jueves, 26 de noviembre de 2009

Vida de retos


Aquiles Araque cumplía cada día un reto particular cuando se montaba en su moto: llegar al sitio encomendado en tiempo record. Al igual que un atleta que quiere mejorar su marca con la práctica diaria para obtener una victoria, la personal del vivaz joven era bajar los tiempos en una alocada carrera contra el tráfico, los huecos o pavimento irregular, el sol o la lluvia y cualquier obstáculo que se le pusiera adelante. No había semáforo que respetar, los fiscales de tránsito eran evadidos sin ningún remordimiento y como corona para tal comportamiento se ufanaba en que no tenía ni una sola boleta por causa de alguna de estas infracciones. El propio vivo criollo que no respeta las leyes y es más goza con ello.
Así se le oía hablar
—Hoy hice un recorrido de punta a punta, Petare a Caricuao y solo me tomó 10 minutos.
O esta otra
—Me comí 15 semáforos seguiditos. Los conté uno a uno y ni un choquecito.
Las hazañas de Aquiles le valieron el orgulloso remoquete de Flecha Veloz.
Hay que decir que en la empresa donde trabajaba todos contaban con que el orgullo de Flecha Veloz para llegar lo más rápido posible a un sitio, les solucionarían los problemas de entregas urgentes.
Confieso que yo misma me aproveché de esa debilidad de Aquiles Araque de coquetear con el suicidio, de jugar al Superman pero sin cambio de ropa y en moto.
Un día debía de entregar ineludiblemente unos documentos como parte de unas pruebas judiciales. Eran las 10y 30 AM del día señalado para el acto, yo me encontraba en mi oficina ubicada en Buena Vista (Petare) y todavía los benditos papeles no habían llegado a mis manos y lo que es peor estaban en lo más lejano de El Junquito. Estaba segura de que era imposible que Flecha Veloz fuera a buscarlos y me los llevara a la oficina, para a su vez, yo llevarlos a los Tribunales ubicados muy cercanos a La Casona, antes de las 11 AM.
Me equivocaba. Ese era un reto que él no podía dejar escapar. Aceptarlo, exprimir el tiempo, beber del cáliz del peligro hasta la última gota, sentir el vértigo de corretear entre buses, automovilistas agresivos, sortear a los fiscales motorizados que le podían dar caza; todo eso era lo que le daba el sabor a su vida , ( además de la suculenta gratificación prometida).

Nunca supe cómo lo hizo, pero ese día Flecha Veloz debió haberle puesto alas a su potente Suzuki Katana 380cc y adornados como estaban sus manubrios con flecos de colores, con el tubo de escape cromado, rines especiales y un sin fin de periquitos más, de seguro se convirtió en un Avis rara que voló cual papagayo en un día de viento.
La última vez que lo vi fue cuando estaba retirando su cheque de la liquidación de la empresa. Lo habían despedido porque en una loca carrera por la Cota Mil se le cayó el maletín donde estaban todas las facturas por cobrar. En medio del tráfico y el aguacero que caía, no pudo recuperar ninguna y los deudores felices y gracias.
Ayer me encontré con él después de más de quince años sin saber de su vida. Estaba sentado detrás de un escritorio. De momento no lo reconocí, fue él quien lo hizo y me llamó. Me le acerqué y vi como estaba trabajando en el sellado de un montón de planillas. A cada una de las hojas debía ponerle como cinco marcas con el pomposo nombre de República Bolivariana de Venezuela y el larguisimo Ministerio del Poder popular, etc, etc. La rapidez con la que estampaba el sello, la pericia con que lo mojaba en un colchón de tinta y volvía a poner el sello sobre las hojas, me causó risa. Le comenté en tono burlón

— ¿Estás rompiendo otro record con las planillas selladas?
Antes de que alcanzara a contestarme lo observé.
Lucía maltratado por la vida. El bigote a lo dandy de los 40, que antes tenía, se convirtió en uno grueso y poblado que le cubría todo el labio superior. Una cicatriz muy visible en el lado derecho de la frente me hizo suponer que en algún momento había perdido alguno de sus retos y además había ganado más de 20 Kg.
Muy serio me contestó:
—Pues sí. A esta hora ya llevo 150 planillas selladas, 20 más que ayer a la misma hora. Es lo único que me queda por hacer, porque mire –y se separó un poco del escritorio— ya no me quedan piernas para montarme en la moto. Ahora sólo soy Sello Veloz.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Viaje por País Portátil



Han pasado más de 24 años del cambalache de mis libros, entre los que estaba aquella primera edición, por una sentencia de divorcio, y más de 40 de su primera publicación. La ciudad protagonista, esa Caracas que era fácil reconocer en las imágenes y los apuntes de las esquinas y avenidas, en sus sitios emblemáticos, en el nombre de los carteles y vitrinas, en las tiendas ya desaparecidas como Sears y El Almacén Americano, se ha alterado y pasado a ser de la vedette protagonista a la ciudad víctima.
La ciudad se contagió con el miedo que Andrés Barazarte trajo por una tarde y media entre sus piernas y se volvió presa recelosa, aprensiva. La atacó el mal de amores y abandono de Ernestina y ya no es ni la caricatura de la urbe esperanza para los que venían, no sólo del medio provinciano, sino de más allá de los mares. Se le escurrió la savia del progreso por los canales de la improvisación y el desdén. Se le volvió el cuerpo áspero como caparazón de morrocoy o como Hortensia se quedó prendido y tieso en algún sello de correos o en el gastado slogan que la alababa como la sucursal del cielo. Ya no se percibe el olor a mandarina que traía Delia cuando se acercaba, tan firme en sus ideas, centrada en lo que quería, segura de lo que estaba haciendo.
Ahora nos invade la dispersión y nos resignamos ante la inminente tragedia. La indiferencia nos ha postrado y hecho sus vasallos. Hay miles de Angélica sin voluntad de lucha, contra unos pocos, casualmente jóvenes e idealistas, que aún pretenden, aunque no puedan, dar batallas. A diario se apuesta a la sombra de la ilusión. Se pelea sabiendo que el oponente tiene plomo en los guantes.
La guerrilla y terrorismo urbano ha sido suplantado por una optimizada violencia aún más peligrosa y carente de ideales, (si es que aquella alguna vez los tuvo). Ahora son bandas armadas que se han repartido la ciudad y obedecen a la ley del revolver asegurados por la impunidad.
La fogosidad juvenil se ha alterado para generar el sicariato y los sitios más cercanos a nuestras fronteras, son ahora la guarida o escondite protector para los irregulares armados del país vecino, con total anuencia de parte del gobierno.
La provincia que conoció de las pequeñas guerras civiles entre liberales y godos, retratados en los recuerdos del abuelo de Andrés, ahora las ha trasmutado y vive las escaramuzas de las invasiones aupadas por las autoridades, que le dan el visto bueno mediante decretos firmados con la complicidad de una supuesta representación del pueblo.
Hay una mutación de valores y consignas, pero la barbarie sigue tiñendo de rojo la tierra. La humedad en los rostros no alcanza para regar y hacer fértil a la tierra abandonada.
Los desmanes de la mano militar que tanto nos azotó durante los últimos años de siglo XIX y la primera parte del siglo XX, pinceladas en la memoria del abuelo, que formaron la historia de los Barazarte, sólo ha cambiado de nombres y buscado el aval con la burla del sufragio amañado.
El Guaire, nuestro testigo siempre presente, sigue trayendo como bien lo decía Andrés, su carga de excrementos, miseria líquida que todavía ningún gobierno, ni los de antes ni los de ahora, consiguen revertir. Sólo que al presente el resoplido de una ciudad que ha crecido más allá de lo estrecho que el valle lo permitía, se escucha con fuerza atronadora y es posible que en un corto plazo nos devore como un dragón acorralado, con el poder y el coraje de quien no tiene nada que perder.
Terminé mi viaje por País Portátil, es decir su relectura con la amargura y seguridad de que lo planteado allí, seguirá teniendo un acento de vigencia en esta ciudad desmerecida, en este país desprotegido. De que la invasión benefactora de los provincianos del mundo, que se narraba en la obra, sigue pero con el disfraz de una ayuda en salud, deportes o tecnología, sólo que ahora provienen de las tiranías; no sólo las vecinas caribeñas, sino las que existen a miles de kilómetros, y que se nos hacen cercanas por la sola voluntad de un único hombre. Cambiamos la vieja y tramposa Guipuzcoana, por el comercio en desventaja con el socio alcahuete, que se aprovecha del delirio de un poseso.
Nada ha cambiado en la esencia, solo se ha mutado para convertirse en algo más desgarrador: la conciencia de que seguimos siendo un país para llevarlo no en un maletín, sino en las únicas manos de quienes por su incapacidad y afán autoritario nos conducen al naufragio y a tiempos que se creían superados.
Y me viene a la memoria la canción de Rubén Blades
Se vende un país portátil/ con su autoestima en el suelo
Con un enorme complejo/ que lo hace antinacional
Es un lugar sin memoria/ donde ya nada sorprende
Ni ver crimen indultado/ o a un charlatán presidente.

Tejer con los recuerdos


El sábado fue día de limpieza de cachivaches. Esa es una tarea que odio hacer. No solo por lo engorroso, sino porque confieso que me cuesta botar las cosas viejas. Me encuentro de primera en la lista de la que acumula peroles, recuerdos, estampitas, tarjetas de bautizo, de invitación a bodas y cuanto papel creo que sirva para aferrarme a mis recuerdos.
No es tarea fácil desprenderse de la memoria convertida en tan diversos y disímiles surcos. Cada uno me hunde en momentos y al fin de cuentas ¿Qué somos sin nuestro pasado?
No esperaba encontrarme con ella, grande, inútil en este época. Había olvidado incluso que en algún rincón de mi enorme maletero de 25m2, del cual todavía me asombra su tamaño, estaba ella. Su aspecto no es que fuera imponente. Aún con el tiempo transcurrido, en el cual perdemos muchas veces la perspectiva de los tamaños, ella luce menos que otras. La verdad es que nunca fue de las mejores o más alta tecnología, pero a mi me funcionaba. Tampoco era la más eficiente. Tenía algunos defectos que me sacaban de quicio, pero la necesidad era mucha, no había otra opción mejor y la seguía usando.
Mi nieta Victoria con sólo 9 años no había visto nunca una. Explicarle que “eso” que estaba allí hacía las mismas funciones que su teclado, pero que a diferencia de él, no había margen para borrar sin que quedaran enormes huellas, como pisadas de elefante en la hoja de papel, no fue fácil. Ella nació con la tecnología incorporada, digamos que casi en el ADN y su único comentario fue ¡Qué fastidio…¡ pero dicho con otras palabras, ( a pesar de la prohibición del uso de ciertas expresiones). Pero es verdad, era una completa ladilla.
Recuerdo que ésta en especial, ya que tuve varias, montaba las “R” y no había forma de marcar una “Y”, sin que tuviera que repasar dos veces la misma tecla, con lo que eso significaba el tener que retroceder el carro, para hacer la operación. Reconozco que esto activaba mi imaginación. Trataba de no escribir nada que estuviera unido por la conjunción copulativa, evitaba como a una gripe, todas las palabras que la tuvieran. Así que, del verbo haber el “haya” estaba execrado; los mayas, rayas, sayas, atalayas, boyas, vaya, debían ser sustituidos por primitivos habitantes de la región mexicana con cultura y conocimientos avanzados, y de igual manera seguir con líneas, vestidos, miradores, demarcadores marinos, diríjase, y toda esa parafernalia ,aunque su significado no fuera exactamente el mismo que la palabra que estaba vetada o tuviera que escribir de más.
Pero allí estaba ella mirándome desde su estuche verde oliva, rígido como caja mortuoria, todo empolvado, con rastros de varias batallas y mudanzas. Había sobrevivido creo que por más de cuarenta años y al verla mi corazón se encogió, se hizo papilla, y caí en lo que yo temía: la paralización muscular que me impidió alzar mis brazos, tomar mi vieja máquina de escribir y botarla a la basura para siempre, con otros cachivaches. No me sentí capaz. Fui cobarde; total todavía tengo espacio en mi enormeeeeeee maletero para un recuerdo del pasado y para animarme me dije: ¡Quien quita ¡ que a lo mejor tenga un valor como objeto de museo dentro de pocos años.
Hasta luego mi vieja Rémington, hasta la próxima limpieza. Eso si, no te garantizo nada, si es otro(a) quien la hace. No todos son tan débiles como yo, o se aferran a cualquier hilo para no dejar de tejer sus recuerdos.

