera de menos de 15 m2, iluminada con luz artificial en plena restricción, tenía seis sillas alineadas frente a un televisor de 19” que invariablemente en estos días transmitía un partido de fútbol, ésta vez de Argentina contra Grecia. La única silla disponible hacia tiempo debía haber visitado a un tapicero, su relleno se salía por los bordes como lenguas de algodón que se burlaran de los presentes. En una pared un afiche de Botero mostraba una de sus reconocidas gordas, con un cigarrillo en una mano y en la otra recibía de una mano que salía de los bordes del cuadro un fajo de billetes. Ya aquello daba una mala espina, al igual que el otro afiche de una supuesta diosa hindú cuyos ojos estrábicos se debatían entre mirar al televisor o a un joven con el pelo ensortijado y lentes a lo Jhon Lennon, que al igual que los otros cuatro, esperaban con cierta ansiedad. No se sabía bien si a ser atendidos por la vidente o al resultado del partido que se celebraba en el otro confín del mundo. Dos puertas visibles desde la sala, permanecían cerradas y a través de una de ellas se oía una música de campanitas y voces en polifonía vocal que pretendían dar al ambiente un aire ficticio de meditación. Sobre la mesa de centro tres figuras dominaban la escena un Buda dorado y sonriente, una bandeja con pétalos de lo que alguna vez fueron rosas y un cartel que subrayaba por un lado No fumar, y por el otro la propaganda de un taller mecánico. En casi cuarenta y cinco minutos, (lo que duró el partido en su primer tiempo), nadie fue llamado a transitar por el pasillo que conducía al cuarto de consulta. Las revistas que en desorden estaban a un lado de la silla enferma, no eran sino ejemplares caducos de Estampas o Todo en domingo. Nada que leer.
Al fin salió por la retaguardia una mujer con uniforme ministerial que fue directo donde la treintona, colocó 50 Bs. en un bol de vidrio y con una media sonrisa le dijo Hasta pronto.
—Que pase el próximo anunció - sin ningún entusiasmo- la dueña de los pantalones equilibristas.
— ¿Cuánto tiempo falta para que me atiendan? — se oyó preguntar a una morena adolescente, pero ya embarazada.
—A este paso serán como dos horas, es que hoy no sabíamos que iba a venir tanta gente.
En vista de que la vidente no pudo prever ese detalle, la futura madre optó por retirarse y yo tras ella. Seguro estaría más interesante lo que me podría decir mientras bajáramos los ocho pisos sin ascensor, que lo que vería en la sala de espera.

