sábado, 14 de noviembre de 2009

Tejer con los recuerdos


El sábado fue día de limpieza de cachivaches. Esa es una tarea que odio hacer. No solo por lo engorroso, sino porque confieso que me cuesta botar las cosas viejas. Me encuentro de primera en la lista de la que acumula peroles, recuerdos, estampitas, tarjetas de bautizo, de invitación a bodas y cuanto papel creo que sirva para aferrarme a mis recuerdos.
No es tarea fácil desprenderse de la memoria convertida en tan diversos y disímiles surcos. Cada uno me hunde en momentos y al fin de cuentas ¿Qué somos sin nuestro pasado?
No esperaba encontrarme con ella, grande, inútil en este época. Había olvidado incluso que en algún rincón de mi enorme maletero de 25m2, del cual todavía me asombra su tamaño, estaba ella. Su aspecto no es que fuera imponente. Aún con el tiempo transcurrido, en el cual perdemos muchas veces la perspectiva de los tamaños, ella luce menos que otras. La verdad es que nunca fue de las mejores o más alta tecnología, pero a mi me funcionaba. Tampoco era la más eficiente. Tenía algunos defectos que me sacaban de quicio, pero la necesidad era mucha, no había otra opción mejor y la seguía usando.
Mi nieta Victoria con sólo 9 años no había visto nunca una. Explicarle que “eso” que estaba allí hacía las mismas funciones que su teclado, pero que a diferencia de él, no había margen para borrar sin que quedaran enormes huellas, como pisadas de elefante en la hoja de papel, no fue fácil. Ella nació con la tecnología incorporada, digamos que casi en el ADN y su único comentario fue ¡Qué fastidio…¡ pero dicho con otras palabras, ( a pesar de la prohibición del uso de ciertas expresiones). Pero es verdad, era una completa ladilla.
Recuerdo que ésta en especial, ya que tuve varias, montaba las “R” y no había forma de marcar una “Y”, sin que tuviera que repasar dos veces la misma tecla, con lo que eso significaba el tener que retroceder el carro, para hacer la operación. Reconozco que esto activaba mi imaginación. Trataba de no escribir nada que estuviera unido por la conjunción copulativa, evitaba como a una gripe, todas las palabras que la tuvieran. Así que, del verbo haber el “haya” estaba execrado; los mayas, rayas, sayas, atalayas, boyas, vaya, debían ser sustituidos por primitivos habitantes de la región mexicana con cultura y conocimientos avanzados, y de igual manera seguir con líneas, vestidos, miradores, demarcadores marinos, diríjase, y toda esa parafernalia ,aunque su significado no fuera exactamente el mismo que la palabra que estaba vetada o tuviera que escribir de más.
Pero allí estaba ella mirándome desde su estuche verde oliva, rígido como caja mortuoria, todo empolvado, con rastros de varias batallas y mudanzas. Había sobrevivido creo que por más de cuarenta años y al verla mi corazón se encogió, se hizo papilla, y caí en lo que yo temía: la paralización muscular que me impidió alzar mis brazos, tomar mi vieja máquina de escribir y botarla a la basura para siempre, con otros cachivaches. No me sentí capaz. Fui cobarde; total todavía tengo espacio en mi enormeeeeeee maletero para un recuerdo del pasado y para animarme me dije: ¡Quien quita ¡ que a lo mejor tenga un valor como objeto de museo dentro de pocos años.
Hasta luego mi vieja Rémington, hasta la próxima limpieza. Eso si, no te garantizo nada, si es otro(a) quien la hace. No todos son tan débiles como yo, o se aferran a cualquier hilo para no dejar de tejer sus recuerdos.

2 comentarios:

valentina dijo...

Lita no sabes como me rei! Hoy estuve haciendo limpieza de escritorio y me siento totalmente idenficada.

valentina dijo...

Lita no sabes como me rei! Coincidencialmente hoy hice limpieza de escritorio. Te entiendo perfectamente.