sábado, 31 de octubre de 2009

Para no perder el hilo

La tertulia del grupo Visión, programada para el día jueves 29 se nos fue escuchando el tímido canto de un colibrí y el escandaloso y colorido parloteo de una guacamaya, que desde la casa vecina interrumpía la cálida voz del escritor Eduardo Liendo, mientras hacía la presentación de Para no perder el hilo.
Este es el título del último libro de Krina Ber, la políglota narradora que a través de sus páginas nos lleva por ese mundo ficcional en el cual, sin embargo, se nos hace fácil ver parte de su propia historia. Esos orígenes que ella misma se encarga de aclarar en el cuento o historia incluido al final del libro llamado Carta a Clara Ostfeld. (Aqui comparto con Krina, y de testigo Para no perder el hilo.)
La suave brisa de una tarde con un cielo gris, presagiando una lluvia que nunca llegó, nos arropó y llevó a caminar por el mundo mágico de Krina, y sus historias que se cuentan a sí mismas. Con ese recorrer de los espacios donde las acciones y los personajes se mueven llevados por una narrativa fácil, que invita a seguir leyendo. En sus descripciones se nota la mano de la Arquitecta graduada tanto en Lausanne – Suiza, como en la UCV.
Liendo en su presentación nos remontó a los inicios de la escritora como tallerista en un curso que él dictaba en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y como ella se fue formando en las conjugaciones de los tránsitivos, iregulares y las clases de verbos del castellano hasta dominarlos y hacerla su lengua de escritora. Nos habló de su sorpresa al ver que su alumna de raro acento no sólo continuó escribiendo, sino que además comenzó a ser reconocida y famosa. Varios son los galordones que Krina ha obtenido en su incursión en varios certamenes de cuentos, además de que éste es ya su segundo libro junto a otro llamado Cuentos con agujeros.
Al glosar sus cuentos tal como en Amor, ganador del concurso de cuentos El Nacional del 2.007; nos damos cuenta como allí se trata a ese sentimiento universal desde lo cuotidiano, imbuido en la costumbre, pero no por ello menos fuerte y valedero; en Invasión Animal la trama se vuelve compleja y tiene un inesperado final o Los dibujos de Lisboa, esos cuentos de más allá del Atlántico, que incluyen en el texto del libro, algunos dibujos de la propia autora trazados en fina plumilla, nos dejaron momentos gratos que además contaron con la amabilidad de la anfitriona y dueña de casa Morella Mirousky.
Una tarde que como todas en las que invita el grupo Visión nos dejan con la ansiedad de un nuevo y placentero encuentro.


(Aqui Eduardo Liendo y la autora Krina Ber, comparten sonrisas después de la tertulia.)
De inmediato vendría el bridis y el disfrute del delicioso obsequio de tostadas mexicanas , con todo el arsenal de acompañamientos , obra de la mano de nuestra anfitriona.
Desde ya se cursó la invitación para el proximo jueves 27 de noviembre donde de seguro Antonieta Madrid y su libro Feelings, nos haran pasar otra tarde estupenda..

viernes, 23 de octubre de 2009

Buenos días tristeza




Buenos días, tristeza (fragmento)


" Dudo en llamar con el nombre bello y serio de tristeza, a este sentimiento desconocido cuya dulzura y cuyo dolor me tienen obsesionada. Es un sentimiento tan completo y egoísta que me llega a dar vergüenza, mientras que la tristeza me ha parecido siempre honrosa. Conocía el arrepentimiento, el fastidio y hasta el remordimiento. La tristeza, no. Ahora siento algo que me envuelve, como una seda enervante y dulce, y que me separa de los demás”.

En 1954 una joven que se hacia llamar Francoise Sagan, aunque su verdadero apellido era Quoirez, publicaba Bonjour tristesse, una novela destinada a marcar época, tal como lo fue el movimiento cinematográfico que también recién comenzaba y que dio por llamarse la nouvelle vague (nueva ola).
Este titulo me vino, como un flash, a la memoria y al releer las primeras frases del libro, las cuales copio al inicio, a mí también me invadió un sentimiento que no supe describir, cuando lo asocié a las circunstancias y hechos que están pasando en nuestro país.
La semana pasada fue de despedidas, algunas de ellas definitivas. Un amigo fue asesinado sin motivo a sangre fría. No sólo me asaltó la tristeza por la pérdida de un hombre estimado, valioso y lo que ello significa para una familia que queda destruida. Es la certeza de que el hecho no pasará de ser un número más en el índice de crímenes violentos que quedan sin resolver y por ende sin que se haga justicia. Como tampoco la habrá para el hijo de la señora que me ayuda en mis labores de la casa y que fue muerto por presuntos policías a la puerta de su rancho; ciento cincuenta escaleras arriba del barrio La Charneca. Estaba en el lugar y hora equivocados o como piensan algunos era su destino, para llamar de alguna manera lo que no podemos o nos sentimos incapaces de cambiar.
La misma semana unos amigos con los cuales había compartido años de amistad, decidieron probar suerte afuera y cual Hernán Cortes, pero de manera inversa, quemaros las naves para no regresar y la razón más convincente fue: “Este no es el país que queremos para educar a nuestros hijos y nietos”. De ahora en adelante la comunicación con ellos será, quizás, sólo virtual o también los habré perdido.
La ilusión de tomar unos días de descanso aprovechando el feriado del lunes, se quedó congelada, como en una fotografía, después de que me llegaron las noticias de que los paseantes hacia las playas, estaban atrapados en una cola que parecía no tener fin. Desistí del viaje para poder disfrutar del racionamiento de agua obligado que me ha tocado en estos días.
Esta sucesión de hechos me dieron una visión panorámica de que a mi alrededor mi mundo se desmorona paso a paso y mi cabeza dando vueltas, sintiendo que un sentimiento extraño, mezcla de muchos me ha tomado y hecho su presa.
Es de desolación cuando paso a diario por el liceo cercano a mi casa y el muro que se derrumbó hace más de cuatro meses aún está parte en el suelo y parte recostado de un árbol, a quien tiene prisionero, como pretenden tener a la educación que se imparte cercana a él.
Es de rabia cuando por el tubo roto en la calle, la desidia hace que se pierda el agua potable desde hace dos semanas, mientras una urbanización completa sufre de racionamiento y por otra parte un poco más lejos hay un vecino inconsciente que lava su carro a manguera abierta.
Es de dolor que viene desde muy adentro cuando quien tiene el poder en sus manos sigue mintiendo y todavía hay quien le cree o quien piensa que lo está haciendo bien, y que lo que está mal, es porque no le llega sus manos. El Supremo no lo sabe.
¿Cómo llamar entonces a esta amalgama de sensaciones que me enfrentan a diario con la espantosa realidad?
No se darle un nombre cierto, pero lo termino asociando de igual manera al titulo de la novela de Adriano González León: País portátil.
Estamos perdiendo al país, a nuestra gente, a sus jóvenes talentos que huyen en busca del futuro, de reconocimientos que se basen sólo en sus habilidades y no en el color rojo de una servil camisa, que los transforman en testigos mudos de la destrucción. Estamos jugando al azar, con las cartas a favor, pero con un jugador tramposo, improvisado, disperso, que confisca nuestros ases y nunca nos dejará ganar.
Nos adentramos desde hace diez años en un túnel del que parece no hay escapatoria. Cada día, al igual que en la novela de González León, deseamos refundar al país, que deje de ser una balsa moviéndose al influjo de la corriente. Que se asiente, que eche pa`lante, que llegue al primer mundo. Pero las maletas siempre se extravían, se quedan perdidas en las sombras, en las manos de los truhanes.
No es fácil llegar. Para salir de este estado tenemos que de forma obligada buscar el contraste, mirar hacia la luz. Dejarnos bañar por las pocas cosas buenas que nos animan a no decaer. Volver la mirada hacia esa juventud que si acepta los retos y no teme batallar con las únicas armas del ayuno forzoso y las manos pintadas de blanco. Habrá que construir partiendo de nuestros laberintos y miedos.
Nombrar a este sentimiento o mezcla de ellos, con la palabra tristeza no es suficiente; no abarca siquiera esta impresión de pesimismo, de insatisfacción, de ganas de llorar, de tener la certeza que la ineficiencia e incapacidad para hallar soluciones está muy lejana.
Sin embargo, mientras no encuentre una mejor y mi país deje de ser portátil, tendré que usar todos los días la única que tengo, como frase de bienvenida a cada amanecer: Buenos días, tristeza.
Para romper el maleficio de esas palabras aquí escritas, de alguna manera deberé yo también entrar en la contienda; animar a que otros se sumen. Juntar miles de gotas para hacer un río libertario que se meta por las hendiduras de todos los desastres y desborde como savia renovadora, para que podamos escribir un nuevo destino y las palabras tristes queden holladas o se las lleve el viento.
Sólo así se podrá trocar la tristeza en alegría, la desolación en esperanza y ya podremos prescindir de buscar una nueva palabra.

(Foto de desidias.wordpress.com)

lunes, 28 de septiembre de 2009

Encuentro con el autor de Indio desnudo


Antonieta Madrid, Antonio López Ortega, Ileana Hernández, Iris Verastegui y Krina Ber


El paralelismo...escribir en dos tiempos...