sábado, 19 de junio de 2010

Los héroes que nos dejó La Herencia de la Tribu


El jueves 17 de junio fue la fecha señalada para el encuentro mensual del Grupo Visión. En esta oportunidad la invitada Ana Teresa Torres nos dejaría saber algo más de lo que con verdadero interés habíamos leído en su libro LA HERENCIA DE LA TRIBU – Del Mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana.
Cuando la amiga Nora Bustamante me solicitó hiciera la presentación del citado libro, lo primero que pensé fue que con la extensa obra de la autora compilada en más de trece libros publicados, sus merecidos premios tales como el Premio Municipal de Narrativa y Premio del Consejo Nacional de la Cultura, por su obra El exilio del tiempo; el Premio Mariano Picón Salas y el Premio Pegasus por Doña Inés contra el olvido, además del sitial que ocupa como Individuo de Número de la Academia Nacional de la Lengua, y su reciente Doctorado Honoris Causa otorgado por la Universidad Católica Cecilio Acosta del Zulia, no iba a ser fácil comprimir en pocas líneas su hoja de vida. Además de ello sus colaboraciones en la prensa nacional y revistas especializadas nos dan cuenta del enorme caudal creativo que la autora prodiga, al igual que largas investigaciones que realiza para darnos en cada uno de sus obras esa visión particular del encuentro del individuo con su historia.
Respecto al libro que comentamos, se abrió con los asistentes un debate enriquecedor, matizado con la palabra certera de la autora. Así pudimos conocer que lo que la motivó a la escritura de LA HERENCIA DE LA TRIBU, fue la televisión. Ella como cualquiera de los venezolanos o residentes en este país, ha visto o más bien sufrido las largas cadenas presidenciales y al observar a través de ellas como el discurso del único interlocutor ha rescatado, avivado y cultivado el mito de la Independencia, pensó que había que llevarlo a la escritura y analizarlo. No es que Chávez lo hubiera inventado, sino que lo ha potenciado y hecho suyo. La gesta libertadora ha sido llevada a los sacrosantos altares y su héroe por antonomasia ha sido consagrado. Somos los hijos de la Patria, herederos de esas glorias y como tales debemos de cumplir con los sueños inconclusos del Padre.
Me permito copiar aquí la opinión autorizada del historiador Elías Pino Iturrieta quien dice que: (cito) ” En la herencia de la Tribu, Ana Teresa Torres no escribe un libro de historia, sino una reflexión cuyo fundamento se localiza en un soporte historiográfico que le permite llegar a conclusiones dignas de atención. Tampoco pretende la descripción de textos recientes de la sociología, la politología, la psicología social, la investigación artística y la crónica de coyuntura, pero recoge lo esencial de sus aportes para vincular lo que pudieron pensar los historiadores sobre el nacimiento de la república con los análisis sobre la actualidad que no han dejado de mover la opinión de un sector calificado de receptores”.
No hay duda de que los planteamientos de la autora, quien declara abiertamente que no es historiadora, ni sicóloga, ni socióloga, y tampoco politóloga, están plagados de reflexiones que amalgaman cada una de estas especialidades y que nos dan cuenta de una extensa labor de investigación y compromiso con la realidad que vive el país.
Al término de la reunión y a la pregunta de ¿Qué se quedó de ti en La historia de la Tribu?
Su respuesta luego de unos minutos de meditación, acompañada con un gesto que adiviné como de desaliento fue corta y lacónica, pero también determinante
—Mucho…mucho.
La nostalgia por todo lo que estamos perdiendo, la certeza de que recuperarnos de estos años de desidia plagados de un discurso político que cada día nos aleja y diferencia entre los unos y los otros; la verborrea que nos envuelve entre la ilusión y el engaño, todo ello hizo que el silencio se posara por momentos en cada uno de los asistentes.
Por fortuna y para completar el éxito de nuestra reunión, las atenciones de nuestra anfitriona Piedad Troconis y su delicioso chupe con el cual nos obsequió, nos reconfortaron y dieron ánimo para afrontar los días aciagos que todavía nos quedan. Los días por llegar cuando la tribu saque su casta guerrera y de nuevo rompa cadenas.
Gracias Ana Teresa por brindarnos tan excelente lectura y darnos el punto de inicio necesario para la reflexión.

Anillos de amor

Estamos rodeados de cosas que pueden ser utilitarias, de simple adorno, feas o hermosas. Objetos viejos, recién comprados, odiados, que nos dan satisfacción, que nos ayudan. Que se vuelven alegres, o nos entristecen. En fin cualquier adjetivo le puede ser agregado que de seguro se le adapta a alguno de ellos. Sin embargo muy pocas de las cosas de nuestro entorno o que llevamos con nosotros tienen implícitos una historia de amor o perduran en el tiempo ligados a hechos que los hacen memorables o imperecederos.
En Enero de 1939 Rodolfo, un maracucho y solterón empedernido,nacido con el siglo, sucumbió a la sonrisa fácil y la alegría contagiosa de Susana y le ofreció en prueba de lo que iba a ser su amor eterno: un anillo de compromiso. Fue hecho con oro proveniente de las minas de El Callao y a ella sólo se lo separaron de su anular, treinta y cinco años después, al momento de su muerte. Fiel a la promesa que le hiciera en la Iglesia de San Juan y que Rodolfo cumplió con verdadera devoción durante todos los años que la sobrevivió, quedó el compañero de ese anillo, luciendo su constancia anudado al recuerdo de la esposa ausente. En 1985 a la muerte de Rodolfo se reencontraron los aros en un estuche azul. Ya el tiempo y su continuado uso habían desvanecido las inscripciones internas de los apelativos cariñosos con el que solían llamarse mis padres y primitivos dueños: Susy y Rody, pero sabía que ese mismo tiempo no había podido borrar el legado de un amor que no conoció el olvido.
Ocasionalmente el estuche era abierto y la fantasía volaba en mi imaginación. Quizás los dos aros al estar juntos de nuevo recordaban las fatigas y los momentos de lucha. O por el contrario acunaban a alguno de los cinco hijos de la pareja. Tenerlos en las manos me hacía añorar la llegada de un amor que traspasara el límite del tiempo, que se prolongara por muchos años aunque la pareja se quedara fracturada por la muerte.
En 1990 llegó el momento de liberar a los aros de su encierro dentro del estuche azul. Esta vez las palabras amor y promesa fueron, no dichas como juramento en una Iglesia, sino escritas y firmadas ante los hombres. Han pasado casi 20 años y los aros aunque ahora tienen grabados sobre los desvanecidos nombres, dos nuevos: Ileana y Gustavo, aún me lucen como juncos plantados a la orilla de un río; cuyo caudal me trae el rumor de las palabras de amor que siempre escuché, limpias e inmensas, en boca de mis padres.