sábado, 19 de febrero de 2011

ESA DAMA CIEGA QUE LLEVA BALANZA


Donde hay poca justicia es un gran peligro tener razón.
Quevedo


Para entender y calibrar lo que significa la palabra justicia, debemos de saber que ella nos exige una contraprestación inmediata. Quien la demanda lo hace porque siente que se le han vulnerado sus derechos. Quien la imparte se encuentra montado sobre la difícil línea que separa los derechos de unos y otros, hasta encontrar el justo medio de dar a cada quien lo que le corresponde o se merece.
En ambos casos la petición acordada o la sentencia que la deniega, llevan implícito un perdedor y un ganador. La ley da unas pautas de estricto cumplimiento pero que no siempre obedecen al interés ventilado más allá de su aplicación.
Cuando el demandar y el esperar que la justicia sea impartida pasa a formar parte de nuestra cotidianeidad, nos vemos, (queramos o no), con la lanza en las manos dispuestas a defender o a exigir lo que creemos justo o al menos así presentamos el caso. Es aquí cuando observamos que la justicia se nos aparece o se nos vuelve acomodaticia. Se alarga o acorta una vara según se mida lo que se defiende o contra quien se haga. Se hace evidente entonces, que en muchos casos es preferible tener un buen abogado que tener la razón y es que la causa más justa peligra ante la ignorancia crasa de un mal litigante.
La experiencia, esa virtud o mejor dicho ese estado de gracia que se consigue a través de los golpes recibidos, nos ha enseñado en el ejercicio diario de la búsqueda de la justicia, que nunca ha habido dos jueces que con la misma ley juzguen de igual modo la misma cosa. Tampoco habrá dos opiniones exactamente iguales sobre un igual asunto, si las mismas son debatidas ante el amparo de la dama ciega. En la persecución de la justicia muchos han quedado atónitos cuando el fin alcanzado está bien lejos de lo solicitado, ya que intervinieron favores ajenos en beneficio de otros, aún sin ser los justos merecedores. De nuevo se observa que la justicia está directamente unida a la interpretación muchas veces caprichosa e interesada de quien la imparte.
Hay carestía de honestos en las funciones de administradores de justicia. Se atesora más riqueza dando a otros la razón injusta, que el mérito a quien en verdad la tiene. La razón así obtenida es floja e imperfecta, pero ello en un país donde campean y triunfan atributos muy cercanos al poder, las leyes se tornan acomodaticias al interés de los negocios con él relacionados.
Cualquiera que sea pues, el fruto que ya tengamos de las experiencias vividas, debo decir que en ese largo camino a recorrer en la búsqueda muchas veces frustrada de la justicia, hay que estar entrenados físicamente y dispuestos a subir cientos de escalones, (en nuestros Tribunales los ascensores son un lujo). Así como preparados no sólo con un par de buenos zapatos, sino con suficiente paciencia e histrionismo para no morir en el papel de mendigantes justicieros. Hay que tener oídos bien afinados, y lentes muy limpios para no dejarse sorprender por lo que se oye y ve en los estrados.
Yo, que de la única cosa de la cual he hecho profesión, ha sido de la esperanza de acertar con la razón para quienes confiaron en mí, no reconozco otro fruto sacado de esa experiencia, como no sea el aprendizaje de hacerme sentir, que me faltó mucho por aprender. He sentido en carne propia una verdad adulterada, o prostituida en beneficio de un rector de entendimiento escaso o nulo. Nada digo con esta afirmación que no sea ya harto sabido, pero no está de más recalcarlo.
Debo confesar, sin embargo, que a estas alturas del camino, me he curado de la obsesiva enfermedad de querer arreglar los entuertos ajenos, acudiendo a un Tribunal para someter al juicio de un tercero los errores humanos; los mismos que con voluntad y entendimiento pueden transarse fuera de Corte, sin tener que sufrir un traicionero penalti. La justicia cambia tan a menudo de opinión con jueces ineptos, como un pulcro de camisa.
Mi manera de vivir, después de casi medio siglo de batallar con leyes, sigue siendo la misma; solo que ahora la moderación es el néctar que más aprecio. La impaciencia ha cedido espacio para la mesura. Fue necesario que aprendiera a sobrellevar con estoicismo, lo que no se podía evitar o cambiar.
La justicia, más que un norte que hay que alcanzar cortando cabezas o luchando contra molinos de viento, es hoy en día un sentido que se ha envejecido de forma natural. Ahora ya la he pasado y cernido por una tela de cedazo muy fina. Lo que de verdad ha quedado en el fondo, no alcanzaría ni para un epígrafe.
La primera lección que debería de darse a los estudiantes de leyes debe ser: si vas a dedicarte a ello, resiste, no sufras por la injusticia. Tampoco calles cuando la veas cercana, porque si bien el hombre superior debe tenerla como su modelo, le es muy difícil salvaguardar su promesa, cuando de él no depende. Ya lo dice la filosofía popular “más vale dedo de juez que palma de abogado”
. ¿Cómo confiar en plenitud en alguien que se nos presenta con los ojos vendados? En el velo que cubre la Justicia, se interpreta la venda como significando que el juez no necesita, ni debe saber, ni verlo todo del justiciable, sino que ha de limitar su juicio al hecho y sólo al hecho concreto.
Así que, honremos a la justicia pero no esperemos encontrar en ella nuestra única esperanza o tabla de salvación. Podría ser que el ojo de la Ley fuese uno tuerto o que estuviera leyendo un texto equivocado. Y ante eso, una justicia enferma: sálvense quien pueda.