Una tarde para el recuerdo.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Indio desnudo



En otra oportunidad ya había tenido el placer de compartir con los integrantes del grupo Visión una tarde de lectura. El pasado jueves 24 la cita tenía un invitado por mi conocido y por ello admirado: el escritor Antonio López Ortega.
La tarde prometía ser interesante y amena, ya que se hablaría sobre su último libro, con un titulo tan sugestivo como es el de Indio desnudo, que nos acercaba con curiosidad a desvelar su significado.
Con las palabras de inicio de la también escritora Antonieta Madrid nos fuimos adentrando en descubrir la esencia y origen de cada uno de los quince relatos que conforman las 292 páginas, llenas de una narrativa que va desde adentro, desde la memoria, pero impregnarla con una ficción que a veces nos resulta difícil descubrir cuanto de verdad o realidad hay en ella. De la mano del autor, como en un juego de imaginación nos vemos caminando por París en El otro seno o en Verano Asesino ; no dejamos de soñar con Granada y su Alhambra y sorprendernos con el inesperado final de Inmaculada; nos recrearnos en el paisaje de un Choroní que permanece atado a los recuerdos a través de la seducción del cuento Con la copa en los labios y a sufrir con lo que presentimos pasará en Ahogo; a vivir la tragedia de Vargas con los deslaves del año 99 en La pulsera y en la angustiante espera en el camino por el gruero que no llega y la subsecuente lluvia torrencial que nos descubren al árbol que le da título al libro : Indio desnudo.
La extensa obra publicada de López Ortega es el aval que sostiene esta narrativa que se inventa desde la palabra con sentimiento, con una poesía que nos cautiva y nos incita a seguir leyendo cada uno de los relatos. Con ese sabor localista que se va perdiendo, pero que el autor le imprime a sus ficciones para que de esa manera siempre queden testimonios.
Escuchar del propio autor como fue tejiendo Conquista de Marte, desde un paralelismo y por causa de un obligatorio encierro, nos hace pensar que la creación está unida como una sola, entre las historias y las imágenes que guardamos aferradas a la memoria, como bien citó en palabras del poeta Juan Sánchez López:
A fondo memoria mía, para que no extravíes en la estación final ni un átomo en las cuantas de la angustiosa cosecha.”
Con seguridad, Antonio López Ortega siguió con paso firme cada una de las huellas de su memoria y extrajo de allí una bella cosecha.
La presencia en esa tarde de lectura de Krina Ber y el propio anfitrión Heberto Camero, completó el cuarteto de escritores, junto a la presentadora, para que de verdad fuera una tarde gratificante, de esas que queremos se repitan a menudo. Que así sea.
( En la foto Heberto Camero, Antonieta Madrid, Antonio López Ortega y Krina Ber.)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Súplica oída


El día para el cabo Celenio Urdaneta había comenzado cuando aún el sol no despuntaba. Para ascender y poder formar parte del nuevo cuerpo élite de la Policía Nacional tenía que cumplir un agotador entrenamiento que duraría seis meses. Apenas estaba en la primera semana y el cuerpo de 37 años del Cabo resentía las largas jornadas a pleno sol con una temperatura que en muchas ocasiones eran superiores a los 40 C. Su esposa Eunice lo había alentado a inscribirse en el programa, ya que era la única forma de que mejoraran su condición económica, pero muy dentro de sí, él ya estaba arrepentido de su decisión.
La marcha seguía, los brazos no podían acoplarse a las piernas tensas, la respiración se le hacía cada vez y con cada paso más agitada. El sudor comenzó a cambiar su cara morena y le daba el aspecto del lodo húmedo, como un aviso de que la excesiva sudoración amenazaba con deshidratarlo.
Oía el redoble del paso firme de los otros compañeros sobre el pavimento y al Cabo le parecía que eran las pisadas de una manada de paquidermos que se hubiesen escapado y vinieran a arrollarlo. Su corazón le latía con tanta fuerza que supuso, por el dolor que experimentaba, que uno de la manada lo había alcanzado y hecho su presa. Trató de tomar una bocanada mayor de aire para compensar la falta que sentía y alzó su mirada al cielo. Un manto de nubes negras se veían a lo lejos, por los lados de Petare. Con el poco aliento que le quedaba hizo una súplica para que se desatara una tormenta y todo terminara.
Mientras el uniforme de Celenio se empapaba de sudor y él miraba al cielo, un temblor frío lo tambaleó por momentos y no vio una piedra que estaba en el camino. El Cabo se desplomó y cayó sobre su cara. Lo último que oyó antes de perder el sentido, fueron las palabras de su Sargento Mayor:
—Levántese flojo marica o dormirá para siempre en el calabozo de castigo.
La tormenta se desató en forma de lágrimas cuando la noticia llegó hasta Eunice.

Caracas y la soledad

Miradas del norte al sur

La cobija verde que ocupa el norte de la ciudad a medida que se aleja de mis ojos pareciera que además de distante, no me perteneciera. Está allí para recordarme al mirarla de frente, como punto cardinal que es, que lo que está detrás de mi es un sur bordado por espacios que parecen islas. Las ha formado el río, que no sólo divide a la ciudad, sino que la hace vulnerable en tiempos de lluvia, como reclamando ese espacio que cada día le quitamos.
Esa falda extendida como un haz que traza caminos hasta el río, al llegar allí no sabe donde ir. Busca un escape en los pocos puentes que logran darle la mano al otro lado. Es la montaña amiga que necesita un paso para recuperar el perfume que alguna vez debió de tener el río, con sus riberas sembradas de juncos y bambuquillos haciendo fiesta con las hojas secas. y que ahora se presenta deslucido y pestilente.
La pared de bosques, fauna y flora que me mira desde su altura, también hace de muralla e impide que la ciudad se desarrolle a lo ancho del valle. Es la excusa para buscar la cercanía a las nubes, en un afán por no perder el dialogo con ese cielo del cual se cree su semejante.
Otras veces ese mismo amparo de la imponente montaña se vuelve furia y lodo. Las laderas dejan caer lágrimas como rocas que lo arrastran todo y reclaman la invasión de sus canales. En esos momentos se rompen las quimeras de que el gran escudo o pulmón verde es vida para la ciudad y el lenguaje que ella habla de desolación .
Caracas de norte a sur patenta con sello propio la incomunicación. Es como si se rompiera el diálogo de la montaña con la parte de la ciudad que está al otro lado del río. Se quedan cortas las palabras para que nuestra capital sea siempre amigable y sus brazos formen cientos de cruces con la serpiente líquida que la parte en dos.

En el ojo de la ciudad.

El tráfico está detenido, unas chispas comienzan a mojar mi parabrisas y entre gotas veo a una pareja que ajena a lo que sucede a su alrededor, se besa con pasión. Desde mi refugio, que es en estos momentos mi automóvil, veo que son dos jóvenes sentados en un banco, muy cerca desde donde alguna vez la estatua de Cristóbal Colon señalaba hacia el nacimiento de un nuevo mundo.
Ella no tendrá más de dieciséis años, él unos pocos más; pero lo que me asombra con cierta envidia, es la capacidad de aislarse, de vivir su fantasía como si estuviesen en una isla desierta y no cerca del eje vial más concurrido y traficado de esa confluencia que forman los accesos a la autopista del este y a la Universidad Central de Venezuela.
La realidad es que Caracas nos arropa de una manera diferente a cada uno. Unos la viven sin prisa, ajenos al tumulto, inconscientes de la fragilidad de esa calma. Yo, en contraste, me enfrento desde un encierro voluntario dentro del automóvil, cercana sólo a la música que oigo desde el reproductor de CD. Obligada observadora desde el mínimo visor que me dan los vidrios delanteros, los únicos sin cubierta de papel que me aísla de miradas externas.

Camino al lejano oeste

Voy manejando en un estado de atención máxima, con rumbo al extremo oeste de la ciudad. He salido de mi habitual entorno en el sureste y pretendo llegar a tiempo (a la 9 A.m.) hasta la Universidad Católica Andrés Bello para asistir al acto de graduación de mi hija. No conozco bien esas zonas y temo perderme. La última vez que recorrí ese mismo camino por un compromiso similar fue hace casi 30 años. Las cosas de seguro han cambiado.
Mi viaje comenzó desde temprano, ya que no es fácil viniendo del sureste evadir el tráfico mañanero. Un golpe seco me distrae de mis cavilaciones. Vuelvo la cabeza hacia donde el ruido ha perturbado el incesante corneteo de las siete de la mañana y descubro con ira, que un jinete sobre un motor japonés me ha doblado el espejo retrovisor del lado derecho. No me da ni tiempo de pensar en discutir el daño; un enjambre similar aprovecha el espacio libre y se cuela por donde mismo huyó el agresor, como una bandada de cuervos de distintos colores, que rugen sus máquinas como si tantearan al suicidio. A la fuerza cualquier vestigio de ira se troca en impotencia y resignación.
Me concentro en reconocer el paisaje, con la sinuosa corriente que trae las miserias desde más atrás, siempre a mi izquierda, dividiendo el camino que separa el mismo mundo de edificios altos llenos de ropa tendida en sus balcones, como banderas que pregonaran libertad, a pesar del encierro en esos espacios. Veo que a mi frente en los cerros menos altos que nuestro Ávila, se abrazan el zinc con las paredes sin frisar como amigos en las desdichas . A través de cientos de cables y antenas de TV, distingo entre las lenguas de basura algunas escaleras, como laberintos sin un hilo de Ariadna, dónde en cualquier recodo la sorpresa tendrá la forma de un arma.
Sigo dentro de mi pequeño mundo cerrado, con el aire acondicionado puesto al límite, con la única compañia de mi sombra encerrada junto a los censores puestos en alerta permanente y confirmo que el calor de afuera no es el enemigo, sino el posible provocador que surge de improviso. Que es él la razón por la cual, por temor a bajar el vidrio, prescindo de las ganas de solidarizarme con el malabarista ocasional o con el indigente de la mirada perdida entre el ocio y el hambre. Llego al fin a mi destino y reconozco que el viaje me conectó con una parte de mi ciudad que me era completamente ajena.

La esperanza en el contraste

Caracas ha dejado de ser la madre protectora bajo cuyas faldas floreadas con campin melao, mirábamos bajar desde El Ávila la neblina al atardecer y la temperatura comenzaba a hacerse más fresca, como caricias de enamorados.
Ahora estamos ante una insalvable lejanía de todas las cosas gratas que ya no volverán y que hacen de este valle un calvario con más estaciones que la línea uno del metro. Dónde en las caídas será difícil que te encuentres al Cirineo salvador.
Como contrapeso a ese calvario existe la ciudad que se ríe de sí misma, que habla por celular a toda hora y en cualquier lugar; que irrespeta la puntualidad porque se dice informal, sin que por ello parezca antipática. Que abraza, apenas conoce alguien, con ademán de un beso en la mejilla; la que habla en las colas con el desconocido que está adelante sin el ánimo alterado por la espera y hasta se atreve, aunque cada día menos, a darles su nombre y demás señas.
Existe la ciudad que hace de todo un chiste para ignorar que al menor descuido te pueden devorar; la que se abandona a la frivolidad y juega a lo sociable para ocultar la derrota de su propio encierro. La que camina en manada en el metro y tropieza sin dar una disculpa, aunque nadie parece pedirla.
La ciudad nos atrapa en su aire y gentilicio formado al calor de muchas etnias y culturas y hace impensable resistirnos a su trucada magia. Vivimos en el gran sombrero de copa y ya pocas cosas nos dejan sorprendidos.

De vuelta a casa.

Se ha hecho de noche y ha vuelto a llover. Emprendo el regreso y esta vez no veo a parejas de amantes cerca; sólo las luces agresivas de unos pocos automóviles iluminan la autopista que se extiende negra y húmeda como una lengua que quisiera devorarme. Se dispersan con prisa como soldados de un ejército vencido, con la esperanza de que la noche les traiga el armisticio de las sombras y el descanso reparador que los aliente para la nueva jornada.
El día ha sido largo y sin embargo yo siento que en Caracas la soledad no tiene más historia que la personal que cada quien lleva. Me rebelo al pensar que pasemos de abiertos y francos , a ser obligados solitarios.
Caracas está aquí cercana a todos, llena de luz para que a cada quien se le revele o la descubra a su manera y así marque con su propio paso como quiere vivir el día a día.
Miro al frente, la cobija verde se ha vuelto negra y como velo de viuda esconde la tristeza al comprobar que aún a la ciudad dormida la domina el miedo.
La foto : El Ávila oleo por Raul Moleiro ( 1.982)

sábado, 15 de agosto de 2009

Carta a Valentina


Querida Valentina.

A sólo un día de que partas para ese viaje que te alejará de nosotros por varios meses, pero que significará un paso muy importante en tu desarrollo profesional, me encuentro pensando ¿Cuál será el sabor de tu ausencia?
Mientras en esta semana, se vieron en el cielo la lluvia de luces de Las Persíades, mañana una de mis cinco estrellas dejará de estar al alcance de mis ojos, cercana para un abrazo, vecina inmediata para que escuche su voz. Para disfrutar de la forma especial de contar sus cosas, con ese toque de humor y de profunda madurez. Para oír su risa y ver iluminarse sus ojos, tan pequeños como grande es la ternura de su mirada. Para deleitarme con su sonrisa, tan parecida a un día de sol o a una noche de estreno con los aplausos de una sala llena.
Es así que me entra el sobresalto de no saber si podré acostumbrarme; que me lleno de temor porque siento que los días convertidos en muchos meses, se harán más demorados y que tu devoción ya no estará a la vuelta de la esquina, a pesar del Internet, del Facebook y de todos los adelantos tecnológicos, los cuales como sabes bien sólo domino a medias.
Vuelvo mi pensamiento al día en que llegaste, adelantándote casi dos meses a tu hora de nacer, para llenar un diminuto espacio en tu cuna y cubrir con tu cariño, como inmensas nubes que varían de formas en el cielo, todos mis deseos de abuela. Desde ese momento y durante todo tu crecimiento, has pintado mi universo con tus propios colores demostrándome tu amor. Me has dado motivos para sentir el orgullo de que también seas parte de mi carne, y que formes mi particular constelación de estrellas junto a Vanessa, Walewska, Verushka y Victoria.
Con serenidad y criterio has pasado de ser de la niña con su pollina y lentes a la adolescente con acné y después a la esplendida joven que eres ahora, con un futuro que se le abre en mil direcciones, pero que sabe que sólo la constancia y estudio la llevarán al éxito.
Sin embargo no dejo de asombrarme de que tan joven emprendas tu propio vuelo, de que a pesar de tus 21 años ya tengas el timón de tus ilusiones y esperanzas hecho no de vagas e imprecisas decisiones, sino de planchas de acero imbatibles y fuertes. Ante eso sé con certeza que allá en Finlandia, a pesar del frío que puedas sentir, te acompañaran tus sólidos principios forjados en el calor familiar, para seguir el camino correcto y no los atajos de luces vanidosas que te aparten del horizonte de tu estudio y superación.
Mi nieta querida aunque la distancia física sea mucha y traspase fronteras, siempre habrá un grueso hilo que nos unirá tejido con miles de recuerdos y momentos vividos y que te darán las fuerzas necesarias cuando la soledad se instale en tu corazón; cuando el silencio no pueda ser compartido o no tengas la calidez de un abrazo o mano unida a la tuya mientras escuchas la música que te traen las nostalgias.
Quiero que sepas que en esos, que espero sean cortos instantes, yo estaré allí en pensamiento; cubriéndote con abrazos como olas, velando para que tus sueños se cumplan y siguiendo la costumbre de la liturgia infantil, rezando contigo la oración que juntas decíamos antes de irte a dormir: Ángel de mi guarda dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola porque me perdería.
Sólo así, sabiendo que estoy en perfecta sintonía contigo, el sabor de tu ausencia será menos amargo, y hará más llevaderos los meses que te apartan de mí, ya que tendrá la dulzura de la esperanza del reencuentro, cuando hayas cumplido tus metas.
Que Dios te bendiga y traiga de vuelta con más luces para tu intelecto, que tus “Litos” que te adoran aquí estarán esperando por ti con los brazos abiertos y un canasto lleno de besos.

sábado, 25 de abril de 2009

Carta a mi abuelita

20 Febrero 2.009

Mi adorada abuelita.

El mes pasado antes de llevarte al asilo, (o como el tío Nerio le dice para soslayar su culpa: el hogar de reposo), no pude sino observarte cuando ya de salida , con tu cara conmovida, diste una agónica y última mirada, un poco a cada una de las cosas de tu alrededor. Creo que querías llevarte para acompañar a tu soledad sin esperanzas, y antes de que se te desbordara el olvido, todos los recuerdos que allí dejabas. Sé que no te fue posible.
Hoy volví a la que fue tu casa por cuarenta años para archivar en mi memoria, con obstinación de lluvia mañanera, todas las evocaciones que tú no pudiste retener.
Fui a arrancarle tus charlas al sofá de cuero donde recibías a las amigas, para hacer un gran collar y engarzar una a una esas conversaciones en tu ausente memoria; con la esperanza de que a fuerza de revivirlas contigo vuelvan a pintar tu lucidez.
A recoger todos los olores que dejaste esparcidos; los de tus guisos en la cocina; el de las flores que cuidabas en tu jardín; los de las lociones y perfumes que guardabas en tu baño, para regarlos en tu nueva casa, y que ellos oculten los desiguales aromas de botica, antisépticos y alcanfor.
A grabar un CD con todo lo que te era familiar: los trinos de los pájaros cuando al atardecer regresan a sus nidos en los árboles del fondo del patio; el alboroto de tus gallinas en el corral o los maullidos de tu gata Bratislava; el sonido tan particular que tenía el timbre de tu puerta y sobre todo ese ulular del viento cuando mecía los chaguaramos de la entrada, para que los puedas oír como fondo de nuestras conversaciones. Aunque me temo abuelita que al visitarte las palabras serán sólo mías, porqué tú muchas veces no sabrás ni siquiera quien soy yo.
Abuela te cuento que me sorprendí al entrar a tu casa, desconocía que todavía quedaban tantas pertenencias tuyas allí. Creí que después del saqueo que de ellas hicieron mis tíos y primos, sería bien poco lo que quedaba de valor. Pero me equivoqué. Allí estaban en el piso, echadas a un lado como basura “tus queridas cosas”, las que tú amontonabas con celo en la gaveta de tu peinadora, o en aquella enorme caja que casi no cabía en la parte de arriba de tu closet y que muchas veces, con la complicidad que siempre existió entre nosotras, me dejaste ver y hurgar en ellas.
Encontré muchas fotos, la mayoría en blanco y negro. Supongo que ya no te acordarás de las que te tomaron en el barco que te llevó por primera vez a Europa y en el cual conociste al que fue tu misterioso amante. Nunca me quisiste revelar su nombre, pero si me enseñaste sus fotos: era igualito a tu actor preferido Clark Gable. Las vi una y otra vez. Me maravillé con aquella en que lucías feliz con un gran sombrero blanco, sonriéndole al mundo, brillantes tus ojos verdes. ¡Cómo envidié tu figura tan esbelta! Nadie diría que para esa época eras una viuda con cuatro hijos y sólo tenías 35 años. ¡Si parecías una modelo!; con tu Chanel a media pierna o con aquel vestido vaporoso al que el viento levantaba la falda. ¡Que hermosa y distinguida te veías abuela!
Te juro Mamá Carmen, viejita querida, que lo que más pena me dio fue comprobar como tampoco ninguno de los que estuvieron antes que yo en la casa, se quiso llevar tu enorme pintura al óleo donde apareces de cuerpo entero, trajeada de largo, con airoso cuello y serena mirada y aquel peinado en alto de tu melena rubia. Sé que tu belleza hoy haría palidecer a cualquier Miss Venezuela.
Igual de abandonados en el suelo estaban todos tus abanicos, junto a las cientos de cartas y tarjetas recibidas, las que tú guardaste por años con tanto apego.
Estuve largo rato buscando aquellas cartas que recordaba estaban atadas con una cinta verde. Esas que te escribió tu primer novio, el que me contaste que después se convirtió en un famoso escritor y las que estoy segura tú habías respondido con todas las frases bellas que salían de tu corazón enamorado. No las encontré. Espero que fueras tú quien las haya destruido cuando supiste que perdías la batalla y que tu memoria se destejía, se dispersaba hacia el ocaso e iba a quedarse confundida en cualquier rincón de tu casa; sin que pudieras hacer nada para impedirlo. No puedo ni imaginarme siquiera si la chismosa de mi prima Rebecca, las llegó a descubrir. No creo que así fuera, ya que con lo ambiciosa que es, las hubiera subastado en Internet.
Abuela querida te prometo que ahora voy a adentrarme en mis recuerdos, para poder dibujarte con mis palabras todos los que tengo de ti, y así los repasemos al igual que las lecciones de catecismo que tú me dabas. Que te contaré una y mil veces las mismas historias que tú me narrabas; hasta que llegue un momento en que, al igual como yo hacía cuando era niña, seas tú quien continúe con el cuento o adivines su final.
Me las arreglaré para pintar tu nueva habitación con el color rosa que tenías en la tuya y quitarle así ese blanco hospital que siempre te deprimió. Pondré en la ventana la misma cortina de volantes que tú habías hecho, así al correrla en la mañana para que entre el sol, creerás que estás todavía en tu casa de tantos años.
Me aseguraré también de que te puedas arropar con tu colcha de flores y de que no te falte tu viejo mecedor, el mismo donde leías las poesías de José Ángel Buesa y arrullabas a los nietos.
Abuela: No sé por cuánto tiempo más andarás a tientas por tu camino de sombras, sin que las raíces de los recuerdos se desprendan para siempre. Cuántas lagunas irán llenando, hasta dejarla transparente como cristales de hielo, el universo de tu memoria. Quiero que sepas que cuando llegue el día en que ya ni tu nombre puedas recordar; en que tu mirada vague por un infinito que no puedas atrapar; yo estaré cerca para tomarte de la mano y esperar que seas tú quien con suavidad, casi sin rozarme, limpie de mi cara como tantas veces lo hiciste, esas lagrimas que hoy no puedo evitar.
Te quiere tu nieta consentida.
Ileana



(Con esta carta concursé para Cartas de amor de Mont Blanc 2.009. No hubo suerte, pero insistiré el próximo año.)

jueves, 23 de abril de 2009

¿Qué es arte?

En mi reciente visita a una serie de exposiciones que se presentaban en un mismo sitio, esta pregunta se me quedó sin una respuesta lógica y racional.
Allí había tantas manifestaciones diferentes que no me encontraba muy segura de si lo que veía era arte, tal como yo lo entendía u otra cosa: a lo sumo una serie de apreciaciones personales de varios expositores que no me atrevo a definir bajo ningún rubro. Es así como un objeto simple tal cual es una puerta, hecha para una función específica: servir de entrada y salida de un espacio a otro, sólo por estar expuesta en una sala destinada a presentar arte, merecía ser considerada como una obra artística.
La puerta en cuestión,( en la foto) estaba cerrada, pintada de verde y adosada a una pared de ladrillos, lucía inmensamente solitaria y desnuda en medio de la sala. Sin nada que nos indicara en su composición cual era realmente la intención del artista; eso nos hizo pensar que no había ninguna intención específica. A lo sumo burlarse un poco del visitante.
En otra sala, fotografías de gran formato, nos presentaban dentro de un entorno urbano, a diferentes personajes callejeros, transeúntes sin ninguna pose, con sus rostros cubiertos con máscaras de animales. Un conejo, una tigresa, (vestía una falda y así lo deduje), un cerdo, un mono. Atrás de cada uno, edificios, calles, algunas vacías y otras con la estampa de un día y horas cualquiera. Ninguna de ellas me hizo pensar en la belleza o en el mensaje artístico.
Más allá una serie de partes del cuerpo humano, huesos, un dedo, una calavera,; todos ellos recubiertos de acrílico y con un color verde, colocados sobre bases blancas como pequeñas mesas de disección, nos dieron la sensación de haber entrado a una fábrica de esqueletos para fines de estudio. Pero ¿arte? Para mi gusto muy lejos de ello.
Si traslado algunas de las acepciones dentro de la definición que nos da el diccionario de lo que es arte como “cualquier actividad creativa del ser humano que consiste en transformar y combinar materiales, imágenes, sonidos, etc., para transmitir o una idea o un sentimiento y producir un efecto estético”, se puede pensar que sí, efectivamente, hasta una lata que se abolle en algún sitio, (se transformó por la intención de un humano) es arte.
En cuanto al arte en la escritura una sucesión de palabras colocadas sin ninguna armonía, orden y significado, serían ¿arte? Algo así sería muy fácil para quien pretende escribir.
Aquí pongo una muestra :
Atención, esperanto, logro, material, increíble, escupido, alemán, estiércol, lechuza, sigue, pantano, álamo, todo ¿para qué?, espero, colores, ciegos. Si sigo así voy directo a la obtención de un reconocimiento, ( el de loca o infame escritora), pero de premios ...nada.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Sin memoria de elefante


Por los últimos años de la década de los 40 y los recién llegados 50, la construcción surgía de una forma acelerada en lo que se llama el eje mismo, la columna vertebral: el centro de la ciudad. Caracas, la ciudad sin memoria estaba siendo herida, mutilada, en aras del progreso. Un enorme hoyo, como si un meteorito hubiese caído, nos anunciaba que allí era el sitio destinado para las Torres gemelas del futuro Centro Simón Bolívar.
Todo un acontecimiento que atraía la atención de paseantes, ver como eran sacadas de las mismas entrañas cientos y miles de toneladas de tierra por una decena de excavadoras, alineadas como ejércitos invasores que quisieran con los golpes de una gran bola de acero, arrancarle a la fuerza su secreto a la ciudad.
Así fueron cayendo manzanas enteras de casas; perdieron su forma las calles por las cuales pasaba el tranvía, las que albergaron alguna vez a los carros de frutas tirados por caballos, o aquellas que fueron testigos de los paseos de las damas, cuando iban a la Iglesia cubiertas con sus velos de encaje. Con metódica determinación fueron desapareciendo las ventanas con sus poyos, las mismas que acogieron alguna vez a las muchachas en la espera del enamorado.
Mientras las construcciones avanzaban, la ciudad seguía con su acelerado ritmo, de prisa, sin tomar en cuenta que la vida que dejaba atrás se hundía entre el concreto y hormigón. Estaba por desaparecer esa dulce y apacible existencia que se hacía dentro de las casas con sus patios internos llenos de fuentes y árboles, donde cada vecino mantenía la puerta abierta al amigo, que por costumbre, lo visitaba para compartir un café al atardecer. El progreso se imponía. Nada podía detenerlo.

En la esquina de Traposos, a mitad de la cuadra que sigue hacia Colón, ubicada en la planta alta de un pequeño edificio, la academia de ballet de la Nena Coronil se llenaba del polvo de la soberbia edificación vecina. Con no poco esfuerzo y las notas del piano como guía, las niñas y los jóvenes bailarines respiraban acompasados al ritmo de los ejercicios. Parecían una estampa ajena al trepidante mundo que se abría fuera del piso de madera; crujiente bajo los pasos o al recibir la caricia de una punta de pie, que fija en el minúsculo espacio ocupado, desafiaba a la gravedad lo suficiente para sostener con armonía una pierna elevada.
Sin embargo, cuando se acercaban las seis y media de la tarde, ese equilibrio controlado que los hacía danzar como mariposas al toque de la luz; parecía encontrar un acelerador impuesto desde afuera de forma involuntaria, que se extendía como ola sísmica por toda la ciudad y que también los alcanzaba a ellos.
Próximo a esa hora, la gente trataba de apurar el paso para estar cerca de su casa; que no los agarrasen fuera del ámbito de las ondas hertzianas o sin la compañía de un radio. Todavía la televisión no se había hecho la reina del hogar y había que darse prisa para poder escuchar la emisión diaria de la novela de moda, que para aquella época se transmitía en su primera versión radial: “El derecho de Nacer”, del escritor, músico y compositor cubano Félix B. Caignet.
Las desventuras de María Elena del Junco, quien para salvar a su hijo de una muerte segura, confió su crianza en la fiel Mamá Dolores. La historia de los orígenes de Albertico Limonta, fruto de una relación prohibida y pecaminosa, (por haber sido concebido fuera del matrimonio), paralizaba durante media hora todos los días a la ciudad herida, al país entero y ponía el bálsamo de la ilusión en cada radio escucha.
Nadie quería perderse ni un solo capítulo de los infortunios del hijo bastardo, criado por una negra y que después terminó cuidando a su verdadero abuelo: el terrible Don Rafael del Junco, quien había quedado mudo y paralítico victima de un derrame cerebral, después de saber la noticia de que su médico de confianza era el nieto que él había ordenado matar años atrás.
Todos los visos de un verdadero culebrón, pero que significaron el mayor evento radiofónico de aquellos tiempos. Un fenómeno comunicacional que con gran sorpresa, alcanzó total audiencia nacional. En todo el país se formaban cadenas solidarias alrededor de cualquier radio; los negocios permitían y entre ellos la Zapatería Colón, (ubicada en la planta baja de la escuela de ballet), incluso que la gente entrase nada más a escuchar la novela, hasta que la transmisión diaria se terminara. Los medios de trasporte colectivo subían aún más el volumen de sus radios, para que nadie desde el primero hasta el último asiento, se quedara sin disfrutar el melodrama.
Hasta el afamado Billo Frometa compuso una canción sobre .el tema del habla o no del abuelo del Junco. Que si Don Rafael habló, que lo hará esta noche. Así, con el interés siempre en su punto más alto, se llevó la historia hasta el feliz desenlace, durante 314 capítulos, cinco veces a la semana.
Ahora todo parece lejano, la memoria de elefante del citadino no existe, está envuelta en la niebla; habita en la selva de concreto tal como un dinosaurio prehistórico lo hace en un museo y nadie menciona esos eventos asociados con nuestra cada día más cambiante y olvidadiza capital.
De todo lo que el progreso se llevó (Colegio Chávez, Hotel Majestic, parte de la fachada lateral de la Iglesia de Santa Capilla, y más recientemente el Edificio Galipan), sólo quedan viejas fotos archivadas en quien sabe qué lugar y que al sacarlas a la luz, sólo sirven para acordarnos que con cada parte que se ha echado por tierra en nuestra ciudad; la memoria colectiva se ha hecho menos sensible, le ha dado menos jerarquía a la historia de la urbe, o a nuestras joyas arquitectónicas. A fin de cuentas las pocas que quedan, ahora son fantasmas pintados con spray y consignas políticas.

domingo, 15 de marzo de 2009

De mi diario de viajes



Bogotá.

26 de febrero 2.009: Cumpleaños de Gustavo.

Por recomendación de una amiga lo celebramos en el restaurante Gaira. Sus dueños son los Hermanos Carlos y Guillermo Vives. La reservación (imprescindible) estaba pautada para las 8 pm. y además con la advertencia de que sólo la guardarían por 15 minutos después de la hora. Tanta exigencia estuvo completamente justificada, porque la cola para entrar al sitio, aunada a la vigilancia y revisión que se hizo de todos los que puntualmente esperamos que se cumpliera con el chequeo, tal cual como si fuéramos a entrar a un aeropuerto del Norte o a la bóveda de un Banco, nos dio la idea de que adentro debía de estar lleno.
Gaira está ubicado (Calle 96 13-16), dentro de una casa quinta de dos plantas, perfectamente acondicionada para cumplir como restaurante y como sitio de shows. Teníamos la secreta esperanza de que Carlos Vives, el estupendo canta autor y dueño no sólo de la simpatía del costeño, sino de una de las voces más representativas de la música autóctona colombiana estuviera ese día allí y cantara. No era fácil que eso sucediera, ya que cuando no está de gira, vive en Santa Marta. Pero para beneplácito nuestro y en especial del cumpleañero, que festejaría sus recién adquiridos 63 oyendo la música de su tierra, el hombre de la sonrisa abierta, estaba en Bogotá y cantó (para nuestro deleite) por más de 40 minutos, acompañado de toda la banda, acordeones e instrumentos respectivos que hacen que el ritmo se contagie hasta para los paralíticos.
Así que nos dieron las 3 de la madrugada acompañados de los sones de las cumbias y vallenatos, del resto del show, (del cual también forma parte su hermano Guille) y por supuesto todo esto escanciado con un buen vino y excelente comida.
A nuestra salida del sitio una pertinaz lluvia y la temperatura que había descendido hasta límites para nosotros extraños, nos recordó que Bogotá está tan distante de Caracas, como lo está la amabilidad de sus citadinos, que por aquellas tierras no parecen olvidarla cuando se trata de atender al visitante.


1 de marzo de 2.009
Santa Marta: Quinta San Pedro Alejandrino.

Desde pequeños escuchamos o leemos sobre nuestra historia patria y se nos enseña que Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, en la quinta de San Pedro Alejandrino. Mi última visita a ese sitio fue casi hace 30 años y quise con esta nueva hacer un balance y comprobar que tanto mi memoria había guardado en todo este tiempo. Confieso que sólo eran como flash.
La Quinta, antigua hacienda de caña para el tiempo en que el Libertador pasó sus últimos días allí, estaba bastante alejada de la ciudad. Hoy en día el progreso llega hasta sus mismas puertas cerradas con rejas de hierro pintadas de verde y colindante sus muros con otras edificaciones y vías pavimentadas, incluyendo uno de los centros comerciales más grandes (Buena Vista).
A la entrada se nos asigna un guía. Éstos son jóvenes estudiantes que deben de cumplir con cierto número de horas (350) de trabajo voluntario para completar su tesis y poder optar al titulo de Bachiller. Nuestro guía Juan Carlos Jaraba, con una autoridad digna de un miliciano arrepentido, llevaba acumuladas 150 horas y se sabía bien la lección, o al menos el caletre lo tenía bajo control.
Bajo la conducción de Juan Carlos y sin dejar de prestarle atención a sus recomendaciones: no toquen, por allá no se pasa, no se dispersen, hicimos el recorrido por los cuidados jardines con el centenario árbol donde se dice le colgaban la hamaca al ya moribundo héroe; la casa en sí, con la habitación que conserva la cama donde murió Bolívar, la tina que le servía de bañera, el comedor con parte de la vajilla de la hacienda; la alcoba del fiel mayordomo Palacios que lo acompañó hasta el final. Todo luce arreglado y los objetos allí expuestos se les guarda con respeto y admiración.
Se respira paz en todos los ambientes; en el largo camino sembrado de árboles hacía al mausoleo que se erigió en homenaje al centenario de la repatriación de los restos hacia Venezuela; dentro del monumento con una enorme escultura que nos representa la cara de Bolívar que vista desde diferentes puntos, nos muestran al ambicioso de libertades, al pensador y al hombre vencido en sus últimos días.
Una visita que me puso en contacto con mi venezolanidad y me dio esperanzas para no desmayar en la lucha por mantener la libertad en nuestro país; sobre todo cuando leí la placa en mármol que está a la entrada y que tiene grabadas las palabras de la última proclama del Libertador y su aleccionadora frase final:
Colombianos, si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión: yo bajaré tranquilo al sepulcro.
De verdad que al leerlas sentí como si un bloque de hielo se deslizara por mi espalda.

sábado, 14 de marzo de 2009

Por favor, sea breve que no tengo mucho tiempo para leer

El sombrero

Sir John Pigeon caminó cerca de cinco cuadras con la rara sensación de que la gente lo miraba con asombro. Si bien su atuendo no era el normal de un día de trabajo, tampoco es que estuviera mal vestido o fuera de moda. La asistencia a una boda de la realeza ameritaba que vistiera con esa elegancia que ahora lucía.
Al doblar en la esquina cercana a la Catedral Mayor, se vio reflejado en la vitrina de una tienda y con toda parsimonia se quitó su sombrero de alta copa, lo sacudió y un pichón recién nacido cayó al suelo. Siguió su camino con el mismo paso aprendido en el ejército inglés.
Varias cuadras atrás una mamá buscaba con dolor a su polluelo.

La muerte de la suegra

Ella llegó puntualmente a las 5p.m. Nadie la esperaba, ni había sido invitada, sin embargo mi madre la dejó pasar; creo que sin sentirse sorprendida, y tal vez con algo de alivio también.
Entre lágrimas y condolencias sólo yo pude ver la media sonrisa que esbozó mamá cuando cerraron la tapa del ataúd de la abuela. La puntualidad con que la muerte vino a nuestra casa sólo fue explicada como “infarto al miocardio”, pero yo se que fue mamá quien le abrió la puerta.


El monstruo del río.

Melecia iba todos los días a lavar la ropa en las tranquilas aguas del río. Llevaba con ella a su pequeña Clara de cinco años; la sentaba lejos de la orilla sobre un montículo de ramas secas, y le cubría su cabeza con un sombrero muy grande, que casi llegaba a taparle los ojos color guarapo y se iba a trabajar.
La niña pasaba las horas callada mientras jugaba con las piedras blancas que encontraba e iba poniendo en pequeños montones a su lado, hasta hacer una gran cruz.
Cuando horas más tarde encontraron a Clara sola al lado de Melecia que yacía muerta, ella les dijo que del río había salido un monstruo vestido de negro, que tenía en la espalda una caja plateada de la cual salían muchos tubos, con una máscara de ojos transparentes y que con sus pies grandes y sin dedos ensuciaba la ropa que ya estaba lavada.
Nunca se supo quien mató a Melecia, ni tampoco porqué después del hecho Clara se quedó callada para siempre.


Otra

Morell rezaba junto a la lápida de la esposa muerta hacía tres años. Allí había escrito: Te amaré por siempre.
Observaba como cada domingo una joven ponía flores en una tumba ubicada a escasos metros y luego se iba en dirección contraria a dónde estaba él.
Hoy fue diferente. La joven terminó su labor, dio media vuelta y se dirigió hacia él con pequeños saltos, cuidando de no pisar los túmulos de grama que demarcaban las sepulturas. Cuando lo tuvo al frente le miró directo a la cara y le dijo:
— Ya es hora de que busques a otra.
Luego le tomó de la mano y con un suspiro volvió su cara hacía dónde había venido y exclamó:
—Adiós mi rey. Viva el rey.
Morell la siguió complacido.


El único deseo

—¿ Qué es lo quieres? preguntó el arrogante marido.
— No se lo que quiero- dijo ella- pero enseguida continuó —Lo único que si sé es lo que no quiero y triunfalmente agregó— que es estar casada contigo.
Y la guerra comenzó.


Amor y odio
Como amo aquella caja de chocolates, cada uno con un relleno distinto.
Como odio cada uno de los kilos que aumenté cada uno en un sitio diferente.



viernes, 13 de marzo de 2009

Mentiras y verdades...



El castigo del embustero es no ser creído aun cuando diga la verdad.
Aristóteles


Hay mentiras que son más generosas que las verdades. Así cuando nos encontramos con una amiga que parece salida desde el fondo de un depósito de cadáveres y le decimos un piropo con el ánimo de levantarle la moral, o si al pasar por una esquina vemos en una vitrina exhibido un traje que cuesta lo que no podemos pagar y nos decimos a nosotras mismas: es horrible, jamás me pondría algo como eso, o si nos han invitado a cenar y la comida ha estado francamente mala y por no ofender a nuestro anfitrión hasta se la alabamos. En todas ellas está presente una grandiosidad que nos impresiona.
A veces es necesario mentir para salir adelante sin buscarnos enemigos gratuitos. Total son mentiras que no hacen daño y muy por el contrario nos facilitan la vida, nos dejan espacio para que la amargura no nos salpique y tome otro camino.
Por otra parte mentir es delicioso cuando al hacerlo avivamos nuestra imaginación, adornamos las cosas feas y les damos con ello una pincelada o una veta de dulzura, que si bien no le da una belleza plena, al menos le disimula la crueldad.
Un buen escritor es siempre un gran mentiroso. Se atribuye como propias experiencias ajenas, narrativas diversas, situaciones inverosímiles que las hace creíbles; y a través de los personajes que crea y ficciona vive con intensidad esa fantasía, esa gran mentira que es y son los cuentos, las novelas y hasta las simples anécdotas.
Parte de la habilidad para conservar las buenas amistades está en saber mentir o en disfrazar la verdad en el momento oportuno. En ser tolerantes con las ideas ajenas y ¿por qué no? en mentir un poco en el hecho de que creemos en lo mismo que nuestro interlocutor, siempre que tal creencia no vaya en contra de nuestros principios más arraigados: esos por los cuales damos hasta la sangre.
Ayer fue un día especial al poder asistir al ensayo general de la pieza teatral ART, basada en la obra de la francesa Yasmina Reza y montada por el Grupo actoral 8O. (Vale aquí la confesión de que hasta me coleé haciendo valer la condición de tercera edad).
La obra teatral próxima a ponerse en escena en los espacios de Corp Group trata un poco de esto: de saber mentir o disimular la gran verdad y de ser tolerantes en bien de la amistad.
En casi una hora y cuarenta y cinco minutos vemos como una amistad de más de veinte años se ve seriamente amenazada cuando Marco, uno de los protagonistas, personificado por el actor Iván Tamayo decide expresarle a su amigo Sergio, (Héctor Rodríguez Manrique), que el cuadro por el cual ha pagado 50 mil dólares es estrictamente hablando, sin censura previa: una mierda. Hay que aclarar que la tal “obra de arte”, es un cuadro absolutamente blanco, sobre un fondo ídem y que por lo tanto se ve totalmente blanco.
Tal afirmación, (es una mierda) hecha sin lugar a dudas, desencadena una serie de equívocos, males entendidos y reconcomios que hacen peligrar la amistad de los dos amigos. La situación se empeora además, cuando cada uno de ellos busca el apoyo en un tercer amigo común: Iván, (Basilio Álvarez), de carácter pusilánime y quien jamás ha tenido una opinión propia o tomado una decisión digna de ser aplaudida.
Esta tragicomedia nos lleva en muchos momentos a la reflexión sobre temas delicados como si la sinceridad y la honestidad al decir nuestras opiniones no están en razón inversa a mantener la paz y la cordura en las relaciones humanas.
Con un montaje muy limpio bajo la dirección del propio Héctor Manrique, y una magnifica actuación de los tres protagonistas, es altamente recomendable y como corolario final para ir por la vida sin mayores tropiezos: mientan, siempre que puedan, eso sí, sin qué con ello se dañen las estructuras, ni se pierdan los valores. No vayan por eso a llegar a los extremos de algunos políticos, que han hecho del verbo mentir un plan diario que hace que cada una de las mentiras tenga que socorrerse en otra más, hasta tiempo indefinidos…
( En la foto de Williams Marrero: Basilio Álvarez, Héctor Manrique e Iván Tamayo)

lunes, 9 de marzo de 2009

Encuentro en Barranquilla

Desde hace casi tres meses Gustavo se propuso utilizar esa herramienta de unión de gente a través de Internet y se dedicó a buscar a su media hermana Ligia, cuyo paradero desconocía y más aún ignoraba si todavía estaba viva.
Varios fueron los intentos para ello: buscó la guía telefónica de la ciudad del último domicilio conocido, llamó a operadoras telefónicas desde Caracas, pero todas resultaron fallidas. Gustavo estaba por rendirse cuando se le ocurrió escribir al Presidente del Colegio de Arquitectos de la zona del Atlántico. Sabía que uno de los hijos de Ligia, de nombre Rafael era Arquitecto. Para su sorpresa recibió inmediata respuesta, que le indicaba una dirección de correo electrónico.
El contacto estaba hecho. El hijo respondió, se cruzaron correos, noticias, fotos, números telefónicos y fue como tejer de nuevo un hilo que en algún momento, porque las migas de pan fueron comidas por los caprichos de la vida, se había perdido.
La alegría se turbó al saber que Ligia estaba enferma, pero la esperanza de que pronto la podría ver después de 25 años, ya que estaba proyectado un inmediato viaje a Colombia, hizo que Gustavo reuniera a su vez fotos y movilizara a la familia que permanece en Venezuela, tal como si fuera una estrella Polar que guiara al navegante, para llegar a puerto seguro.
El viaje a Colombia empezaría el día 22 de febrero por Bogotá, de allí a Santa Marta y la cita programada para el reencuentro sería en Barranquilla el día 1 de marzo. Un buen comienzo de mes.
Con todo listo para el viaje: pasajes de aviones comprados, hoteles reservados y dólares de Cadivi en el bolsillo, la fatalidad jugó una mala carta. El día 18 se recibió la noticia del fallecimiento de Ligia. No se pudo completar el arco iris hasta llegar al reencuentro con la hermana.
Sin embargo, la cita en Barranquilla se hizo con el resto de la familia. Gustavo se vio con las dos hijas, el viudo y el otro hijo, su colega Arquitecto.
Fue muy hermoso y emotivo reconocerse. Se compartió en un almuerzo, en la visita a la casa de Ligia; allí donde vivía, donde dejó sus recuerdos y donde todavía se sentía su presencia. Gustavo espera que éste marque la continuación para otros muchos ratos juntos.
La familia es lo más preciado y eso se demostró una vez más, cuando después de tantos años, sin siquiera tener noticias los unos de los otros; los abrazos, besos, buenos recuerdos, anécdotas pasadas y la confianza, se desbordaron, como si sólo fuera ayer cuando se habían visto y no hace tantos años atrás.
Agradecido por el afecto que te da el saberse de la misma sangre, ese cariño que a pesar de la distancia se regó con los valores inculcados por los padres y que no necesitó del trato diario para permanecer como llama votiva.
¡Bravo por Gustavo que dio el primer paso ¡ ¡Que bueno que Internet de veras une a la gente¡

domingo, 15 de febrero de 2009

El vuelo de la intrusa

Nelson es un hombre tranquilo. Está pensionado por el Seguro Social y discurre sus días entre su casa, uno que otro trabajo mata tigres y el casino al cual acude religiosamente a almorzar los domingos. Allí juega no más de diez mil bolívares en la quinta máquina que está a la entrada a la izquierda. Si la encuentra ocupada, tiene la paciencia de esperar, aunque a veces eso le tome más de una hora. Cuestión de cábala dice él.
Otra de sus ocupaciones habituales es barrer las hojas del jardín frente a su casa y regar las matas. A eso le dedica con seguridad los días sábado en la tarde, después que el sol se ha vuelto tímido y la brisa comienza a bajar desde el Ávila hasta donde vive en Macaracuay. Este último sábado no fue la excepción, sólo que el albur le jugó un tanto que no estaba programado; algo así como si le salieran los tres siete en línea de su maquina predilecta, pero sin esa buena suerte.
Con su rastrillo en la mano y muy afanado en su labor, Nelson sintió que algo le había entrado en su oído izquierdo. No le prestó mucho interés y siguió con su tarea.
En la noche un zumbido extraño hizo que se pusiera a pensar que su oído tenía adentro una fiesta a la cual no había extendido invitación o que una estación de radio estaba haciendo frecuencia modulada, muy cerca del tímpano.
El domingo amaneció con algo de fiebre y una supuración que salía de su oído que le impidieron ir al casino y a la consabida maquinita. Como además le había comenzado un dolorcito raro, pensó que ya era hora de ver a un especialista.
Al fin el lunes y luego de una mala noche con dolores punzantes, va a la clínica. ¡Sorpresa ¡ El otorrino le diagnóstica que tiene larvas de mosca en lo más profundo y que hay que operarle de inmediato; pero que mientras lo prepara para la cirugía, busque esencia de anís para colocarse dentro del oído y así ayudar a que las larvas no se sigan reproduciendo y si es posible se mueran. O sea que el anís sirva como un veneno para los huevos del díptero.
Comienza la búsqueda de la mágica esencia y nada. No se consigue sino en tiendas naturistas que ya están cerradas. La situación apremia y le recomiendan que dado que ya son casi las nueve de la noche, busque una botella de anís comercial, la que sea, pero que se apuren antes de que los supermercados cierren. El más cercano estaba ya a esa última hora lleno de parroquianos con sus carritos llenos de verduras, leche, alimentos. Lo normal de una compra semanal y el hijo de Nelson haciendo la cola para pagar con su única y preciada compra: una botella de Anís El Mono, y además pidiendo por favor que le cedieran el paso que era una emergencia. La cara de incredulidad de la gente al ver al muchacho muy serio, pero con el licor en la mano, no dejaba dudas sobre lo que estaban pensando: Este lo que va es a una rumba y en lunes..
El martes a la 10 de la mañana Nelson fue intervenido: le encontraron más de cien larvas haciendo su gran fiesta. Estaban en pleno bonche, algunas borrachas (por efecto del anís), lucían como cadáveres apilados en una trinchera, pero otras, las más rebeldes, parecían pedir más licor, como si quisieran seguir la fiesta. …
Le espera una semana con antibióticos, gotas de esencia de anís (El que al fin se consiguió) cada veinte minutos y además varios días de hospitalización y todo por una mosca en la oreja…
Las cosas que hay que ver.
Moraleja : Mosca con esa mosca

miércoles, 28 de enero de 2009

De aqui a la eternidad

Hace pocos días me vi obligada a oír parte de la perorata en cadena nacional del ciudadano “inquilino de Miraflores” como suele y disfruta llamarlo el historiador Manuel Caballero. Confieso que cada incontinencia verbal, (todas ellas llenas del más absoluto desprecio por quienes disienten y piensan diferente) me hacía literalmente y eso que estaba en un ambiente de aire acondicionado, hervir la sangre. Fue cuando pensé espantada ¿cuanto tiempo más durará esto? Van diez años y ya nos parece una eternidad.
Por esa cuestión de la asociación de ideas me vino a la mente una de las películas que se ha mantenido entre las 100 mejores y que goza además de tener una escena que la ha hecho figurar como de las más románticas pero a la vez erótica, en la historia del cine. La película es De aquí a la eternidad.
Fue filmada en 1.953, y protagonizada entre otros por los míticos Deborah Kerr (2007) y Burt Lancaster. Se desarrolla en una base naval americana pocos días antes del ataque a Pearl Harbor y la escena atrevida, incomparable e inimitable es la del beso mojado. Ese que se dan la esposa adúltera y el Comandante de la base, entre el devenir de una y otra ola, que hace que todavía suspiremos por tener aunque sea una copia de la cinta para verla, reverla y soñar en repetirla, (dada la imposibilidad de hacerlo con quien la filmó), con otro coprotagonista. No importa que en la realidad quien nos bese no tenga la figura que allí exhibía Burt Lancaster, ni que la playa no luzca con esa arena y agua limpia, pero el beso, ese maravilloso beso, que ese sea igual.
Mis pensamientos vuelven a la realidad y la palabra eternidad sigue pegada a cada una de mis neuronas. Mientras, sigo oyendo a ratos al inquilino, con aviso de desalojo, pero que se niega a aceptar. Parece que lleva casi seis horas hablando sin parar. Es cuando las preguntas se suceden una a una, se agolpan en mi cabeza, al igual que como las olas iban y venían en la escena del beso.
¿Será que este piensa cambiar el por ahora, por hasta la eternidad?
¿Es qué acaso no hemos sido claros al decir NO?
¿Será necesario un ataque como el de Pearl Harbor, para que los rojos entiendan que ya eso (la enmienda), se discutió, votó y negó?
Dice el refranero popular que no hay mal que dure cien años, o lo que es lo mismo una eternidad, pero vaya usted a ver, que si la película referida aquí ya lleva 46 años y sigue tan campante, lo que nos espera si no le damos un parao con un NO No No No , bien repetido y además aderezado con millones de votos es nada menos que la eternidad. La tenemos cerquitica pues.

lunes, 19 de enero de 2009

Suturas para una ciudad herida

En el grupo que se ha formado alrededor de la figura del poeta y escritor Armando Rojas Guardia, quien nos dicta el Taller Literatura y ciudad, hay talento de sobra. La compañera Thamara Jiménez, escribió esta bellísima y sentida reflexión que me complazco en traer a este blog, con la plena anuencia de su autora. Ella lo tituló: Suturas para una ciudad herida. No había mejor titulo para esa lírica, y tal como dijo nuestro mentor “a medio camino entre el ensayo y la prosa poética”. Un acierto de Thamara que quiero compartir con mis lectores para que, al igual que yo, sientan el gozo en cada frase, esas que nos dan imágenes concretas; que nos amarran y a la vez nos abren al vuelo imaginativo y nos llevan a pensar en nuestra Caracas desde una perspectiva femenina. Como una mujer con una historia que contar y sufrir. Disfruten entonces y al igual que muchos al leerlo, tomemos un tiempo para tomar conciencia de lo que estamos haciendo o mejor dicho dejando de hacer para que Caracas se nos haya vuelto una ciudad herida urgida de que nosotros la cuidemos y le hagamos sus suturas.

Una ciudad es vientre y útero, en ella la sangre fluye para dar vida, para armar sus ciclos con días. Ovula y menstrua como cualquier fémina. Se excita, tiene tiempos felices; coquetea y conquista. Se aparea, concibe, gesta y pare. Pero se cansa, se enferma; puede tomarse con calma la menopausia, o mutar en la amargura. Ella hace y relata la historia; también podrá ser memoria muda, amnésica, o simplemente confundida. Tendrán sus hijos que hacer algo por ella, de ella han vivido. En ella viven.
Todas las imperfecciones nadarán hacia El Güaire, a él le cuesta, con la pesada carga, y su pestilencia cumplir el viejo destino. Cada vez más difícil el camino, se agudizan las estrecheces y obstáculos. Cielo y tierra, vecinos nublados.
Un sentimiento nómada, de placer, recorre la ciudad. Huye. Le impresiona esa sonrisa de dientes de oro y aluminio, de cárcavas oscuras.
En el vientre palpitante de la tierra, en las fauces de metal transitan enjambres humanos, que dúctil izan sus cuerpos en uno; son tejidos, órganos y membrana. Ágilmente contraídos salvarán el culo, el vientre, las tetas; la guillotina hábil de las compuertas será amenazante, un arma, castigo. Una y otra vez el timbre de emergencia, y la voz enfadada del chófer –Por favor no obstaculicen el cierre de las puertas. Las sonrisas, el sudor, la contracción al unísono, allí la transmutación de cuerpos a membrana. Cojan aire, metan la barriga, cállense. Enmudece la alarma, arranca el tren y arrastra los vagones. En móviles y pulseras activas, el tiempo avanza; igual pasa en las oficinas y las tiendas; el fantasma de la demora se multiplica. Hay una carrera diaria, que no cesa; más bien acelera. La parada indicada, un vaho sudoroso escupe pasajeros, sopla un hilo de aire; una nueva inyección humana. Hay aporreos, pisotones, empujones. Se repite el ritual, todos hacen uno; una membrana silente, compacta y sudorosa; se contrae, poco a poco se expande. Un acordeón humano que produce gemidos, quejas, lamentos.
A cielo abierto, amenaza la lluvia; el cielo plomizo no viene con cuentos. Trae gotas y aguacero. El vendedor de paraguas hace de las suyas, los vende sin descuento
–Son los últimos. En minutos una nueva docena aparece de la nada. Los que corrieron llegan mojados, también sus bolsas de Arturo´s, Mc Donald´s, o algún pote de comida china. Un almuerzo suspendido, en cambote, la entrada del gran edificio se atasca en su hora más concurrida. Unas cuantas mentadas, algunos suspiros. Pocos complacen sus estómagos, la fiera digital los delatará en tarjetas; una autoridad en la materia los juzgará. Una citación y una carta con responso se vislumbran cercanas.
La desesperanza y el desasosiego concebirán un vástago; un bastardo de sus propios cimientes. Romperá el celofán de tanta pena, vertebrará los días. Con lluvia germinarán sus semillas. Suele ocurrir.
Levantarás el vuelo con mi aliento, te soplaré como a una pluma. De canario de tejado, arrendajo, guacamaya, azulejo, cristofué. Tordo. En tu vuelo se anunciará la caída, todas las ciudades y todas las plumas lo han hecho. Vertida en El Güaire, teñida de tarde, reverberada en azul. Armas negras, plateadas y doradas apuntarán en todas las direcciones. Puteada, con unas pocas monedas a tus pies… no servirán de nada. La inflación no te dejará comprar una peineta nueva, ni un guante, ni siquiera carmín.
Te he querido tanto, Caracas, ciudad sin fin. Quisiera vestirte de nuevo, que estrenes con el lujo que acostumbrabas. Con ropa cara, con prendas, perfumes. Chanel. Sandalias doradas, zarcillos de rubí, oro y gemas en el cuello y el pulso. Un diamante en el anular derecho, grande, escandaloso. Que al verte, cualquiera se pregunte si es un sueño o una ilusión.
Basta, quiero hacer limpieza, borrarte la pestilencia, las pesadillas, el rojo que te asfixia, en la sangre de tus hijos y en la pornografía politiquera. Sangre que ha robado el sueño y la quietud; que almidona con costras pegajosas los ojos de esta ciudad insomne; de su gente, de sus diarios. Harta de tanta noticia triste, del mar de llanto que navegamos hace rato, de ese ejercicio salobre de 24 horas. Encenderé una rockola, no me importa quién cante, pero que no se oiga el bullicio, la balacera, los gritos. El dolor.
Estoy cansada, Caracas. ¿Y tú? “

Por Thamara Jiménez
Primer trabajo. Noviembre 2008
Taller Literatura y ciudad

domingo, 11 de enero de 2009

Un 2.009 de CALEIDOSCOPIO

Quisiera que este fuera el año de la mirada a través del CALEIDOSCOPIO. La palabra que nos significa, si la seccionamos etimológicamente de su raíz griega: Kalos que es bello; EIDOS, representa forma y SCOPEO, observar; nos dan la definición de que sería un instrumento para observar formas bellas.
Así quiero estar a la mira de este 2.009: como un compendio de cosas bellas. No sólo para mi familia, amigos y por supuesto para mi, sino para mi país.
Ver a mi ciudad con sus plazas y parques llenas de flores, niños jugando y no rodeadas de basura e indigentes. Que cada uno de los espacios públicos, no me importa si están ubicados en los municipios oficialistas o de la oposición, sean un refugio para el ciudadano de a pie y para el que espera y desea tener un momento de sano esparcimiento con su familia, sin temores ni sobresaltos.
Que sus calles, avenidas y autopistas, estén libres de huecos, defensas rotas, vendedores ambulantes, vallas publicitarias que quitan el espacio a la vista del Ávila, su verdor, su magnifico entorno. Vallas que nos obligan a entrar al mundo del consumismo, o peor al de la propaganda política y nos hacen olvidar la naturaleza pródiga que nos rodea.
Espero con mi tubo de cristales, espejos en ángulos y piedras de colores, no tener que leer en los periódicos de cada mañana que la violencia arrebató la vida a alguno de nuestros jóvenes y que el trabajador responsable no cayó en manos de una banda delictiva para robarle el esfuerzo de su día de trabajo.
Seguir viendo por mi máquina de ilusiones y comprobar que ya en los hospitales hay dotación completa de insumos, médicos abnegados que llevan consuelo y sanación con salarios justos y dignos. Que se terminó “el ruleteo” de pacientes, que siempre acaba con la aceptación en cualquier sitio cuando ya es demasiado tarde.
Sentir regocijo al ver las escuelas en perfecto estado de mantenimiento, con aulas llenas y nuestros niños recibiendo la educación que se merecen con maestros capaces y bien remunerados.
Pudiera seguir con una larga lista de deseos, anhelos y por supuesto sueños, y es que mi CALEIDOSCOPIO, algo mágico lo sé, me da para delirar con tantas utopías que pienso que todos los colores no van a ser suficientes para describir todo lo bello que quiero para todos.
Soñar no cuesta, dicen por allí, pero que triste es despertarse.

lunes, 5 de enero de 2009

Sonrisa de bienvenida


Al llegar al puerto de Cartagena, nos recibe la sonrisa amplia y amistosa de Berenice Benítez, BB. como le gusta que la llamen.
Había vivido toda su vida en las cercanías de la ciudad amurallada y ahora nos cuenta que lo hace “un poco más lejos”, allá por los lados de La Boquilla. No conoce del país nada más lo que le ha permitido su condición de madre de seis y abuela de cuatro, a los que ha ayudado a levantar con su oficio de vendedora ambulante y al decirlo sus ojos muy negros se llenan de sueños rotos.
Allí junto al gran barco de cruceros, del cual acabamos de descender, ella sueña, que podría irse en uno de ellos, aunque fuera de camarista. En su interior sabe que eso no pasa de ser una fantasía alimentada por los aires salobres y el calor de esta tierra, antiguo destino de piratas y del comercio de esclavos.
Está presta a indicarnos los mejores sitios turísticos e incluso a servirnos de guía, ella o alguno de sus hijos. Hay uno que tiene una Van y nos asegura que por mucho menos de lo que cobran las tours organizadas desde el barco, y en muy pocas horas nos dará un recorrido para conocer el castillo de San Felipe, el monumento a los zapatos viejos, el Convento de la Popa, incluido el paseo dentro de la ciudad vieja: la Cartagena de Indias que fue centro del mayor comercio en los años de la Colonia y que ahora viste una cara remozada por la industria del turismo.
Al son de sus palabras ya nos vemos montados en la moderna camioneta, recorriendo las calles empedradas, pasando por el Convento de Santa Clara, ahora convertido en uno de los más lujosos hoteles. Proseguir la visita, con una sucesión de asombro para ver los edificios de la Alcaldía, la Casa de la antigua Aduana y los balcones de San Juan Bautista, muy pegados una de los otros al gran muro de piedra que defendía a la ciudad de los ataques de los piratas.
Adentrarnos en el barrio judío o el Getsemaní, y formar parte de ese conglomerado de tiendas de todo tipo, regateando hasta el último peso cualquier precio que nos den.
Observar la enorme casa que ocupa más de una esquina que nos dicen es del “Gabo”, y a la que el escritor suele visitar muy a menudo y eso lo saben porque cuando él está allí, sus faroles exteriores se iluminan en las noches con un derroche de luz, y se llenan de mariposas amarillas.
Berenice, sueña con salir más allá de Boca Grande, ya se conoce cada centímetro de sus playas, adónde va cuando no hay barcos en el muelle turístico y extranjeros a quienes venderle sus frutas. Les ofrece a los veraneantes los collares que hace su nieta mayor, llamada Amaranta, en honor al colombiano Nobel.
Su piel morena, bruñida por años de sol, tiene el mismo brillo que la enorme figura de la autoría de Botero, que junto a otras están en la Plaza de San Pedro Claver, frente a la Iglesia del mismo nombre y rodeadas de pequeños restaurantes; que hacen de las tardes y noches cartageneras un bullicio de lenguas diversas, animadas con los sones de los músicos callejeros.
No nos cansamos de admirar como en cada esquina, en cada calle de balcones, uno más vistoso que el otro, se han recuperado las fachadas conservando su estilo original; restauradas sus enormes puertas de madera labrada y las entradas a los patios coloniales, la mayoría de ellos convertidos en lujosos restaurantes. Una labor que lleva años y que hoy da sus frutos, al ser esta ciudad una de la más visitadas por los turistas tanto nacionales como extranjeros y haber sido declarada patrimonio de la humanidad.
Por último visitar el moderno Centro de Convenciones, con su gran plaza al frente y dar una larga caminata hasta el restaurante Carbón de Palo, para degustar un buen pescado o lanzarnos a pedir la langosta, sin ver siquiera el lado derecho de la carta, con precios en dólares, rogando que nuestra tarjeta y su cupo todavía puedan aguantar.
Cartagena es como su gente. Todos abiertos y soñadores al igual que Berenice; serviciales con el turista y generosos en sonrisas y cordialidad. Todo lo demás tiene un precio. La Van resultó un éxito económico para su conductor: 11 pasajeros y un solo recorrido en menos de dos horas. Los dólares al multiplicarse a pesos, de manera convincente dieron para que la extensa familia de BB, nos despidiera con un “Vuelvan pronto”, salido desde el corazón.
Seguro que volveremos Berenice, Cartagena embruja, y desborda nuestra imaginación. Aquí está la prueba.